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Café Müller
La obra más emblemática de la danza-teatro ha
quedado cercenada. Será difícil recrear para
el futuro este clásico del siglo pasado sin
Pina Bausch, que fue taciturna y atormentada
protagonista de su creación hasta el final
de sus días
Texto: Carlos
Paolillo Foto: Guy Delahaye

Las palabras no se hicieron para Pina Bausch.
Únicamente el gesto corporal lograba
expresarla profunda y plenamente. Su verbo
preciso sólo era emitido en el momento justo
y en las circunstancias necesarias. La
brevedad en el hablar evidenciaba, además de
su parquedad, la introspección de la que
surgía su movimiento. La muerte de la más
significativa coreógrafa occidental de la
segunda mitad del siglo XX, pone de relieve,
ahora más que nunca, las señas de su
personalidad y su concepción del cuerpo
trascendente. Alguna vez afirmó que no
predicaba máxima alguna y que sólo buscaba
explicaciones dentro de si misma.
El libro Pina Basuch. Historias de Teatro
Danza (1989), de Raimund Hoghe,
constituye una indagatoria en la
cotidianidad de la creadora alemana,
normalmente enmarcada dentro de un salón de
ensayos, rodeada de bailarines. En ella, la
comunicación operaba a través de la
identificación y complicidad de emociones
estéticas de lo corpóreo. Hoghe, por mucho
tiempo dramaturgo de cabecera de Bausch,
analiza en su texto los particulares
procesos comunicativos de la irreductible
coreógrafa. Un rasgo constante en sus obras,
dice el autor, es el intento del individuo
por enfrentar lo efímero de las palabras y
de las imágenes, de las situaciones y las
experiencias, y de afianzarse en una
realidad que a menudo se le escapa.
Sus personajes, de acuerdo con este
postulado, intentan alcanzar seguridad en
medio de un ámbito esencialmente inseguro.
Así ocurre en Café Müller (1978),
creación emblema del teatro danza alemán, en
la que los recuerdos de una infancia signada
por solitarias horas de introspección,
determinan la reconstrucción de un espacio
social íntimo y cerrado, de violenta
incomunicación e inevitable desconsuelo. El
fantasmal personaje símbolo interpretado
casi exclusivamente por Pina Bausch hasta el
final de su vida, vaga sin orientación
dentro de un recinto asfixiante. Sus largos
brazos extendidos como sonámbula, nunca
llegan a rozar a los otros personajes que la
rodean, más susceptibles de un análisis
dramático y psicológico como roles
teatrales, que se encuentran y desencuentran
sin sentido, reiterada y violentamente.
Café Müller representa un ejercicio
psicológico extremo. En esta obra se
encuentra la síntesis de los códigos
expresivos del teatro danza germano y a
través de ella, Bausch pregona que este
género, no obstante su tradición
colectivista, puede ser individual e
intimista y apuesta por una exploración
profunda en el intrincado laberinto de las
emociones humanas. Las tablas y también el
cine, dejaron para siempre sentada esa
imagen convulsa y desequilibrada de la vida
y la muerte.
Publicado en
Susy Q-22 (septiembre/octubre 2009)
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Clásicos del siglo XX
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