Publicado en Susy Q 11 -  Noviembre/Diciembre 2007

 

Israel Galván / Dantzaldia

El Forsythe del flamenco

 

Texto: Omar Khan        Fotos:  Xavier Sanfulgencio

 

Aquí va la crónica de cómo el coreógrafo y bailaor sevillano Israel Galván este verano pasado fue declarado estrella en Montepellier casi sin que él mismo se diera cuenta. Su carrera, en rápido ascenso, se anota otro tanto esta temporada, ahora en el festival Dantzaldia, donde bailará un dueto con Sol Picó dentro de las esculturas de Richard Serra que atesora el Museo Guggenheim, de Bilbao.

 

 

El del festival de danza de Montpellier no es un público fácil. Se jacta de conocedor y lo corrobora el éxito de este evento que desde hace 25 veranos lleva a sus escenarios lo más selecto de la danza nacional e internacional. Suele ser un público cejijunto y analítico, seco y distante, incluso con los espectáculos de celebridades, pero cuando se vuelca, la entrega no está muy distante de las de los adolescentes que chillan y deliran ante su ídolo de rock. Este verano pasado hicieron un descubrimiento, algo que parece fascinarles. Cayeron fulminados ante la fuerza arrolladora de Israel Galván. El joven coreógrafo y bailaor sevillano, de 34 años, se convirtió en tema de conversación y confesar no haberlo visto, parecía motivo de exclusión social. Pequeñito y tímido como es, Galván no parecía consciente de lo que estaba pasando a su alrededor, que era mucho. En un nutrido y memorable encuentro con el público al día siguiente del estreno francés de su espectáculo Arena, abstracción flamenca de la fiesta brava, y a dos del de La francesa, creado para su hermana Pastora Galván, un espectador en un castellano afrancesado le declaraba rotundo: “Usted… usted es el Barysh… no, no, no… usted es el Forsythe del flamenco”, al tiempo que otro señor, con toda seguridad un resentido del vecino pueblo de Nîmes, le decía, ahora en francés: “Su espectáculo de anoche donde queda bien es en el teatro que tenemos en Nîmes, llévelo allá que tendrá más éxito”. Un amplio artículo sobre Galván en el prestigios diario Liberation legitimaba la euforia de sus recién adquiridos fanáticos. El rotativo hablaba de sus inicios, de cuando decidió abandonar la línea del flamenco tradicional para buscar un lenguaje propio, más contemporáneo, y todos los vecinos en Sevilla le daban el pésame a sus padres, que son maestros en una conocida academia de flamenco. “Eran críticas muy agresivas y negativas, no explicaban los porqués y hablaban de mí como si yo hubiese muerto artísticamente”, les relataba Israel Galván a sus adoradores franceses. “Desde que presenté mi primer espectáculo en el 98 me he acostumbrado a que esto es así, un día te ponen bien y otro te ponen mal. Y me parece lógico que así sea, lo que quiero es que no me afecte. No hago nada para gustar, intento ser yo mismo y no ceder a lo que quiera el público o la crítica. Lo que hay que intentar siempre es demostrar en el escenario que se es bueno”.

 

Cara a cara

Israel Galván parecía un pez nervioso fuera del agua en aquel afrancesado ambiente, incapaz de saborear el éxito aquella mañana, abrumado ante la lluvia de alabanzas que le caían por todas partes. Había estado cómodo y crecido en su territorio: sobre el escenario de la imponente Ópera Berlioz de Montpellier la noche anterior, donde fue largamente ovacionado, pero no lo parecía tanto en este encuentro cara a cara con su público, mediado por una traductora que sufría horrores para trasladar al francés su cerrada jerga sevillana y acosado por una entrevistadora incisiva y un público que quería saber demasiadas cosas al mismo tiempo.

