|
Era ésta una asignatura pendiente. Con In den Winden im
Nichts el Ballet de Zuric cierra la
segunda fase de la deuda largamente
contraída por Spoerli con Bach. El
coreógrafo suizo ya maravilló en junio de
1998 al público barcelonés con la
interpretación coreográfica de unas
Variaciones Goldberg de magistral
desarrollo dancístico. Como en la
composición de Bach, los bailarines se
combinaban entonces en nuevas y variadas
alienaciones. Las posibilidades devenían
infinitas, con un impacto coreográfico y
plástico construido siempre sobre el placer
de los pequeños matices y detalles. Bach es
un sistema de ecuaciones. Y a Spoerli le ha
dado por buscarle y encontrarle
equivalencias sobre el trazado escénico:
idénticas geometrías, semejantes sistemas de
abstracción de realidades.
Spoerli y el Ballet de Zuric no sólo han asumido retos
formales. Cuando se enfrentan a clásicos
como Giselle, por ejemplo, es en este
mismo frío cálculo y precisión donde están
sus principales virtudes. El suizo es un
creador fascinado por los grandes clásicos
de la música. Ha coreografiado Haydn, Brahms
o Schubert con resultados de una gran
luminosidad y atractivo. Bach, sin embargo,
se ha llevado la parte del león. Tras las
Variaciones Goldberg, Spoerli trajo sus
Elementos al Liceu, en febrero de
2001, también como ahora con música de
violonchelo en directo. Había entonces la
tierra, el agua y el fuego. Faltaba el aire,
que debió de parecerle que necesitaba
desarrollo aparte, más extenso. Cada uno de
los elementos ha connotado su propia
coreografía. Un enorme anillo ha servido de
elemento escenográfico común. Y, en el nuevo
título, que viene a significar algo así como
“en medio del aire en la Nada”, Spoerli
insufla a la coreografía un cierto aire
aéreo: los chicos cobran mucho protagonismo
portador cuando acompañan a las bailarinas,
levantadas por los aires, inusual en tanta
medida en la danza contemporánea, al mismo
tiempo que en solitario asumen
protagonismos, partes y tonos gráciles
muchas veces reservados a ellas. Por otra
parte, la espiritualización implícita en la
música y en algún fragmento contrasta en
otros con cierto humor y flashes
visuales que remiten de lejos a la gimnasia,
el patinaje o la natación sincronizada, como
en una especie de contraste entre
tradiciones clásicas y contemporáneas.
Spoerli exige a los intérpretes y estos le
devuelven la pelota. La perfección prima
sobre una expresión que es más intelectual
que emotiva: límpida y transparente, por
supuesto, pero también tan fría como el aire
de las más altas atmósferas.
JOAQUIM NOGUERO
|