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Se ha querido convertir su obra en un discurso en extremo
intelectual. Se intenta verla como una
autora impenetrable y definitiva, solemne y
retórica. Difícil. Pero quizá sea Pina
Bausch la portadora de uno de los lenguajes
más admirablemente sencillos y efectivos de
la escena de las últimas tres décadas. El
fondo de la especulación excesiva y sesuda
sobre su quehacer probablemente sea una
manera de compensar la perplejidad que
siembra en los testigos de sus trabajos.
Trabajos que ambicionan la autenticidad
humana y la honestidad colectiva y que en
mucho las consiguen.
Nefés
(2002), otro episodio de perplejidad en la
carrera de Bausch, es la más reciente obra
de su serie dedicada al estudio de una urbe
contemporánea. Esta vez Estambul. ¿Qué es
una ciudad en la que no se vive? ¿Qué queda
de una ciudad en la que alguna vez se
estuvo? Desde hace 20 años Pina Bausch
responde. Y lo ha dicho ya sobre Roma,
Palermo, Madrid, Viena, Los Ángeles, Hong
Kong, Lisboa y Budapest. En Nefés
reitera: de una ciudad permanecen imágenes,
fragancias y colores; luces, ritmos y
sombras; impresiones, recuerdos. Y una
extraña poesía. Esto revisado en la gran
ciudad cultural de Turquía, resulta en un
espectáculo que parece tejido con las
calladas materias de los sueños.
Una riada de imágenes fluye en Nefés. Es un fresco
vivo en baile constante que llega a
contradecir el supuesto de que la
danzateatro casi olvida el fraseo
coreográfico. Hay allí rituales sin
ceremonia, sin solemnidad, hechos del tiempo
diario, que llegan a ser celebrados en su
belleza primaria: mujeres y sus hombres en
acciones de correspondencia, contraste,
choque o armonía; cabelleras de vivo peinar;
videos de tráfico y de masas acuáticas;
acciones de humor y de candor; escenas de
baños turcos; alguna danza de India
reabsorbida en lo contemporáneo. Imágenes y
más imágenes. Y hay lluvia, hay agua que cae
o que emana y desaparece en el escenario. La
voz de esta autora alemana conmueve en lo
simple, con una tesitura tramada por miles y
miles de hilillos elementales de
cotidianidad, de esa vida mínima,
intrascendente y rasa, cuyo lirismo
–inadvertido– se escapa a cada instante.
Así, Pina Bausch ha recreado una Estambul
personal, real y de lo pequeño, aunque bajo
la piel del espectador parezca más bella, un
poco soñada.
EDGAR
ALFONZO–SIERRA
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