Desde luego, estaban fascinados por su manera de bailar de perfil pero también por su técnica, su personal modo de hacer un flamenco poco ortodoxo. Uno por ahí le preguntaba si se sentía influido por el butoh, la danza contemporánea japonesa, otro quería que le confesara que copiaba a Gades y más allá, aquel señor eufórico insistía con lo del Forsythe del flamenco. “Influencias del butoh, poca. Vi a Kazuo Ohno en Japón y lo que me sorprendió fue la conexión que puede tener con la energía flamenca” explicaba Galván entre paciente y abrumado. “Pero en cada espectáculo mío he intentado crear situaciones que me lleven a distintas maneras de bailar. En ¡Mira! /Los zapatos rojos [1998], el primer espectáculo con mi compañía, la idea era que yo no quería bailar y mis zapatos sí, ellos me obligaban. También descubrí el silencio, el estarse quieto, el valor de la ausencia de movimiento. Luego, en Metamorfosis [2000] quise imitar a conciencia a los bailaores antiguos con fuerte personalidad, y fue una investigación que realmente me hizo cambiar mi forma de bailar. En Arena [2005, su pieza más exitosa hasta el momento] estaba la idea de conseguir ese clima de riesgo que se respira en la plaza de toros, ese clima de muerte. Cada uno ha sido una experiencia distinta”.

“¿Pero cómo surgen esas ideas y qué papel juega en sus creaciones Pedro Romero, usual director artístico de sus espectáculos?”, increpaba ahora la entrevistadora que intentaba todo el tiempo parecer lo más erudita y aguda posible ante su entrevistado que, por el contrario, trataba de ser lo más normal y doméstico posible. “Casi todas las ideas me han venido de casualidad. Confieso que cuando hice Metamorfosis no sabía quién era Kafka pero lo leí y terminé haciéndolo. Y con Pedro, ante todo somos amigos. Decido algo y él me ayuda a ver las posibilidades, a estructurar un guión. Arranco solo y cuando necesito ayuda, le llamo”. “¿Y ese pas de deux con mecedora?”, prosiguió ella refiriéndose a un momento de Arena, y a todas luces él entendió mal la traducción de la pregunta y comenzó a explicarle lo que era una mecedora, que era un silla batiente que allá en Andalucía la ponían en la puerta por la caló… hasta que le aclararon el asunto. “Ah… ya, lo de la mecedora me vino un poco por el poema de Lorca A las cinco de la tarde, dedicado a Ignacio Sánchez Mejía que lo mató un toro. Con la silla quise hacer un dúo de riesgo, donde la mecedora fuera como el toro. Quería meter un dueto pero no con otro bailarín sino algo que me supusiera un auténtico reto. Y es que yo me siento cómodo haciendo solos porque a veces el flamenco lo veo como algo muy individual”.

 

EL PRECIO DE LA REBELDÍA

“¿Por qué le gusta bailar de perfil? Eso no es lo normal, mire que aquí sabemos de flamenco”, intervenía orgulloso de su originalidad uno del público. “He bailado desde chico porque mis padres tienen una academia y se organizaban ferias. Notaba que siempre bailaban frontal y terminó por parecerme demasiado lugar común, así que desarrollé todo este trabajo del perfil”. “¿Y sus padres hoy qué piensan?”, quiso saber una dama francesa más al fondo. “Mis padres se entusiasmaron mucho cuando empecé en esto pero cuando dejé de bailar como los clásicos y asumí una postura más personal y más rebelde, comenzaron a sufrir por las críticas de los flamencos tradicionales. Es que para ellos esto es como una religión pero cuando sentí que bailaba bien, que había ganado concursos, me di cuenta de que necesitaba algo más y me dije que ya no bailaría lo de siempre, que bailaría lo que realmente quisiera, con toda libertad. No me da miedo el suelo o el perfil, no creo que las cosas que no se hacen como dicen los académicos carezcan de valor. Una parte fundamental del flamenco está en las fiestas, cuando se encierran y entre ellos hacen cosas surrealistas, porque de puertas adentro todo es más libre y no tan apegado al cómo se hace. Y es que también somos espontáneos”.

Llevar desde Sevilla hasta Francia un espectáculo llamado La francesa, obviamente generaba un desmesurado interés en aquel público. “Lo francés es muy sensual y creo que había algo allí por explotar. Por ejemplo Carmen es todo un mito, pero es el estereotipo de la mujer española guapa, morena y sensual vista por un francés”, decía Galván como defendiéndose por si le querían atacar por ese lado, que los francesas son muy suyos. Y desde luego, también se enteró de que son defensores de los derechos de los animales y que nunca falta el que ve en el español mundo de los toros una especie de aberración. “Trato de ver la fiesta brava de forma neutral”, aseguraba con cierta cautela. “Estoy a favor de los que le gusta pero también de los que defienden los derechos de los animales. Creo que iría un rato con los manifestantes y me escaparía otro rato a ver la corrida”.

