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Publicado
en Susy Q 20
- Mayo/Junio 2009
Las
princesas del ballet pierden su inocencia
Las hadas están mutando
Texto:
Edgar Alfonzo-Sierra
Foto: JC Carbonne
La
oscuridad vuelve a los cuentos, fábulas y leyendas. En
puntas o a pie descalzo, y hasta con genitales traspuestos,
los grandes clásicos del ballet visten contemporáneo para
estar cada vez más en sus orígenes. Vuelven a ser ellos
mismos. El Ballet Preljocaj trae a Sevilla su lectura
fashion de Blancanieves vestida por Gaultier

La
sombra es la clave. "Un cuento de hadas es como un hogar
tranquilo, pero en cuya puerta está escrito: ¡Ten cuidado!
Todos tienen algo en común: princesas, brujos, parejas
reales, príncipes, buenos y malos. Pero cada cuento de hadas
tiene también algo totalmente propio, un punto oscuro donde
pasa algo inexplicable". Así hablaba hace 10 años Mats Ek,
coreógrafo sueco que ha trepanado el cráneo mismo del ballet
con una trilogía de piezas, creadas en los ochenta, en las
que Giselle es reclusa de un manicomio, La bella
durmiente vive entre violencia y drogas, y El lago de
los cisnes, tan grácil y femenino, está integrado por un
pelotón de hombres.
Desde las
dos últimas décadas del siglo pasado se acude a un
comportamiento escénico que perturba los códigos narrativos,
formales y técnicos con los que el discurso de los clásicos
del ballet han sido conocidos. Las magias instituidas en su
lenguaje han sido contradichas en los términos de los
tiempos en curso y el cuento de hadas (o fábula o leyenda
mítica) inspirador es hoy una zona comanche, problemática y
tóxica, caldo de cultivo de otras especies mutantes. Y
aunque sobreviven las anteriores, muchas hadas han ido
perdiendo sus alas de libélula.
No perdamos
de vista el entorno. Las realidades que se vienen
yuxtaponiendo e interactúan desde el siglo pasado hasta hoy
son complejas, diversas, críticas, altamente contrastantes,
si no radicalizadas. Y en este estado general de las cosas,
desorientado e inestable, asistimos a un conflicto
interactivo de imágenes antiguas y contemporáneas que no
debe ser desdicho, que es parte del sistema nervioso que nos
compone y que lleva a nuevos resultados y crisis. Un
conflicto de modelo kafkiano, mutante, que convierte a unas
en otras: a partir de contornos menos notados de las viejas
y aéreas líneas que definían o torneaban la realidad, se
trazan efigies nuevas, a veces crueles y casi siempre raras.
Así el caso
del ballet y de sus grandes obras. Por eso, ni Giselle,
ni El lago de los cisnes, ni La bella durmiente,
ni ninguno de sus títulos cardinales tienen una fecha de
caducidad. La historia no caduca porque no es sólida ni
inmóvil. Es historia porque vive aquí mismo alimentándose de
un pasado que es constantemente incidido por un presente
(tecnológico y científico, ideológico, artístico e
investigativo) que lo redimensiona y cambia. De aquí que los
grandes títulos del ballet no pueden mantenerse
exclusivamente en la condición meramente formal (y
probadamente idealizada) de sus orígenes, como Torres de
Babel aisladas y extemporáneas.
Giselle invertida
Si bien la
imagen de una legítima Giselle romántica de estreno
en cualquier urbe tiene un doloroso –y necesario– sentido de
contraste con el mundo actual, creadores con astuto sentido
del momento lo advierten y lo evidencian en sus propios
dispositivos escénicos con fines re-interpretativos que
invierten la construcción de una obra tradicional y tocan o
realzan otros de sus fondos posibles o menos manifiestos. En
sí, las nuevas lecturas con todos sus gritos y a veces
estridencias, son también un hecho intestino de la
tradición, comparten con la institución clásica y son
indisolubles a ella.
Ek está
claro: "Tengo urgencia en contar historias. Todos somos
portadores, mediadores y víctimas de una gran herencia
cultural que incluye mitos, leyendas y cuentos de hadas.
