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Itzik Galili demuestra en Heads or Tales, su más
reciente producción, que gusta de riesgos
físicos y emocionales. Su danza, atlética,
decidida y veloz, tiende hacia lo
geométrico, moviendo con frecuencia a sus
danzantes por líneas rectas bajo precisas
calles de luz que aparecen y desaparecen a
su paso. Pero no hay rudeza ni frialdad
matemática en su propuesta. Este esqueleto
formal, tan riguroso, tan medido, también
tiene alma, detalles, intenciones, emociones
y gran sentido del espectáculo. La pieza
celebra la primera década del coreógrafo de
origen israelí al frente de su agrupación,
con sede en La Haya, y su elección ha sido
inteligente. No se ha decantado por lo
fácil, por el tópico resumen de su
trayectoria con fragmentos de trabajos
anteriores, sino que ha querido y sabido
mostrar los logros de su carrera y los
alcances de su experiencia a través de un
montaje ambicioso y complejo, con música en
directo, numerosos recursos escénicos, gesto
multimedia y 20 bailarines, diez más de los
usuales, gracias a la participación de
estudiantes de la Rotterdam Dance Academy.
Cierto es que su catálogo, con más de medio centenar de
piezas, ha abarcado mucho y se ha aproximado
a diferentes temáticas que van desde la
abstracción y el puro goce de bailar hasta
miradas críticas a la guerra o los
comportamientos sociales. Heads or Tales
no tiene argumento pero está llena de
sugerencias. Abre con un ángel, sigue con
los bailarines manipulando delicadas
bombillas que de alguna manera dan
continuidad celestial y cuando va rozando
los límites del ritual se abre camino hacia
una danza enérgica, potente y muy de grupo
que aterriza en ese humor directo y
desternillante del segmento de los nueve
chicos, probablemente el mejor momento de
danza de toda la velada. Y de ahí, decide
volver hacia un recogimiento puramente
poético en su emocionado final que conecta
cíclicamente con el inicio gracias al
retorno de ese indefenso bailarín desnudo
que da tumbos en medio de una descomunal
lluvia de hojas en blanco. Tiene fuerza
Heads or Tales pero, a ratos, Galili
quiere lo que no tiene y es probable que
exija a los diez estudiantes más de lo que
pueden dar, lo que, por momentos, los deja
en franca desventaja frente a los diestros
bailarines de la compañía, dueños absolutos
de su lenguaje, que exige por igual dosis de
fisicalidad y emotividad.
OMAR KHAN. |