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Rainforest
Cunningham bajo la lluvia. En 1968, el
coreógrafo estrenó esta pieza húmeda y
apocalíptica en la que flotaban los
siderales cojines de Andy Wahrol. Aunque en
Cunningham lo que cuenta es el conjunto de
su obra, éste trabajo es quizá una
importante referencia
Texto: Carlos Paolillo Foto: Cortesía
de la Cunningham Foundation

El concepto de repertorio es difícil de aplicar a Merce
Cunningham. El sentido de eventualidad
siempre presente en su danza, lo alejó de la
pretensión de una obra inmortal. Su interés
creativo, centrado en los procesos de
comunicación del cuerpo, lo condujo por
caminos de experimentación, nunca de
inmortalidad. Lo finalmente trascendente en
Cunningham no son sus obras en si mismas,
sino la concepción abstracta de su
movimiento y su ilimitada disposición en el
espacio escénico. Lo definitivo en el
coreógrafo es su pensamiento sobre la danza
como entidad existencial más que
representativa.
Rainforest
(Bosque lluvioso), no obstante lo apuntado,
constituye una referencia dentro de la
creaciones de Cunningham. Poseedora de un
enigmático planteamiento escénico, la obra,
estrenada el 9 de marzo de 1968 en la
Universidad de Buffalo, estado de Nueva York
y presentada ese mismo año en la Academia de
Música de Brooklyn (BAM), se convertiría en
un emblema del autor no sólo por su
característico lenguaje y concepción
espacial, sino también por la síntesis
artística que plantea.
Cunningham construye en Rainforest una suerte de
ambiente selvático húmedo, que bien pudiera
ser primigenio o también del futuro. Seis
bailarines (el propio coreógrafo fue
integrante del elenco original) se desplazan
errática y compulsivamente dentro de un
territorio que denota destrucción o
nacimiento. Está claro que no hay historia,
ni siquiera subyacente. La ambientación y el
encuentro y desencuentro de los
participantes, que de continúo se topan con
gigantes cojines plateados de apariencia
sideral, diseñados por Andy Warhol, ofrecen
una visión de medio ambiente geográfico
congelado y apocalíptico.
La estructura de la obra en grupos, tríos, dúos y solos
dispuestos con extrema libertad e incluso
aparente anarquía dentro el espacio
escénico, termina por concretar una
consideración del movimiento fría y
racional. Su concepto conduce a un ser
humano reducido y alienado, idea a la que
contribuye decididamente la propuesta sonora
de David Tudor hecha de combinaciones de
elementos electrónicos que le otorgan un
sentido áspero y metálico a la corporalidad
de los bailarines.
Rainforest
no fue una obra que se planteara una
resolución definitiva. Por el contrario,
siempre permitió periódicas revisiones y
sucesivas versiones, tanto en el aspecto
coreográfico como en el musical. Todo dentro
de esa necesidad en Cunningham de buscar en
lo azaroso y lo eventual la razón de ser del
movimiento. Piezas tardías, como Biped,
su incursión informática, o la emblemática y
experimental Ocean, fueron puntos
cenitales de su trayectoria, pero ninguna le
describe ni le representa con la misma
fuerza que Rainforest.
Publicado en
Susy Q-23 (septiembre/octubre 2009)
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Clásicos del siglo XX
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