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Ravel, en distintas
oportunidades desdeñó severamente el valor
de Bolero, su obra más codiciada,
diciendo que era “música vacía”. Sin
embargo, su monotonía resulta seductora e
hipnótica gracias a su crescendo descomunal
que termina en parafernalia. Bolero
ha estado siempre vinculada a la danza. De
hecho se trató de un encargo de la
empresaria, mecenas y bailarina (en ese
orden) Ida Rubinstein, que había bailado en
Los Ballets Rusos de Diaghilev, y que siendo
rica, había fundado su propia formación Los
Ballets de Rubinstein, intentando competir
con la poderosa pero desorganizada empresa
de Diaghilev. En el año de su estreno, 1928,
Rubinstein tenía 42 años pero quería que
Ravel le compusiera una obra de inspiración
española para su completo lucimiento.
Originalmente el compositor, que no escribía
para ballet desde Le Valse (1919),
pensó en hacerle una variación de la
Suite Iberia que llamaría Fandango,
pero problemas con los derechos de la obra
de Albéniz, le condujeron a crear una pieza
muy simple de inspiración árabe-andaluza,
con un tempo y ritmo invariables, que se
convirtió, muy a su pesar, en su obra más
conocida. La coreografía de Bronislava
Nijinska (hermana de Nijinsky) se
desarrollaba en una taberna de Barcelona, en
la que sobre una mesa redonda una única
mujer bajo una lámpara, intentaba animar a
los hombres que bebían y jugaban a las
cartas. El tono provocador y erótico fue
escándalo en su momento pero su éxito fue
desmesurado.
A partir de entonces, se
sucedieron las versiones coreográficas:
Fokine (1935), Dolin (1940), Lifar (1941) y
años más tarde el mismo maestro Granero
(1987) hasta más recientemente Thierry
Malandain (2001) o Stanton Welch (2004). Sin
embargo, la que ha quedado como inmortal ha
sido la espectacular versión abstracta y
subyugante de Maurice Béjart, ideada en
pleno apogeo de su carrera, para El Ballet
del Siglo XX, que dirigía en Bruselas.
Estrenada en 1961 por la bailarina Douchka
Sifnios con 30 hombres que la idolatran,
queda la esencia de la mesa redonda pero se
elimina toda referencia a una taberna y se
multiplica el tono erótico. En 1979,
consecuente con su idea de potenciar el
papel de los hombres en la danza, Béjart
cedió por vez primera el papel solista a un
hombre: su bailarín estrella, el argentino
Jorge Donn, que dejó su interpretación
inmortalizada en la película Los unos y
los otros (Claude Lelouch, 1981). La
creación de Béjart ingresó al Ballet de la
Ópera de París en 1970 y se ha potenciado
como un clásico del siglo pasado. El
complejo rol solista ha sido bailado por
verdaderas luminarias, entre las que cabría
mencionar Suzanne Farrell, Marie Claude
Pietragala, Marcia Haydée, Carla Fraci, Maya
Plisetskaya, Sylvie Guillem, Patrick Dupont,
la española Elisabeth Ros y más
recientemente el español José Carlos
Martínez, que recibió ovaciones al bailarlo
con la Ópera de París en reciente
reposición.
Publicado en
Susy Q-27 (julio/agosto
de 2010)
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Clásicos del siglo XX
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