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Los
setenta arrancaron al ritmo enloquecido de la
música disco. Era algo más que música para
bailar, suponía una revolución social en la que
ciertas minorías reclamaron su lugar en el mundo
de la cultura pop. Al menos en Estados Unidos,
el rock & roll, la gran herencia revolucionaria
de los sesenta, se había convertido en una
industria blanca y clase media, bajo el control
y dictamen de grandes casas discográficas y
emisoras de radio que no permitían que se colara
la llamada música racial con sus percusiones
afro y sus cantantes negros. Sin embargo,
todo cambiaba rápidamente. La lucha por los
derechos civiles de los negros, la voz a gritos
de las mujeres luchando por la igualdad de
género, la proliferación de los latinos y el
naciente movimiento gay que se hacía visible y
ruidoso tras los disturbios en el bar Stonewall,
de New York en 1969, que dio inicio al
mundialmente popular Orgullo Gay, fueron
importantes sacudidas sociales que no tardaron
en cambiar el estado de las cosas. Y de los
suburbios de la ciudad de la manzana y otras
como Miami o Philadelphia surgió el furor por
las discotecas. El rock no era bailable.
Propiciaba espasmos, provocaba histeria y
permitía dar botes y guitarrazos al aire pero no
bailar. En la disco, en cambio, todo era
distinto. El dj ponía música que permitía
a la gente desmelenarse y pronto blancos, negros
y latinos se entregaron encantados al desmelene.
La música disco creció en popularidad creando su
propia industria alternativa donde reinaron
divas negras como Donna Summer (con su orgásmico
hit I love you babe) y Gloria Gaynor
poniendo a todos a viajar en su tren de
medianoche a Georgia, mientras que grupos como
Village People subían en las carteleras hasta el
primer lugar en ventas con temas ampliamente
bailables como Y.M.C.A., el himno gay del
momento. En este contexto apareció de repente un
líder, un gran héroe a imitar. Su nombre de
ficción era Tony Manero. Su nombre real, John
Travolta. Y su mérito propagar por el mundo el
virus de la fiebre del sábado noche.
Meneos pélvicos
El productor y músico negro Van McCoy había
intentado codificar y patentar el baile de la
música disco, creando un patrón para bailar su
hit Do the Hustle, pero no trascendió los
circuitos reducidos de las discotecas de New
York. El auténtico manual, la verdadera lección
de danza para el pueblo llegó en forma de
película. Fiebre de sábado noche (John
Badham, 1976) impuso el estilo y las reglas del
baile disco. Inspirada en el artículo Tribal
Rites of the New Saturday Night, publicado
por el periodista rockero Nick Cohn en la
prestigiosa New York Magazine, la película
narraba cómo Tony Manero, un humilde chico de
Brooklyn que trabajaba durante la semana como un
anónimo vendedor de pinturas, se convertía cada
sábado por la noche en el rey de la disco local
con sus meneos pélvicos, su impecable y hortera
traje blanco y una forma de bailar que sería
imitada por millones. La música de los Bee Gees,
la bola de espejitos y la pista de baile
iluminada por cuadritos de colores se
convertirían en iconos no ya de la película,
sino de los mismísimos setenta. El impacto del
baile travolta estaba en que quizá por
primera vez la gente normal, los espectadores de
a pie, podían bailar igual que el héroe de la
película. Por mucho que alguien vea Cantando
bajo la lluvia no puede bailar como Gene
Kelly pero un par de visionados a Fiebre…
bastaba para aprenderse los pasos y reinar en la
disco el próximo sábado.
¿Era John Travolta un buen bailarín? Claro que
sí pero solo cuando bailaba travolta. El
actor, nacido en 1954, había tomado lecciones de
danza con Fred Kelly, hermano del genial Gene,
pero no había ahondado mucho. Su baile
discotequero seguía un sencillo trazado que se
iniciaba como el de la pareja de baile de salón,
introduciendo variantes pélvicas, trabajo de
suelo y unas cuántas sencillas y vistosas
manipulaciones a la pareja que animaron al
planeta entero a menear las caderas como
Travolta. El impacto fue incalculable. El disco
del los Bee Gees vendió 30 millones de copias y
la proliferación de discotecas se multiplicó
diez veces en Nueva York después del estreno de
la película.
Evangelio rockero
Travolta siempre tuvo vocación de artista.
Cuando tenía 17 años quiso ingresar por la
puerta grande en Broadway y audicionó para el
musical Jesucristo Superstar, y estuvo a
punto de ganar el papel del Mesías rockero que
terminó haciendo Jeff Fenolt. Y es que, mientras
las discotecas desataban su fiebre, en los
escenarios de Broadway también se vivían
importantes transformaciones, especialmente con
la aparición de las llamadas óperas rock y la
revolución que supuso, en 1968, Hair, un
musical que llevó a los escenarios la filosofía
hippie y su reacción virulenta contra Vietnam.
