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Una compañía de bajo calibre no puede
aguantar una pieza de la envergadura de
Limb’s Theorem. Enorme, compleja,
difícil, larga, oscura y definitivamente
fascinante, esta joya del extenso repertorio
que William Forsythe creó para el extinto
Ballet de Frankfurt en 1989/90, es perfecta
demostración de por qué se le considera uno
de los creadores de mayor proyección
surgidos en el siglo XX. Exige perfección
virtuosa en el dominio de la técnica
clásica, se necesita resistencia y
consistencia para bailarla a lo largo de sus
tres actos, pide precisión matemática en los
desplazamientos individuales y movimientos
de grupo, generalmente subdivididos en dos o
más, lo que a su vez crea constantemente
múltiples focos de atención. El portentoso
equipo del Ballet de la Ópera de Lyon sabe
atacar con brío y entusiasmo cada uno de los
refinados aspectos que hacen de esta pieza
una verdadera complejidad, una máquina de
relojería que solamente funciona si todos
estos elementos, incluyendo esas blancas
luces cegadoras, la espectacular
escenografía escultórica y la atronadora
música de Thom Willems, habitual de Forsythe,
están optimizados al máximo.
Limb’s Theorem
se ubica entre las piezas grandes y
ambiciosas de Forsythe, equiparable tal vez
a trabajos suyos de envergadura como The
Loss of the Small Detail o la monumental
Impressing the Czar, que también ha
sido recientemente remontada por el Ballet
de Flanders con un éxito descomunal.
Estructurada en tres actos (el segundo de
ellos, Enemy in the figure, ha sido
estrenado como pieza individual por la
Compañía Nacional de Danza), la obra es una
indagación en el concepto del espacio
escénico y las posibilidades que tiene, sin
desechar su negación, el no-espacio, esa
zona completamente oscura del escenario
donde los bailarines siguen haciendo sus
proezas sin que podamos apreciarlas. Como es
usual en sus obras, el diseño de la
iluminación es poco convencional y en buena
parte de la representación se trata
solamente de un único foco histérico cargado
por un bailarín en acción. Ayudado además
por las sombras que proyectan las enormes
estructuras escultóricas móviles, subdivide
el espacio, lo convierte en un lugar
múltiple, siempre claroscuro, orgánico,
tenebroso e inquietante. Todo ello crea una
atmósfera de emergencia tremenda, una
especie de desasosiego, una tensión que
clava al espectador en su butaca y le hace
vivir una experiencia inusual, fascinante y
adictiva, distinta a cualquier otro
espectáculo de danza. OMAR KHAN |