|
Recurrente tema y mil veces tratado en el universo del
flamenco, se presenta en Arena el
mundo ancestral del toreo y su fiesta, como
algo novedoso y fresco, inusitado y
reciente, marcado en fin por la innovadora
visión coreográfica de Israel Galván
(Sevilla, 1973). Propone el creador seis
coreografías con nombre de toro, de carácter
performativo y resultado poético, dejando a
un lado reflexiones a favor o en contra de
esta celebración, y manidas luces y capotes.
Le interesa a Galván lo que ocurre en la
plaza, el torero, el toro y sus códigos de
comunicación, el ruedo y el público, y sobre
ello trabaja durante 90 minutos, sin más
danza que la que él solo interpreta, con
preciso movimiento de contemporáneo
flamenco. Arropado por música y cante en
directo, limpia y sobria escenografía y una
iluminación tibia y solemne, destacan en el
conjunto del espectáculo unas cuidadas
proyecciones en las que Galván aparece
sentado en las gradas de una plaza de toros,
rodeado de gente y acompañado del cantaor
Enrique Morente, que canta sin conciencia de
la cámara que les enfoca. Aparece entonces
un Israel Galván espectador también de esta
fiesta. Porque seguramente entrar en ella
como público primero, e investigador
después, le ha servido al joven creador para
vaciar su inteligente mirada sobre el
escenario. No apta para defensores de lo
puro y quienes ven en el flamenco un arte
ancestral que ha de permanecer ajeno a
cualquier cambio, Arena es una
muestra más de lo que interesa a Israel
Galván y ya dejó claro con sus primeras
creaciones a finales de los 90. Desde que
este joven y creador andaluz irrumpiera en
la escena creativa con el espectáculo
¡Mira!/Los zapatos rojos en 1998, una
clara apuesta por la renovación del flamenco
que aparecía entonces a modo de declaración
de intenciones, ha acompañado la intensa
trayectoria artística de Galván,
repetidamente galardonada como el Premio
Nacional de Danza en la modalidad de
creación, que obtuvo en 2005. Un artista
inquieto y leído, que suele acudir a obras
literarias para la concepción de las suyas
coreográficas (La metamorfosis de
Kafka, Las palabras y las cosas de
Foucoult, que interpreta junto al cantaor
Miguel Poveda, Dos hermanos, novela
de Bernardo Atxaga y cuento de Borges que
baila junto a su hermana Pastora Galván, etc),
y toma prestada la premisa de Walter
Benjamín de “todo documento de cultura, lo
es a la vez de barbarie”, para arrancar con
Arena. Un contundente coreógrafo que
no se ancla en lo de agradar, siendo ésta
una tarea difícil en un mundo, el del
flamenco, donde la renovación no siempre
llueve al gusto de todos.
MERCEDES L. CABALLERO |