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La iniciativa del Royal Ballet de Flanders de rescatar para
las audiencias de hoy Impressing The Czar,
ballet monumental estrenado por William
Forsythe y el extinto Ballet de Frankfurt en
1988, puede calificarse de importante
acontecimiento. Esta pieza parece contener
las respuestas a todas las preguntas que
genera el trabajo de Forsythe, orquestado a
partir de los rigores de la técnica del
ballet clásico pero completamente separado
de los edulcorados modos narrativos a los
que ha permanecido encadenado durante
siglos. En la forma, la obra responde a los
cánones tradicionales de estructura en tres
actos, cinco escenas y dos intermedios,
mantiene una lógica continuidad entre cada
acto y responde al carácter monumental, pero
en el fondo, hay una tremenda trasgresión
dispuesta como una revisión de las etapas
históricas del ballet. Pareciera que la
finalidad última fuese una reivindicación
del valor y utilidad de la técnica,
demostrando sus posibilidades infinitas al
ser colocada al servicio de ideas
completamente modernas, innovadoras e
incluso descabelladas.
The Potemkin’s Signature,
su primer acto, es una reinvención del
ballet clásico con sus trajes, su
escenografía, su ampulosidad, su música de
Beethoven e incluso su narrativa (todo gira
alrededor del mercadeo del oro) pero
salpicados de anacronismos como un televisor
o la presencia de una colegiala. In the
midle somewhat elevated, el segundo acto
y ampliamente conocido como obra
independiente, es, por el contrario, un
derroche de técnica y virtuosismo en estado
puro y abstracto, por el que planea
Balanchine. El escenario va desnudo, salvo
por un par de cerezas de oro suspendidas en
el aire que son el único residuo reconocible
del primer acto. Las luces blancas y la
ametrallante música de Thom Willems ponen el
carácter semi-siniestro. El delirante tercer
acto, Bongo Bongo Bageela, dividido
en tres escenas, coloca a los 45 bailarines
trajes de colegialas católicas y los
desmadra por el escenario, en una alusión
directa a la danza teatro de nuestros días.
El común denominador de todos los actos es
que están bailados sin transgredir los
rigores de la técnica. Claro que para montar
Impressing the Czar no valen
bailarines cualesquiera y el jovencísimo
equipo del Royal Ballet de Flanders resuelve
con verdadero acierto las exigencias e
inclemencias de esta obra, demostrando que
su cuerpo de baile es especialmente fuerte,
dúctil y flexible, lo que es la señal que
anuncia a una compañía de envergadura.
OMAR KHAN
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