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Un joven artista, desesperado, aguarda por
su amante cruel, mujer bella pero
calculadora, que aparece decidida a terminar
con él. Tras una pelea vehemente en la que
el uno suplica y la otra se regodea en el
rechazo, ella termina señalándole la horca e
invitándole al suicidio. Abandonado, el
artista ve una auténtica posibilidad en la
muerte y se ahorca. En un epílogo breve,
llega La Muerte enmascarada a llevarse el
alma del suicida y se desvela que no es otra
que su malagradecida novia. El retorcido
planteamiento, que representa a la muerte
como una depredadora sexual, estaba en
sintonía con la obra oscura de su autor, el
atormentado Jean Cocteau, que había escrito
este breve relato para ser convertido en
ballet por su amigo, el entonces ascendente
coreógrafo francés Roland Petit (Villemombe,
1924). La obra, una miniatura trágica con
música de Bach (la Passacaglia
reinventada por Otto Respighi), se estrenó
el 26 de junio de 1946 en el
Théâtre des Champs-Élysées, de
París, con Nathalie Philippart como La
Muerte y el celebrado Jean Babilée, en el
papel del artista. El éxito fue inmediato.
Le jeune homme et la mort (El joven y la
muerte) catapultó la carrera de Petit y
todavía hoy sigue recogiendo éxitos. El más
reciente, en junio pasado, cuando la obra
entró en el repertorio del Ballet Bolshoi,
de Rusia, interpretada por Ivan Vasiliev, el
nuevo fenómeno de la formación moscovita,
recibiendo una estruendosa ovación de veinte
minutos, casi tantos como la duración misma
de la pieza.
La enorme repercusión mediática del estreno
de El joven y la muerte, en 1946, ha
sido responsable de su permanencia en el
tiempo, gracias también a que se ha
materializado una y otra vez en el cuerpo de
luminarias del ballet, entre las que se
cuentan Zizi Jeanmaire (mujer de Petit),
Kader Belarbi, Julio Bocca, Rudolf Nureyev,
Patrick Dupond o Mikhail Baryshnikov, que
quiso rescatarla, en 1975, cuando estuvo en
el American Ballet Theater y contó con una
revisión exclusivamente para él por parte
del mismo Petit.
Queriendo desentrañar las razones por la que
esta pieza se ha convertido en un clásico,
la coreógrafa española anclada en Bruselas
Olga de Soto (Valencia, 1970) emprendió una
singular investigación para su obra
historie(s), en realidad una puesta
audiovisual sin bailarines, que se
estrenó en el Kunsten Fetival de Bruselas,
en 2004. Asombrada ante la petición de la
organización Culturgest, de Lisboa, que la
llamó para encargarle una versión de El
joven y la muerte, la creadora, en las
antípodas de Petit, decidió dar con
algunos de los espectadores que habían
estado en el estreno en 1946, y tras una
búsqueda demencial de estos ancianos, dio
con varios de ellos, y con sus testimonios
construyó su propia creación que, en
definitiva, viene a decir que la importancia
de la obra viene dada por las circunstancias
políticas y sociales del momento. La guerra
acababa de terminar y la gente de París, que
había sobrevivido, era sensible al tema de
la muerte y le parecía que una muerte
poética y voluntaria en escena era catarsis
perfecta para ellos, que habían estado tan
cerca de perder la vida en una contienda
bélica devastadora.
Publicado en
Susy Q-28
(septiembre/octubre
de 2010)
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Clásicos del siglo XX
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