|
Publicado
en Susy Q 15
- Julio/Agosto 2008
Sasha Waltz & Guests /
Dido y Eneas
Dido soprano baila su aria hasta morir
Festival Barcelona Grec. Teatre Nacional de Catalunya (11 al
13 de julio)
Texto: Edgar Alfonzo-Sierra Foto: Sebastian Bolesch
El chapuzón estalla. Con este chasquido de agua emergen en
la sala los sonidos de
Dido y Eneas. Un joven de torso desnudo ha acuchillado el contenido
líquido de un inmenso acuario con su cuerpo. Como pez humano
juguetea con su pareja. La visión tiene cualidades de
composición pictórica. De óleo móvil.

No es un acaso la presencia del agua al inicio de esta
ópera, ni baladí el nadar de los dos seres. Cártago (hoy
Túnez), ciudad de dos puertos donde sucede el relato, es un
enclave de mar e historia antigua. Allí la reina local, Dido,
vivirá el amor, su fractura y la muerte propia. El viento en
velas para la tragedia es su pasión por un príncipe troyano,
Eneas, pieza de un destino épico que la excede y excluye:
fundar Roma.
Dido y Eneas
es un raro botón de rosa en la obra de Henry Purcell, ópera
cumbre del barroco británico y, se dice, morada de una de
las arias más hermosas creadas en el universo lírico:
When I am Laid in Earth, una chacona conocida como
El lamento de Dido.
La coreógrafa alemana Sasha Waltz releyó en esta ópera, que
irrumpe como una de las atracciones más llamativas del
Festival Grec catalán, el regusto barroco por una danza y un
canto indisociables. Si bien filólogos de la música objetan
tal relación en óperas británicas del periodo y la reconocen
como mayor atributo del barroco francés, el acercamiento de
Waltz al género a través de esta pieza coincide con un
detalle del nacimiento mismo de
Dido y Eneas: el director escénico que la estrenó en 1689 en Chelsea,
Londres, fue un hombre de danza, el coreógrafo y bailarín
Josias Priest.
Así justificada, Sasha Waltz buscó desarrollar en su
comprensión de
Dido y Eneas una experiencia: el sonido como voz del movimiento, como
vibración espiritual del cuerpo activo. Waltz compone
pictóricamente una ópera de sustrato coreográfico y la hace
en muchos momentos, en aquellos lejanos de la tragedia, un
juego de alegres vidas. El coro (el
Vocalconsort Berlin),
los cantantes solistas y su elenco de bailarines recuerdan
aquel movimiento del agua del inicio del espectáculo: agua
que canta acompañada por la Akademie für Alte Musik de
Berlín.
Quizá de lo más interesante y aparentemente simple que haya
en la obra sea ese intento de continuidad, la integración de
artistas vocales y danzantes en desplazamientos e
interpretaciones, en frases coreográficas que terminan
dotándolos de una misma identidad. Con el transcurso de la
pieza, unos y otros se confunden. En lo posterior poco se
discierne o poco importa quién es bailarín y quién cantante,
muy a pesar de las diferencias de sus cuerpos.
El resultado es una obra traslúcida, líquida, que une
calidades de movimiento y sonido en el dulce regocijo de una
partitura barroca. Aquí Sasha Waltz aparece como una artista
que dibuja animación lúdica en la escena, hábil y atenta a
la composición visual y gestual de grupos humanos, que no
medró en proponer bailarines como réplicas de los cantantes
protagonistas. Así hay Didos y Eneas no en un solo cuerpo.
Es una obra de multiplicaciones que busca recordar esa
dimensión sutilmente material del sonido.
Al desembocar en el
Lamento de Dido, el aria crucial de la pieza, Waltz obsequia una metáfora. La
protagonista muere sumergiéndose literalmente en sí misma.
En la versión de estreno, vista en 2005, a cargo de la
soprano caribeña Aurore Ugolin, dotada de un cuerpo soberbio
y encabritado de teatralidad, Dido avanza en escena con una
de las cabelleras más crecidas de la historia clásica. La
melena se arrastra en los suelos y su portadora canta su
infortunio. Pero también baila a un punto expresionista.
Sumerge sus dedos en una pelambre en la que se pierde y se
envuelve para no escapar y lapidarse. La voz languidece:
amante, dulce, bellísima. Es el crepúsculo de una reina que
con velocidad de humo se irá tornando en irreversible y
extraño ovillo de penurias. Una sepultura capilar con
últimos rastros de voz que finalmente dejan de moverse.
Canto y danza serán un mismo cadáver.
<< Artículos
2008
|