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Aquí va la crónica de un intento frustrado por ver aunque
fuera una manita de Tamara Rojo en el
estanque del madrileño parque El Retiro.
Como era de preverse una espectacular
muchedumbre de miles cayó como manada de
elefantes a las orillas del estanque al
llamado del suculento anuncio de Tamara Rojo
baila gratis El lago de los cisnes.
Nadie diría que el estanque, en sí mismo,
fuera tan grande y a nadie se le ocurrió
tampoco pensar que el escenario iba a estar
tan literalmente metido en el lago, lo más
alejado posible de los miles de intrusos que
vinieron a ver la transformación de las
chicas del Ballet de Lituania en aves
trémulas. Desde tempranas horas era
imposible conseguir sentarse en las gradas
centrales y los retrasados, que eran
cientos, tenían dos opciones: lateral o las
pantallas colocadas no muy estratégicamente
a lo ancho del parque. La representación
quedaba lejos para todos pero la posición
lateral tenía un leve inconveniente añadido:
las luces del escenario no fueron colocadas
arriba sino a los lados y el fogonazo
perenne hacía ver a los bailarines como
aquellos marcianitos que bajaban de la nave
iluminada en Encuentros en la tercera
fase. Los intérpretes no es que lo
tuvieran fácil. Llegar al escenario les
obligaba a atravesar, a la vista de todos,
una larga, aburrida e interminable pasarela.
Aparecían por allá, detrás de un remoto
monumento al menos cinco minutos antes de
que les tocara entrar a escena, y a caminar.
Las chicas del cuerpo de baile tenían todo
tipo de actitudes. Unas agitaban los brazos
como simulando cisnes, otras empezaban el
ritual y a mitad de camino abandonaban y no
faltaba la que pasaba de todo aprovechando
que aquello estaba oscuro. Tchaikovsky
también pasó lo suyo tratando de salir por
unos absurdos altavoces con tamaño y calidad
de mini-cadena que se quedaban mudos ante la
mala educación de un público chillón que se
creía de picnic por estar en el parque. Las
pantallas, el último recurso de la noche
para ver a Tamara, estaban colocadas en las
frondosas avenidas del Retiro, de forma que
entre la ballerina y sus fans se
interponía ahora la rama de un árbol. Dicen
que Tamara Rojo de verdad estuvo allí, que
se convirtió en cisne, blanco primero y
negro después. No podemos dar fe. Nosotros
no lo vimos.
SEBASTIÁN
ALARCÓN. |