Clásicos del siglo XX.   Una serie

 

BOLERO

 

Aunque se estrenó en 1928, la verdadera apoteosis de la partitura de Ravel hecha danza, la trajo en 1961 la versión erótica de Maurice Béjart

 

Texto: Alba Anzola

 

 

 

 

Ravel, en distintas oportunidades desdeñó severamente el valor de Bolero, su obra más codiciada, diciendo que era “música vacía”. Sin embargo, su monotonía resulta seductora e hipnótica gracias a su crescendo descomunal que termina en parafernalia. Bolero ha estado siempre vinculada a la danza. De hecho se trató de un encargo de la empresaria, mecenas y bailarina (en ese orden) Ida Rubinstein, que había bailado en Los Ballets Rusos de Diaghilev, y que siendo rica, había fundado su propia formación Los Ballets de Rubinstein, intentando competir con la poderosa pero desorganizada empresa de Diaghilev. En el año de su estreno, 1928, Rubinstein tenía 42 años pero quería que Ravel le compusiera una obra de inspiración española para su completo lucimiento. Originalmente el compositor, que no escribía para ballet desde Le Valse (1919), pensó en hacerle una variación de la Suite Iberia que llamaría Fandango, pero problemas con los derechos de la obra de Albéniz, le condujeron a crear una pieza muy simple de inspiración árabe-andaluza, con un tempo y ritmo invariables, que se convirtió, muy a su pesar, en su obra más conocida. La coreografía de Bronislava Nijinska (hermana de Nijinsky) se desarrollaba en una taberna de Barcelona, en la que sobre una mesa redonda una única mujer bajo una lámpara, intentaba animar a los hombres que bebían y jugaban a las cartas. El tono provocador y erótico fue escándalo en su momento pero su éxito fue desmesurado.

A partir de entonces, se sucedieron las versiones coreográficas: Fokine (1935), Dolin (1940), Lifar (1941) y años más tarde el mismo maestro Granero (1987) hasta más recientemente Thierry Malandain (2001) o Stanton Welch (2004). Sin embargo, la que ha quedado como inmortal ha sido la espectacular versión abstracta y subyugante de Maurice Béjart, ideada en pleno apogeo de su carrera, para El Ballet del Siglo XX, que dirigía en Bruselas. Estrenada en 1961 por la bailarina Douchka Sifnios con 30 hombres que la idolatran, queda la esencia de la mesa redonda pero se elimina toda referencia a una taberna y se multiplica el tono erótico. En 1979, consecuente con su idea de potenciar el papel de los hombres en la danza, Béjart cedió por vez primera el papel solista a un hombre: su bailarín estrella, el argentino Jorge Donn, que dejó su interpretación inmortalizada en la película Los unos y los otros (Claude Lelouch, 1981). La creación de Béjart ingresó al Ballet de la Ópera de París en 1970 y se ha potenciado como un clásico del siglo pasado. El complejo rol solista ha sido bailado por verdaderas luminarias, entre las que cabría mencionar Suzanne Farrell, Marie Claude Pietragala, Marcia Haydée, Carla Fraci, Maya Plisetskaya, Sylvie Guillem, Patrick Dupont, la española Elisabeth Ros y más recientemente el español José Carlos Martínez, que recibió ovaciones al bailarlo con la Ópera de París en reciente reposición.

 

Publicado en  Susy Q-27  (julio/agosto de 2010)

 

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