El tándem Andrew Lloyd Weber y Tim Rice
disfrutaba por entonces del éxito de su musical
Joseph y su manto de sueños technicolor,
de inspiración bíblica, pero estaban buscando
algo más acorde con los tiempos. Se fijaron
entonces en la hiper-libre versión del Nuevo
Testamento que había escrito John O’Horgan, en
la que el verdadero protagonista era Judas, que
había sido usado por Dios en su plan de
redención de los hombres. Inicialmente sacaron
un disco con las canciones, que fueron
interpretadas por el rockero Ian Gillan
(vocalista de la banda heavy Deep Purple) en el
papel de Jesús e Yvonne Elliman en el de María.
Más tarde, el 12 de octubre de 1971 se estrenaba
la versión teatral en el Teatro Mark Hellinger
de New York, donde cumplió con unas modestas 711
representaciones si se comparan con las 3385
(ocho años) que se mantuvo en la versión de
Londres, estrenada un año más tarde.
Jesucristo Superstar,
que conoció una versión cinematográfica en 1973
dirigida por Norman Jewison, rápidamente
despertó la ira de grupos católicos histéricos
que intentaron boicotear el musical tildándolo
de blasfemo. El paralelismo entre Cristo con un
pop star en declive, la resurrección simultánea
y redentora de Judas, las insinuaciones de una
relación con María y el uso de música rock,
considerada demoníaca, para contar los últimos
días de Cristo, desataron furia e hicieron más
ruido que sus verdaderas cualidades, entre las
que se cuentan un puñado de emocionadas y
pegadizas canciones como Hosanna!, I Don’t
Know How To Love Him y, muy especialmente,
Getshemani.
De vuelta
Desde entonces y hasta ahora son muchas las
versiones que se han visto y oído de
Jesucristo Superstar, emblemático musical de
los setenta. Es memorable la producción de Tokio
traducida al japonés y popular la española que
hizo Camilo Sesto y Ángela Carrasco.
Celebridades como Roger Daltrey, de The Who, han
cantado el papel de Judas y Tony Hadley, de
Spandau Ballet, el de Jesús. El musical, con
mejores y peores producciones, ha seguido con
vida propia en estos 26 años y paralelamente,
también John Travolta con una carrera llena de
altibajos. Sin embargo, como el fénix que renace
de sus propias cenizas, ambos coinciden esta
temporada en España. Jesucristo Superstar
reaparece por todo lo alto con una versión hecha
en casa, dirigida por Stephen Rayne y con
coreografías de Ángel Rodríguez, que espera
tener larga vida en la cartelera de la Gran Vía
Madrileña. Travolta, que no hacía un musical
desde hace 30 años, regresa delirante en el
remake de Hairspray (primero película, de John
Waters, en 1988, y luego musical en Broadway,
hace un par de años), la historia de una chica
de Baltimore en los años 60, que sueña con ser
triunfar en un concurso de baile de la tele. En
esta reaparición, Travolta viene irreconocible
como la gorda y divertida madre de la chica, un
papel que fuera hecho en la película anterior
por el travesti Divine, actor fectiche de Waters
en sus primeras y gamberras películas. Como
recordando viejos tiempos, Travolta, ahora de
señora gorda, se pega varios números de canto y
baile, siendo destacable su dueto imposible con
un (también) irreconocible Christopher Walken.
Hairspray. Director: Adam Shankman. Con: John
Travolta, Michelle Pfeiffer, Christopher Walken,
Queen Latifah.
Se estrena el 14 de septiembre en cines de toda
España.
www.hairspraymovie.com
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Ángel Rodríguez / Jesucristo Superstar
Gran Vía Crucis
Sin túnica ni sandalias, y en una moderna y
renovada versión realizada especialmente para su
estreno en nuestro país, aterriza Jesucristo
Superestar en la Gran Vía madrileña. Le ha
tocado al joven coreógrafo Ángel Rodríguez poner
movimiento a este evangelio rock
Texto: Mercedes L. Caballero
Joven coreógrafo de ecléctica formación y
trayectoria, Ángel Rodríguez firma la
coreografía de la nueva versión española del
musical más célebre del tándem Andrew Lloyd
Weber y Tim Rice, Jesucristo Superestar,
estrenado a principios de los 70 en Nueva York y
Londres, y en el 75 en nuestro país con Camilo
Sesto de mártir. No es la primera incursión de
Rodríguez en este género. El musical On
Broadway, también de la productora Stage
Enterteiment, lo confirma, ni tampoco la primera
vez que trabaja fuera de un montaje
exclusivamente de danza. El cine, con diversos
cortometrajes y la película Arritmia
(Vicente Peñarrocha, 2007), protagonizada por
Natalia Verbeke y pendiente de estreno, también
testifica su trabajo como creador. Sin embargo,
su carrera como bailarín, coreógrafo y director
está dibujada con algunos de los nombres más
destacados del panorama de la danza de nuestro
país. La Compañía Nacional de Danza, donde ha
bailado y coreografiado y el Ballet de Carmen
Roche, para el que ha estrenado algunos de sus
últimos trabajos, son algunos ejemplos. Profesor
del Instituto Superior de Danza Alicia Alonso en
la actualidad, donde también ha mostrado
diversas obras, Ángel Rodríguez habla de su
incursión en esta versión de Jesucristo
Superestar, que dirige Stephen Rayne, y de
su labor como coreógrafo de este clásico de los
musicales, que se estrena el 20 de septiembre en
Madrid.
