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En Matar el 9, Carmen Werner se dedicaba un delirante
auto-funeral bailado. Y ahora, como si fuese
un flashback, nos dice que bailará,
beberá y fumará hasta caer muerta porque le
encanta disfrutar los placeres que esta
sociedad prohíbe con obstinación.
Políticamente incorrectísima, su propuesta
cuestiona a golpes de humor, entre copas,
humo, sexo, cigarrillos y buen baile (muy
buen baile), la hipocresía oculta en tantas
prohibiciones. Pero no lo hace, y aquí está
la clave de su acierto, desde el panfleto
desafiante sino desde un distendido discurso
que en una primera lectura habla de la
libertad, reuniendo en fiesta a unos
personajes en un espacio habitado por humo,
ceniceros y abundante vodka, que se dedican
al buen vivir. Pero detrás de este ambiente
de farra subyace otra lectura, una más
profunda y trascendente, sobre temas oscuros
e importantes como la brevedad de la vida,
la inutilidad de nuestras acciones, la
velocidad y mecanicismo con los que tomamos
un vodka que no saboreamos y tenemos un sexo
fugaz que no disfrutamos. Cada vez que el
ruido de su fiesta hace un silencio, suena
ese reloj desesperante que le dice a ellos
(y, qué horror, a nosotros) que, con vodka o
sin vodka, el tiempo de nuestra vida
irremediablemente se agota.
OMAR KHAN |