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The Show Must Go On
Una obra del temprano siglo XXI sirve para
ilustrar el triunfo de la No Danza,
movimiento de fin del siglo XX. La propuesta
de Jérôme Bel es ya un clásico
Texto: Omar Khan
Foto: Michel Cavalca

De acuerdo. The Show Must Go On no
debería formar parte de esta columna
bimestral dedicada a los clásicos del siglo
XX, en tanto que fue creada en 2001. Sin
embargo, esta obra singular, todavía
polémica y desestabilizadora funciona como
una perfecta síntesis de cierta danza que
dominó el último tercio del siglo pasado y
que todavía hoy sigue en boga. El gran
problema de la llamada No Danza, la
investigación de los límites últimos de las
posibilidades del movimiento incluida la
renuncia a la danza, tuvo su coronación de
expectativas en esta pieza del pensador y
coreógrafo (en ese orden) Jèrôme Bel,
creador francés para unos irritante y para
otros fascinante, que consiguió lo que se
tenía por imposible: conectar con las masas
y tener acceso a grandes teatros. Mientras
el público más erudito y de danza con
mayúsculas se rompe la cabeza buscando los
significados y teorías sociológicas
encerradas en The Show Must Go On, la
gente de a pie, el espectador normal, se
parte de risa, se divierte y se entretiene o
por el contrario se queda desconcertado,
atónito y pálido, reacciones todas soñadas
por cualquier creador sensato.
La literalidad, la obviedad y una verdadera
noción del significado de la cultura pop es
el eje de esta obra para 18 intérpretes (no
necesariamente bailarines) que durante hora
y media recrean y teatralizan 18 canciones
populares que un dj ubicado en proscenio les
va colocando. El escenario vacío bañado por
una luz rosa para La vie en rose o
los intérpretes de pie, en proscenio,
mirando a los espectadores mientras Sting,
de Police, canta aquello de “I’ll watching
you”, describen los mecanismos de esta obra
insolente e insólita. Las canciones, todas
conocidas, van desde Macarena pasando
por Killing Me Softly hasta el tema
de Titanic de Celine Dion, mientras
los bailarines literalmente hacen acciones
simples, minimalistas y sencillas que
describen las canciones, muriendo lentamente
con Aretha o imitando a Di Caprio y Kate
Winslet con Dion. Lo que Bel propone es un
cuestionamiento a los mecanismos del
espectáculo mismo, ir a una última instancia
de la modernidad y la experimentación que,
curiosamente, es la que le abre un camino de
comunicación con su audiencia, que resulta
más importante que el espectáculo. La pieza
se estrenó en 2001 en el Théâtre de la Ville,
de París y desde entonces no ha dejado de
representarse, siempre con elencos
variopintos. El Ballet de la Ópera de Lyon
jugó al riesgo durante la prestigiosa Bienal
de la ciudad el año pasado, instalándola en
el mismísimo teatro de la ópera, donde una
vez más desconcertados espectadores que
habían pagado por un espectáculo, querían
uno, y sin saber cómo reaccionar ante lo que
pasaba (o mejor, no pasaba) en escena,
cantaban, reían, chillaban o directamente
bailaban. Bel había roto su vulnerabilidad
de espectadores. Toda una hazaña. Muchos
críticos escandalizados, especialmente
norteamericanos, se preguntaban hasta dónde
se podía llegar. Y la respuesta de Bel es
que se podía llegar hasta allí, hasta el
borde, hasta el límite mismo, y aún así,
conectar con las audiencias. Nadie sabe
hacia dónde va la danza el siglo XXI pero lo
que es cierto es que con The Show Must Go
On supimos hasta dónde pudo llegar la del
XX.
Publicado en
Susy Q-21 (julio/agosto 2009)
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Clásicos del siglo XX
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