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Publicado
en Susy Q 22
- septiembre/octubre 2009
Pina
Bausch
LUTO
Repentinamente nos quedamos sin Pina Bausch. De manera
fulminante, una de las coreógrafas más significativas del
siglo XX, se fue. Queda para la posteridad un catálogo de
más de 35 obras superlativas y el recuerdo de su delgada
figura trémula arrojándose obstinadamente contra un muro, en
‘Café Muller’, su obra más importante
Texto:
Omar Khan Foto: Detlef Eler

La consagración de la primavera (1975)
La mañana
del 30 de junio pasado moría en Alemania Pina Bausch, sin
equívocos una de las coreógrafas occidentales más
emblemáticas de la danza del siglo XX. Y ese mismo día, por
la noche, su compañía, sus discípulos, su familia artística,
aún conmocionada pero segura de su decisión, subía el telón
en la Ópera de Wroclaw, en Polonia, para bailar Nefés
(2002), en la que seguramente ha sido la velada de danza más
triste y emotiva en lo que va de siglo. No se desviaron del
plan, y mientras se celebraba la ceremonia de último adiós a
su maestra en Alemania, sus bailarines estuvieron ausentes.
Como soldados, siguieron haciendo lo que ella les enseñó y
probablemente lo que ella hubiese querido que hicieran. De
Polonia se fueron sin escalas a Italia, al Festival de
Spoleto, donde ahora bailaron otra de sus piezas recientes:
Bamboo Blues (2007), obra festiva y optimista
sobre La India que, esa noche, seguro, pareció más triste y
menos colorida que de costumbre.
Resulta
curioso que el día de su muerte se representara Nefés.
Esta pieza, su homenaje personal a la ruidosa y
contradictoria ciudad de Estambul, es pura luz, agua, fiesta
y vida. No quedan demasiadas huellas aquí de la oscuridad y
tormento de sus trabajos tempranos con los que conoció un
éxito internacional impensable entonces para una compañía de
danza contemporánea. No está la angustia existencial de
Café Müller (1978), su coreografía más emblemática y
reveladora. No. En Nefés el agua fluye cristalina y
juguetona en contraste al agua estancada y sucia de Arien
(1979). Tampoco está la pulsación trágica de La
consagración de la primavera (1975) ni la profunda
tristeza de Nelken (1982). Está la vida plena de una
ciudad, sus problemas cotidianos y la manera regocijante en
que sus habitantes intentan resolverlos. También están sus
bailarines, más alegres y divertidos que en otras piezas. Si
fuera cierto que a través del análisis de la evolución de su
obra se pueden descifrar los enigmas y tormentos de esta
coreógrafa hermética, que siempre fue reservada y tímida,
podría decirse que al momento de su partida de este mundo
había conseguido exorcizar sus fantasmas, liberar sus miedos
y acercarse, por fin de una manera optimista y vital, a la
interrogante más insistente de su obra: por qué los humanos
somos como somos y hacemos lo que hacemos. Hay una perfecta
línea de evolución en este sentido. Sus obras transitaron
desde la oscuridad hacia la luz. Del tormento interior a la
explosión de vida exterior. Del gesto cerrado y atormentado
al humor lúdico y distendido.
Viñetas de vida
Podrían
citarse fácilmente sus influencias. Kurt Joos, el padre de
la danza expresionista alemana, en primer lugar. Él era
director de la Folgwank School de Essen, cuando ella, con
apenas 14 años, llegó a estudiar danza. Más tarde, en Nueva
York, fue Antony Tudor el que orientó sus pasos. Sin
embargo, la que fue decisiva y se convirtió en el centro de
todo su trabajo, fue la vida misma. Esa fue su gran
influencia. Su danza, que comenzó a edificarse en 1969,
cuando a la muerte de Joos se hizo directora de la misma
escuela que la formó, y se consolidó años más tarde, en
1973, con la fundación de su hoy legendaria compañía
Tanztheater Wuppertal, ha pasado por diversas etapas
creativas pero nunca, en ninguna de sus obras, se desvinculó
del hombre contemporáneo y sus conflictos más urgentes. Se
hizo siempre interrogantes acerca de los grandes enigmas de
la existencia pero tampoco desdeñó los pequeños incidentes.
