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Esplanade
Cuerpos sin código. Ahí reside la aportación
principal del legendario coreógrafo Paul
Taylor que, con esta obra fundamental de su
repertorio, lleva hasta la cima el espíritu
de libertad que caracteriza toda su creación
Texto: Carlos Paolillo Foto: Lois
Greenfield |
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El amplio y solitario espacio escénico no
permite presagiar lo sorprendente de las
acciones corporales que vertiginosamente se
sucederán dentro de una suerte de entramado
de movimiento puro, que lleva consigo un
espíritu libre y regocijante. Vivificante y
emotiva, así podría caracterizarse a
Esplanade (1975, música de J.S. Bach),
una de la cimas creativas de Paul Taylor (Pennsylvania,
1930), personalidad fundamental
perteneciente a la segunda generación de la
histórica danza moderna de Estados Unidos.
Lo primero que atrae en esta obra es su
vocabulario exento de codificaciones
formales. Un evidente espíritu de libertad y
regocijo por el movimiento la orienta con
vehemencia.
El interés de Taylor por el gesto corporal
espontáneo, sin mayores implicaciones
reflexivas, lo personalizan como coreógrafo
y lo diferencian de sus mentores Martha
Graham y Merce Cunningham, junto a quienes
realizó una sólida carrera de intérprete.
Como cuidadoso, justo y atildado ha sido
considerado Taylor y su obra. La vida del
estadounidense común y sus situaciones
cotidianas orientaron sus procesos de
creación. El punto de partida de
Esplanade se inscribe dentro de esta
necesidad de convertir en arte altamente
depurado los más sencillos momentos de la
vida de todos los días. En la imagen de una
chica que corre para no perder el autobús se
encuentra, al parecer, el origen de la obra.
Ese hecho simple e impulsivo sirve de
pretexto para concebir un planteamiento
coreográfico claramente abstracto, ajeno a
historias elaboradas e intenciones
narrativas. De caminatas, saltos, carreras y
alzadas no rigurosamente sistematizadas está
construido el lenguaje de Esplanade.
En esta ausencia de codificación corporal se
encuentra su verdadera esencia y sus valores
primordiales. Alguien ha querido ver en esta
característica, presente en casi toda la
producción coreográfica de Taylor, una
estrategia del creador para contrarrestar su
formación inicial en danza no formalizada.
La obra, divida en cuatro secciones, se
inicia con una exaltación grupal del
movimiento de ingenuo sentido lúdico,
directa y asequible. A ella se une un adagio
de parejas que equilibra el ímpetu inicial
otorgándole asentamiento y una escena que
rompe de algún modo con el abstraccionismo
planteado, proponiendo cierta teatralidad
gestual a través del esbozo de personajes
que finalmente no llegan a constituirse como
tales. El final trae consigo la apoteosis
del desplazamiento espacial y la comunión
plena entre bailarines exaltados.
Con Esplanade, Paul Taylor ratifica
su condición de coreógrafo de la naturalidad
y la espontaneidad, sin ataduras
conceptuales e ideológicas. Aligera la vida,
indaga el espacio a plenitud y celebra el
movimiento. La pieza, que ha dado la vuelta
al mundo, sigue en el repertorio de la
compañía e inequívocamente continua
asombrando a las audiencias allí donde se
presenta.
Publicado en
Susy Q-26 (marzo/abril
de 2010)
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Clásicos del siglo XX
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