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Comprometido es este programa y por partida
doble. Tanto Blanco, de Johan Inger,
director artístico del Cullberg, como
también End, del belga Sidi Larbi
Cherkaoui, habitual de los Ballets C de la
B, no se limitan a ser simples buenos
ballets formalmente hablando: quieren
comprometerse con lo que sucede en el mundo
e incluso expresar el momento tal como lo
están viviendo sus autores, según se deduce
de una entrevista con Inger en la que
confiesa las dudas y la mezcla de confusión
e ilusión con que ha vivido su nueva doble
paternidad, profesional (Cullberg Ballet) y
personal. Es sin duda este torbellino de
emociones lo que debe de haber enturbiado el
claro manantial con que se estrenó con
Walking Mad, una coreografía imaginativa
y lúdica sobre el Bolero de Ravel,
llena de humor pero también de emotivo
lirismo. Inger confirmó de nuevo su
capacidad con Home and Home, una
pieza sobre los malos tratos y la violencia
doméstica. Y, en conjunto, una virtud suya
se hermanaba ya con algo que también podemos
valorar de Sidi Larbi Cherkaoui: aciertos
plásticos, sobriedad escénica y, pese a no
eludir la belleza, compromiso de fondo con
aspectos mucho más sórdidos o complejos.
El díptico actual parece concebido para ir
junto, bajo este mencionado paraguas de
coincidencias. Lo que falla es que ambas
piezas terminen también comprometidamente
liadas. Porque hay belleza (End tiene
grandes momentos como cuando el muro de la
discordia ofrece salida hacia un paisaje de
sol y playa que resulta a continuación un
decorado pintado, un engaño más, otra
promesa maquillada), y hay buena danza e
incluso ratitos de emoción, pero el conjunto
peca de una confusa narratividad conceptual.
Es evidente que son obras que quieren
significar, pero dicha voluntad desemboca en
el enredado laberinto de una excesiva
profusión de estímulos visuales e incluso
hablados, con demasiados gritillos y
confusión en escena. Gustan a ratos, pero al
final, en su the end y contra su
voluntad, dejan demasiado en blanco. JOAQUIM
NOGUERO |