Publicado en Susy Q 4 -  Septiembre/Octubre  2006

 

Críticas

El zar, impresionado, y el público, hipnotizado

 
 

Royal Ballet of Flanders

Impressing the Czar

Coreografía: William Forsythe

Festival: Montpellier Danse

Teatro: Opera Beriloz (Montpellier)

Lunes 3 de Julio de 2006

 

La iniciativa del Royal Ballet de Flanders de rescatar para las audiencias de hoy Impressing The Czar, ballet monumental estrenado por William Forsythe y el extinto Ballet de Frankfurt en 1988, puede calificarse de importante acontecimiento. Esta pieza parece contener las respuestas a todas las preguntas que genera el trabajo de Forsythe, orquestado a partir de los rigores de la técnica del ballet clásico pero completamente separado de los edulcorados modos narrativos a los que ha permanecido encadenado durante siglos. En la forma, la obra responde a los cánones tradicionales de estructura en tres actos, cinco escenas y dos intermedios, mantiene una lógica continuidad entre cada acto y responde al carácter monumental, pero en el fondo, hay una tremenda trasgresión dispuesta como una revisión de las etapas históricas del ballet. Pareciera que la finalidad última fuese una reivindicación del valor y utilidad de la técnica, demostrando sus posibilidades infinitas al ser colocada al servicio de ideas completamente modernas, innovadoras e incluso descabelladas.

The Potemkin’s Signature, su primer acto, es una reinvención del ballet clásico con sus trajes, su escenografía, su ampulosidad, su música de Beethoven e incluso su narrativa (todo gira alrededor del mercadeo del oro) pero salpicados de anacronismos como un televisor o la presencia de una colegiala. In the midle somewhat elevated, el segundo acto y ampliamente conocido como obra independiente, es, por el contrario, un derroche de técnica y virtuosismo en estado puro y abstracto, por el que planea Balanchine. El escenario va desnudo, salvo por un par de cerezas de oro suspendidas en el aire que son el único residuo reconocible del primer acto. Las luces blancas y la ametrallante música de Thom Willems ponen el carácter semi-siniestro. El delirante tercer acto, Bongo Bongo Bageela, dividido en tres escenas, coloca a los 45 bailarines trajes de colegialas católicas y los desmadra por el escenario, en una alusión directa a la danza teatro de nuestros días. El común denominador de todos los actos es que están bailados sin transgredir los rigores de la técnica. Claro que para montar Impressing the Czar no valen bailarines cualesquiera y el jovencísimo equipo del Royal Ballet de Flanders resuelve con verdadero acierto las exigencias e inclemencias de esta obra, demostrando que su cuerpo de baile es especialmente fuerte, dúctil y flexible, lo que es la señal que anuncia a una compañía de envergadura.

OMAR KHAN

 

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