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Libertad traducida en una explosión de
movimiento que viene a ser como un grito,
libertad a chorro, de formas y disposiciones
en el espacio, como una libre expresión de
la energía que le desborda a uno: eso ha
sido y ha querido ser siempre Mikhail
Baryshnikov. La larga pervivencia como
intérprete del bailarín ruso puede venir de
estas mismas acuciantes necesidades, cuando,
por demás, antes de su evasión a occidente
había visto limitada su libertad. Por el
régimen soviético, pero también por el mismo
ballet. Y, sin embargo, es sobre esa
disciplina y sobre sus necesidades
expresivas donde habría de edificar una
nueva carrera ya en Estados Unidos. Acabó
ahí su brillante trayectoria como bailarín
clásico pero sintió luego el mismo apetito
por los márgenes y los nuevos horizontes que
se abrían a sus ojos y que acabaron
germinando en proyectos sucesivos como el
más reciente, ésta Hell’s Kitchen Dance o su
propia fundación o la amplitud de propuestas
coreográficas que hemos acabado viéndole
interpretar. En esta ocasión, las de Aszure
Barton son grandes coreografías de grupo con
un innegable sabor norteamericano: textura
de musical, impresión glamurosa,
reflexiones en torno del deseo y la pérdida,
incluso bajo el eco de canciones de amor de
los años cincuenta. La formación inicial en
la escuela rusa dio a Misha su armazón:
luego, ha absorbido de todo, la influencia
contemporánea, el jazz, lo que sea.
Years Later,
la coreografía de Millepied de este mismo
2006, no es más que su propia reflexión
sobre todo ello, ahora, años más tarde,
cuando puede echar cuentas. Él ya tiene 58.
Y, sobre música de Glass, de Meredith Monk y
de Satie, lo que resulta coherente con el
registro más reflexivo y ensayístico de la
pieza con trabajo videográfico de Oliver
Simola, Baryshnikov se toma medidas y nos
toma un poquitín el pelo. Baila solo,
primero en vídeo como si no pudiera hacer lo
mismo en directo. Luego, ya en escena, se
pone a ello con una lentitud extrema, como
si fuera mejor no poner a prueba sus
articulaciones. Pero, al fin, en un remedo
de sus actuaciones del pasado, enfrentado a
sí mismo ayer, a su imagen en el vídeo, su
cuerpo estalla veloz y preciso, confrontado,
como siempre, tan sólo con el espacio y el
tiempo e instalado gozosamente en ellos.
Lección de un maestro, que pasa a los
jóvenes el relevo en escena, testigo ante
testigos.
JOAQUIM NOGUERO |