Pero nos son tan familiares que no reparamos en ellos. El
acto de releerlos, de descubrir sus aspectos obvios,
desmenuzarlos, saborearlos y recrearlos, es decir,
tomárselos en serio, es para mí algo lleno de sentido". Su
reinvención trasgresora de una Giselle loca ya tiene
aires de clásico del siglo pasado y acaba de ser repuesta
con éxito por el Ballet de la Ópera de Lyon. Con Ek coincide
el británico Matthew Bourne, director del colectivo New
Adventures y autor de una versión masculina y homosexual de
El lago de los cisnes (anunciada al final del filme
Billy Elliot, de Stephen Daldry, 2000), así como de
un Cascanueces que entiende de conciencia social.
Bourne, que ha adaptado a su danza Eduardo Manostijeras
y acaba de estrenar su versión de El retrato de Dorian
Gray, distingue a los grandes ballets por sus temas,
para él sencillos, pero potentes y universales: "Crean
extensos cimientos para el desarrollo de nuevas ideas y para
que yo pueda crear mi propia versión del argumento, basada
en los temas conocidos del original".
Esta
práctica, aunque más tímida, ha tocado suelo español en,
entre otros, Iker Gómez con La danza del cisne, una
especie contemporánea de ballet en miniatura con música que
alteraba sus referencias axiomáticas: El lago de los
cisnes de Tchaikovsky y El cisne de Saint-Saens;
Emilio Aragón con una Blancanieves en alianza con
Tamara Rojo más apegada al códice que la novísima versión
del francés Angelin Preljocaj, que con sus trajes de Jean
Paul Gaultier llega esta temporada a Sevilla después de su
paso por la Bienal de Lyon; el catalán anclado en Suiza
Cisco Aznar que, desde el Centro Coreográfico Galego,
propone una Giseliña gallega que actualmente gira por
España y, entre otros, el catalán David Campos con su
novísima La bella durmiente que promete multimedia y
estructura cinematográfica, un poco en consonancia con la
versión techno de Giselle presentada recientemente en
España por Garry Stewart y el Australian Ballet, titulada
simplemnte G.
El punto oscuro
No escapan
los clásicos del ballet a una noción que los describe como
“grandes relatos”, proyectos o utopías cuya finalidad fue
legitimar, dar unidad y fundamentar las instituciones y las
prácticas sociales y políticas, las legislaciones, las
éticas, y las maneras de pensar. De ahí el uso, formas y
atribuciones dados a posteriori a sus narraciones
primigenias. Es así que, en casos, la mirada de los autores
contemporáneos no ha sido más que la porfía por lograr la
originalidad esencial de la pieza, una fidelidad mayor hacia
la inspiración primera que animó su dramaturgia, la
recuperación del punto oscuro que hipnotiza a Mats Ek.
Así aparece
una suerte de método –aleatorio como la creación- que con
intención, a su modo filológica, se aplica a estas grandes
obras para reconstruirlas, fijarlas e interpretarlas según
–eso sí- la sensibilidad actual que es más próxima a la de
sus inicios: una especie de dramaturgia de las densas
sombras que los clásicos ocultan, una vocación opuesta al
cuento de hadas impreso en la cultura popular del siglo XX
por Walt Disney, maquinaria que despojó a estos relatos de
su tragedia genuina, su morbo, en fin, de la sombra que
pretendían iluminar, comprender o sencillamente padecer. De
ahí que a más de uno le puedan resultar sorprendentes
algunos episodios de la Blancanieves, de Preljocaj,
que se remonta al original cuento de los hermanos Grimm,
desdeñando la visión cortada y edulcorada del padre de
Mickey Mouse. Y es que Disney, tan intensamente colocado en
las mentes, hace que por contraste y sin advertirlo luzcan
más urgentes y descomedidas las nuevas versiones de
cualquier cuento de hadas en puntas, sean de la filmografía
de la marca o no. Verbigracia, dos versiones de El lago
de los cisnes, una del irreverente creador belga Jan
Fabre para el Ballet de Flandes, con un ojo de búho en
amenazante e inmensa proyección y graznidos de ave nocturna
que dieron clima aterrador a un príncipe con inclinaciones
incestuosas; otra del alemán Raymond Hoghe, el que fuera
dramaturgista de Pina Bausch, convertida en dueto mínimo que
rasaba desigualdades físicas.
