Publicado en Susy Q  9 -  Julio/Agosto  2007

 

Críticas

Forsythe superlativo

 
 

Ballet de la Ópera de Lyon

Limb’s Theorem

Coreografía: William Forsythe

Festival: Madrid en Danza

Teatro de Madrid

19 de abril de 2007

 

Una compañía de bajo calibre no puede aguantar una pieza de la envergadura de Limb’s Theorem. Enorme, compleja, difícil, larga, oscura y definitivamente fascinante, esta joya del extenso repertorio que William Forsythe creó para el extinto Ballet de Frankfurt en 1989/90, es perfecta demostración de por qué se le considera uno de los creadores de mayor proyección surgidos en el siglo XX. Exige perfección virtuosa en el dominio de la técnica clásica, se necesita resistencia y consistencia para bailarla a lo largo de sus tres actos, pide precisión matemática en los desplazamientos individuales y movimientos de grupo, generalmente subdivididos en dos o más, lo que a su vez crea constantemente múltiples focos de atención. El portentoso equipo del Ballet de la Ópera de Lyon sabe atacar con brío y entusiasmo cada uno de los refinados aspectos que hacen de esta pieza una verdadera complejidad, una máquina de relojería que solamente funciona si todos estos elementos, incluyendo esas blancas luces cegadoras, la espectacular escenografía escultórica y la atronadora música de Thom Willems, habitual de Forsythe, están optimizados al máximo.

Limb’s Theorem se ubica entre las piezas grandes y ambiciosas de Forsythe, equiparable tal vez a trabajos suyos de envergadura como The Loss of the Small Detail o la monumental Impressing the Czar, que también ha sido recientemente remontada por el Ballet de Flanders con un éxito descomunal. Estructurada en tres actos (el segundo de ellos, Enemy in the figure, ha sido estrenado como pieza individual por la Compañía Nacional de Danza), la obra es una indagación en el concepto del espacio escénico y las posibilidades que tiene, sin desechar su negación, el no-espacio, esa zona completamente oscura del escenario donde los bailarines siguen haciendo sus proezas sin que podamos apreciarlas. Como es usual en sus obras, el diseño de la iluminación es poco convencional y en buena parte de la representación se trata solamente de un único foco histérico cargado por un bailarín en acción. Ayudado además por las sombras que proyectan las enormes estructuras escultóricas móviles, subdivide el espacio, lo convierte en un lugar múltiple, siempre claroscuro, orgánico, tenebroso e inquietante. Todo ello crea una atmósfera de emergencia tremenda, una especie de desasosiego, una tensión que clava al espectador en su butaca y le hace vivir una experiencia inusual, fascinante y adictiva, distinta a cualquier otro espectáculo de danza. OMAR KHAN

 

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