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No hay duda de que la propuesta de Guilherme Botelho, creador
de origen brasileño anclado en Ginebra desde
hace muchos años, tiene claras influencias
del llamado teatro físico inventado por DV8,
célebre agrupación británica que dirige
Lloyd Newson. Pero si los ingleses intentan
reproducir los movimientos y acciones de la
vida cotidiana desde una danza técnicamente
compleja, rigurosa y sofisticada, Botelho
prefiere irse más a la naturalidad, pegarse
más a la realidad. Todo es bailado,
ciertamente, pero aquí las acciones son
mucho más teatrales y el efecto, muchísimo
más cómico y muchísimo menos cínico y
crítico. Más ligereza y diversión, digamos.
Porque si algo tiene Le Poid de esponges
es humor. Intenta contarnos los avatares de
una familia pero las pinceladas surrealistas
están a la orden del día, lo que confiere al
conjunto un aire de farsa y caricatura,
acentuado, cómo no, por los colores
estridentes y planos de los acertados
trajes, la exagerada gestualidad de los
intérpretes, esa música rítmica tan de samba
que, por otro lado, desvela los orígenes
brasileños de su autor, y una cadena de
situaciones absurdas planteadas desde un
supuesto realismo (el nadador que cruza el
escenario desde proscenio haciendo
“piscinas”, la mujer inerte, que es uno de
los más grandes aciertos de la pieza, y la
conversión repentina de todo el escenario en
salón de baile a lo El Gran Vals).
Botelho hace gala de un gran sentido de la
composición, es indudablemente ingenioso a
la hora de pensar su puesta en escena y,
sobre todo, conoce las claves del gran
espectáculo. Visualmente potente, su obra
tiene momentos francamente memorables como
ese coche que irrumpe en escena y atropella
a un bailarín, el levantamiento de la
alfombra o el espectacular grand finale
con esa cascada de agua que convierte el
escenario en piscina y a los intérpretes en
nadadores en competencia. Pero no es un gran
coreógrafo ni sus intérpretes grandes
bailarines. Quizá por eso, la obra cae en
baches cada vez que intenta hacer danza pura
sin apoyo de ningún artilugio teatral.
Afortunadamente esos momentos son pocos y
los otros son muchos. Una revelación.
OMAR KHAN |