En cuanto a
trasgresión pura, no hay tal. Quizá otras experiencias que
no son las dominantes culturales: readecuación, ajustamiento
temporal, práctica de una libertad que permite leer otros
trasfondos de los textos y obras, cierto dolor de vivir la
actual decadencia de todas las épocas y la pérdida de un
orden y sentido central. La evidencia consiste en que en
cada experimento nuevo ha visto a los clásicos llevados al
trastorno de sus formas estereotipadas sólo para que vuelvan
un poco a sí mismos y al tiempo, con otros modales y
problemas, con acierto o desatino. La mutación es justicia.
Blancanieves. Angelin Preljocaj. Teatro de La Maestranza (Sevilla). 9
y 10 de junio.
www.teatromaestranza.com
www.preljocaj.org
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Bruja dominatrix
Tras varios años trabajando en el campo de la
abstracción, el coreógrafo francés Angelin
Preljocaj levanta la carta de la narración con
su última creación Blancanieves, que
irrumpe en Sevilla esta temporada, para
enfrentar este cuento de hadas a un mundo
actualmente desencantado. El cuento original
debe gran parte de su celebridad a la película
de animación de Walt Disney (1937) que no duda
en suprimir muchos de sus elementos. Dicha razón
lleva al coreógrafo a basarse en la versión
original de los hermanos Grimm (1812) y a volver
a sacar a la luz todos los episodios en los que
la madrastra intenta deshacerse de Blancanieves.
Además de la escena de la manzana envenenada,
aparecen la de los coloridos lazos de corsé y la
del peine envenenado olvidadas por Disney. El
coreógrafo se rodea de las paginas musicales
extraídas del inmenso repertorio sinfónico de
Gustav Mahler y aporta un mundo encantado
(especialmente en la primera escena del bosque)
gracias a un universo estético gigantesco
apoyado por los eficaces decorados de Thierry
Leproust. Entre palacios de paredes doradas,
espejos mágicos y cuevas por las que trepan los
siete enanos, Preljocaj propone una construcción
coreográfica impecable con transiciones rápidas
y controladas, pero desprovista de esa savia
maligna que la hace turbadora. Y es que en esta
Blancanieves la belleza queda resumida a
lo bonito, limpio y bien ejecutado dejando de
lado una cierta noción de profundidad, reacción
o vibración. Imponiendo un rigor y una
sincronización académica a sus 26 bailarines, el
coreógrafo olvida el veneno y el desorden
natural de las cosas privándonos casi de ese
sabroso y tentador mordisco a la manzana.
Afortunadamente el contrapunto necesario llega
de la imaginación desenvuelta del creador de
moda Jean Paul Gaultier con el que Preljocaj
trabaja por primera vez. Gaultier, creador
acostumbrado al vestuario de escena tras
múltiples colaboraciones con la coreógrafa
Régine Chopinot, ha sabido aceptar la
complejidad de la obra sin excesos ni facilidad.
El vestuario de la misma Blancanieves aparece de
manera natural aunque con un toque muy Gaultier
que la desnuda en las caderas, mientras que el
príncipe enfunda un desaliñado traje de torero.
Su mejor diseño lo reserva para la madrastra a
la que convierte en reina sadomaso con
capa de látex negro y cuello de encaje a la
antigua. La asumida dimensión popular de la obra
solo se quedaría en eso si no fuese por la carga
simbólica, posiblemente el punto mas importante,
que Preljocaj da a su obra. Algunos aspectos
sugeridos por el cuento son traducidos por el
coreógrafo como problemáticas actuales.
Especialmente la temática de la relación
madre-hija, con esa tensión existencial entre la
belleza pura de la juventud frente a la belleza
afirmada de la mujer madura. El cuento traduce
así la negación al envejecimiento, vivido como
una fatalidad. Nuestra sociedad, que intenta
ocultar la vejez a cualquier precio, proclama la
juventud eterna a través de miles de antídotos
milagrosos, ¿no es este el nuevo cuento de hadas
moderno?.
DAVID RODRIGO BALSALOBRE
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