¿Qué le animó a participar en este proyecto?
Bueno, hubo bastantes razones para aceptar. Yo
ya trabajé anteriormente con Stage en el
concierto musical On Brodway, y la
experiencia me gustó mucho. Fue algo diferente.
Hay motivaciones que normalmente no tienes
cuando trabajas con danza solamente… en este
caso el contar siempre con la música en directo
y que los propios bailarines y actores sean
instrumentos musicales con sus voces. Por otro
lado, que una de las empresas de este género más
grande en España y con más años y musicales
hechos también en Europa, te ofrezca hacer una
obra como Jesucristo Superstar, era un
privilegio y un lujo. Así que fue prácticamente
imposible decir que no.
¿Es diferente la actitud de un coreógrafo a la
hora de enfrentarse a un musical?
Digamos que se tiene que tener en cuenta algunas
cosas que con una pieza estrictamente de danza
no es necesario. Hay que pensar que en muchos
momentos de coreografía de grupo, los bailarines
tienen que utilizar la voz cantando, y eso no es
tan fácil. Así que en ocasiones no se puede
meter tanto movimiento como se haría en otro
tipo de pieza. Además se tiene que tener en
cuenta el movimiento escenográfico, algo muy
habitual en un musical, y mover a los artistas
para que evolucionen sin problema ya suba o baje
la escenografía.
¿Qué resaltaría de coreografiar para este tipo
de trabajos?
Varias cosas. Es muy gratificante trabajar con
la música en directo…Por otro lado, en un
musical no se tienen a todos los bailarines con
la calidad que quisieras, lo que hace que tengas
que desarrollar un sexto sentido para sacar todo
lo posible de los artistas, que se sientan
cómodos y que se aprecie un buen trabajo. Todo
esto hace que uno, como coreógrafo, también
aprenda y se desarrolle al mismo tiempo.
¿Se ha preparado de alguna manera especial para
desarrollar esta labor?
En mi caso, como ya había tenido algún contacto
con este género, no ha sido necesario, si bien
es cierto que es importante conocer más
musicales y tratar con cantantes que son algo
muy diferente a los bailarines.
La comunicación que se establece con bailarines
y actores… ¿es la misma que en un montaje sólo
de danza?
Creo que no hay tanta diferencia en la
comunicación. Sí tal vez en las formas. En un
montaje de danza el vocabulario y la manera de
comunicarte va a ser siempre muy parecida y los
bailarines ya están acostumbrados a ella, con lo
que es tal vez menos pensada o meditada. En el
caso del musical, sobre todo con los actores,
las formas cambian. Hay que tener más paciencia
y hay que pensar las cosas de otra forma para
que entiendan bien lo que estás pidiendo y lo
que quieres sacar de ellos.
¿Le ha servido la coreografía original estrenada
en 1971, o de la versión española del 75 a la
hora de crear la suya?
En absoluto, todo lo contrario. Ésta va a ser
una versión distinta, mucho más actual.
Inspirada en hechos que suceden en nuestra
actualidad. Y se trata de la primera vez que
Stage hace un musical en España sin comprarlo
íntegramente. Todo será nuevo. Por eso es tan
importante que hayan confiado en mí para esta
labor, y como tal no he querido ver ni estudiar
ninguna otra versión para buscar inspiración. He
preferido inspirarme en lo que existe en estos
momentos y utilizar mi forma habitual de
trabajo, sin tener influencias de otras
versiones.
¿Cuál es el personaje de este musical más
interesante en cuanto a movimiento?
Creo que lo más interesante son los grupos, los
que hacen las partes de coros, aunque algunos de
los personajes también entran a formar parte de
esos grupos… pero Jesucristo y Judas se moverán
poco a nivel de danza. Será más bien movimiento
escénico o gestual
¿Y el que usted elegiría para interpretar y
bailar?
Pues si fuera cantante seguramente elegiría el
papel de Judas. Para mí sería el más
interesante… y combinando la danza y el canto,
lo más probable es que me quedara con Simón.
Tiene un tema muy vivo, con mucha fuerza y uno
de los más intensos en cuanto a movimiento
Un musical que le encantaría coreografiar…
Difícil de contestar, pero en principio creo que
el estar en una producción como Jesucristo
Superstar es realmente una suerte. Sé que
mucha gente daría cualquier cosa por poder
participar en él… Si me hubieran dicho en el
momento que se estrenó la película en los cines
madrileños en los 70, que algún día iba a
coreografiar el musical para el teatro y que se
iba a estrenar en plena Gran Vía de la capital,
en uno de los mejores teatros de esta calle, no
me lo hubiera creído. Hay musicales increíbles
en los que se podrían hacer cosas maravillosas
pero de momento no puedo pedir más. Es un placer
y un honor poder hacer el que será el musical de
la próxima temporada en Madrid.
Jesucristo Superstar. A partir del 20 de
septiembre. Teatro Lope de Vega (Madrid)
www.jesucristosuperstar.msn.es
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