En la rueda de prensa de clausura del festival, su director Jean-Paul Montanari, hacía un balance del evento dejando constancia de que este año habían descubierto una estrella española llamada Israel Galván y aseguraba que el año que viene lo tendrían de nuevo por allí, ésta vez con un encargo, un estreno mundial. Pero el bailaor ya se había ido a Sevilla, quizá sin ser realmente consciente de que dejaba en la ciudad francesa una larga estela de admiradores incondicionales que suponen un nutritivo alimento para su inminente consagración internacional.

 

 

 

DE PERFIL. Del flamenco canónico y tradicional, lo sabe todo. Pero el que muestra en el escenario, solo, de oscuro, contundente y casi ausente, es otro. Es uno descompuesto, fragmentado, dibujado con los pedazos del que anteriormente se atrevió a romper, con esa inquietud del que no se conforma y la seguridad del que conoce. Mientras los puristas ven en lo suyo una profanación, y el resto, una renovación tan inesperada como necesaria, él, simplemente, tantea sus inquietudes y las aflamenca. Buceando en raíces y orígenes para encontrarles nuevos significados. Devorando libros a los que acude después para crear sus obras. Cuestionando códigos para parir otros nuevos. A la expresión del flamenco le ha cambiado su dirección para bailarlo de fuera hacia dentro. Aspirándolo con devoción para escupirlo después sin aspavientos y una contención que sobrecoge. De perfil en el escenario, con los músicos a un lado y el público a otro mientras dibuja la dirección de su baile, se mueve Israel Galván con su mano derecha extendida como si entrara a matar o se fuera arrancar en el cante, advirtiendo de por dónde va su figura y su lenguaje. MERCEDES L.CABALLERO

 

 

 

EL CONVIDADO DE ACERO. No tardó en aceptar Israel Galván la invitación que la imaginativa e innovadora coreógrafa catalana Sol Picó le hizo para que se integrara a su espectáculo culinario Paella Mixta, en 2004. La reunión de ambos en un combate de danza imposible sobre un ring colgado encima del escenario devino en legendario. Ella, tan contemporánea, rompiendo reglas académicas con sus zapatillas rojas en perfectas puntas. Él, tan flamenco y estilizado soltando adrenalina y desatando toda su furia. Ambos, arrebatados, tan contrastantes y energéticos, fueron la sensación de un espectáculo que desde entonces anda rodando y que todavía hoy sigue viajando, teniendo como inminente destino la lejana Shanghai a inicios de este noviembre. La reunión de sus sensibilidades y el éxito de su inusual experiencia pedían más. Y ahora los dos artistas coinciden de nuevo, esta vez en un dueto que es un trío pues trae un sofisticado convidado de acero: el complejo escultórico La materia de los tiempos, que Richard Serra creó para la sala más grande e imponente del Museo Guggenheim, de Bilbao.

Encuentro, que así se titula, está llamado a ser el espectáculo más novedoso y atractivo del Festival Dantzaldia que organiza La Fundición en la ciudad vasca. Se trata, a decir de Sol Picó, de “un dúo de danza utilizando el espacio arquitectónico-laberíntico de Serra. Su obra como un elemento integrador de la pieza y perfecta excusa para la búsqueda de espacios individuales y de espacios colectivos, para terminar en el “encuentro”. La búsqueda de la mezcla desde el respeto a nuestras identidades y a nuestros lenguajes propios”. Abanderado del minimalismo, el escultor Richard Serra (San Francisco, 1939) creó este complejo escultórico especialmente para esa sala del imponente museo bilbaíno y siempre ha dicho que le gusta que sea un espacio para interactuar. Sol Picó e Israel Galván le han tomado la palabra y ahora han decidido perderse por sus laberintos y recovecos de acero para, contradictoriamente, poder encontrarse. El uno con el otro, ambos con el escultor, y los espectadores con tres talentos distintos pero perfectamente compatibles en este tiempo propicio para romper fronteras entre las disciplinas.

 

Festival Dantzaldia. Del 4 de noviembre al 11 de diciembre en distintos teatros y espacios de Bilbao. Encuentro, coreografía de Sol Picó e Israel Galván. 4 y 5 de diciembre. Sala Richard Serra-Arcelor. Museo Guggenheim (13h y 19h). www.dantzaldia.com 

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