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¿Que formula mágica tiene Pina Baush para
conseguir introducirse con tanto tino en los
meandros del comportamiento humano? Sin duda
la formula se llama trabajo, reflexión y una
gran capacidad por avanzar en paralelo al
tiempo en el que vive. La prueba de esto, su
última creación, Vollmond, que pudo
apreciarse en el
Théâtre de la Ville
de París, única ciudad fuera de Alemania que
tiene el privilegio de ver año tras año
todas sus obras. Mujer de fuertes
convicciones que mueve y remueve la misma
piedra hasta sacarle su parte más perfecta,
se rodea ahora de agua para irrigar sus
ideas. Piedras precisamente hay una, enorme,
imponente y bellamente en equilibrio sobre
un río que cruza el escenario y que
metafóricamente separa al hombre de la
mujer. El agua en Vollmond es un
elemento omnipresente pero no principal, el
agua aquí ni cuenta ni es trama, es elemento
conductor, envoltorio y nexo de unión del
real tema tan escudriñado por la dama de
Wuppertal: las relaciones humanas. Dos horas
de espectáculo y una lluvia incesante son
atravesadas magistralmente por los 12
bailarines con joviales momentos como en el
que armados de cubos se entregan a una
despreocupada bacanal. Tal es el impacto de
la obra que casi desapercibidos pasan sus
conocidos slows en pareja o su
excepcional trabajo de brazos... a fin de
cuentas Vollmond nos lleva mas allá
de la escena, todo son imágenes y
contemplación. El niño chapoteando, el
anciano perdido, los chavales saltando de
cabeza en un río, incluso la humedad de
tanta lluvia nos transporta al monzón del
continente asiático. Esa es sin duda la
formula mágica. Baush nos saca de las cuatro
paredes del teatro para acercarnos
poéticamente a la parte positiva de la
existencia, esa que no hay que dejar pasar.
El final extraordinariamente excesivo es
como una obra dentro de la obra. En unos
minutos la coreógrafa da un repaso a cámara
rápida sobre todo lo acontecido en las dos
horas pasadas, una manera de recordarnos que
la vida corre frenéticamente y tenemos que
vivirla ya sea en el escenario de
Vollmond o en el teatro de nuestras
vidas. Una obra que nos lleva por la paleta
meteorológica de Baush, del apenas
perceptible tintineo de unas gotas de agua
al estruendoso diluvio.
DAVID RODRIGO BALSALOBRE |