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Posmodernos
En esta segunda entrega de nuestra serie
dedicada a los clásicos del siglo pasado nos
aproximamos no a una obra sino a un
movimiento de los sesenta que será bastante
influyente en la danza por venir: los
posmodernos, que hicieron historia desde una
iglesia, la Judson Church
Texto: Carlos Paolillo / Foto: Hulton-Deutsch Collection
Desde
Rudolf von Laban e Isadora Duncan,
iniciadores y visionarios, Martha Graham y
Mary Wigman, fuerzas vitales del movimiento
y Merce Cunningham, esteta y renovador,
hasta los nombres emergentes del movimiento
de la danza posmoderna, conocido también
como Nueva Danza, la danza contemporánea
mundial ha cumplido etapas y ciclos en su
búsqueda fundamental de expresar al hombre.
Se trata de una disciplina artística viva,
continuamente cambiante, que se transforma a
si misma de acuerdo con los ritmos de las
dinámicas sociales y con las personales
circunstancias de cada creador. Por ello,
resulta complejo abordar la danza
contemporánea de una manera única y general.
Sus tendencias son tan disímiles como las
mismas necesidades que les dan origen y sus
técnicas de conocimiento han proliferado
precisamente en función de esas exigencias.
Amplio es el término Nueva Danza, bajo el cual se engloban
los experimentos de los artistas que
buscaron trabajar más allá de las técnicas y
de los lenguajes convencionales, a fin de
intentar una expresión libre y personal. Es
un género que se ubica en el muy particular
ambiente de la neo vanguardia
estadounidense, particularmente la
neoyorkina, de principios de los años 60,
que al tiempo comenzó a sentirse con fuerza
en Europa y también en América Latina. La
ya histórica Judson Memorial Church fue un
centro vital que aglutinó los resultados
iniciales de los postulados conceptuales y
las investigaciones estéticas que orientaron
una nueva comunicación humana a través del
cuerpo, así como un sorprendente espacio
para la revelación de sus figuras
precursoras. Como irrefrenable templo
libertario fue considerado simbólicamente,
ya que, en verdad, las nuevas
manifestaciones dancísticas que allí se
congregaban pertenecían por naturaleza al
espacio urbano, espontáneo y sin ataduras
predeterminadas.
En ese ambiente, algunos iluminados bailarines y alumnos de
Cunningham apostaban por una fuerza creativa
alternativa. Los principios del inquieto
coreógrafo fueron lo suficientemente
expansivos como para adelantarse a su propia
época y propiciar una nueva era, la de la
danza posmoderna. Una generación irrepetible
otorgó el espíritu decididamente indagatorio
a la Judson Memorial Church: Trisha Brown,
Twyla Tharp, Ivonne Rainer, Meredith Monk,
Elizabeth Keen, Remy Charlip, Steve Paxton,
Judith Dunn y Robert Dunn, entre ellos.
Novedosos abordajes del cuerpo vieron la luz pública en
franco reto al mundo de formalismos y
convenciones que también había tocado a la
codificación de la danza moderna, tornándola
de algún modo agotada en sólo pocas décadas.
La soltura y la improvisación de contacto
resultaron progresivas sistematizaciones de
decididos impulsos de espontaneidad e
irreverencia y portavoces de la concepción
de una danza cercana a todos y a la vida
cotidiana, alejada de elitismos
intelectuales y estéticos, aunque, desde su
génesis, la Nueva Danza siempre haya sido un
arte que no convoca entusiastamente a las
masas. Una visión necesariamente individual,
aunque desde la perspectiva de lo colectivo,
la ha orientado siempre.
Publicado en
Susy Q-20 (mayo/junio 2009)
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