Hablaba no tanto del amor como de los tormentos que
conlleva. Abordaba lo arbitrario y surrealista pero siempre
desde una óptica naturalista. El Nueva York que le deslumbró
siendo una jovencita no fue el de la eclosión de la danza
abstracta y conceptual sino el lado humano de una ciudad en
constante ebullición que contrastaba violentamente con la
tranquilidad y sosiego de un pueblo como Solingen, donde
había nacido en 1940. Sus trabajos no fueron narrativos pero
estuvieron siempre atados a realidades reconocibles. Sus
bailarines no representaron personajes de ficción pero
tampoco fueron objetos móviles en el espacio. Eran ellos
mismos. Pina Bausch tenía el don único de convertirlos en
una prolongación escénica y danzante de sí mismos. “No me
interesa cómo se mueven, me interesa qué los mueve”, dijo
alguna vez y la declaración, contundente, encierra una clave
importante para aproximarse a su método de trabajo y la
visceral relación que mantuvo con sus intérpretes.
Sólo
quería bailar
Desde los
años setenta y hasta hoy se han vertido auténticas cascadas
de tinta intentando explicar, contextualizar, desentrañar y
analizar su obra. Se ha desglosado al completo todo su
trabajo, se han hecho cientos de conjeturas difíciles de
contrastar pues raramente la coreógrafa hablaba públicamente
de las motivaciones y significados de su obra. Se han
elaborado largos tratados sobre Pina Bausch, lo que sin la
necesaria práctica de la observación de sus coreografías, la
hace parecer compleja y difícil, lejana e inaccesible. Pero
la grandeza de su trabajo está en la insólita sencillez de
sus propuestas. De ahí que conectara con el gran público
allí donde llegara. Conseguía ovaciones en Japón y
delirantes fanáticos en India, donde era especialmente
venerada, o en América Latina, continente por el que tenía
debilidad. De hecho, su última pieza, que no llegó a
titular, se inscribe -y tristemente también cierra-, su
largo ciclo sobre las ciudades y ésta última vez, venía
dedicada a Santiago de Chile. Tras su estreno en Wuppertal,
llegará, ahora como obra póstuma, a la ciudad
latinoamericana en enero próximo, generando todo tipo de
expectativas. “Nunca me planteé nada. No hubo teorías. Sólo
quería bailar”, reveló humildemente alguna vez.
Las
feministas leyeron en su obra un decálogo. Los militantes
vieron en Nefés una lectura política. Los semiólogos
y sociólogos encontraron en sus piezas un océano de
significados. Pero el público encontró siempre conexión
directa, perfecto entendimiento y nitidez conceptual. Porque
Pina Bausch siempre hablaba de nosotros. De ti, de mi, de
sus bailarines, de ella misma. Sus piezas son viñetas de
vida, un puzzle sin armar con retazos de nosotros mismos, en
los que de pronto adquiere protagonismo absoluto un bailarín
que habla de por qué baila, una intérprete que contamina su
baile con tradiciones tan ancestrales como la danza
tradicional kuchipudi de La India, un hombre que
simplemente riega una maceta, otro que trata de vender un
rollito de primavera al público o una canción emocionante
que habla de cómo te mira la luna cuando estás en la llanura
venezolana. Así era su mundo. Tan sencillo que, con
frecuencia, echaba mano de los juegos de niños y los
convertía en espectáculo, como en el ya elocuente título
Para los niños de ayer, hoy y mañana (2002) o la bacanal
acuática de una de sus obras recientes, Vollmond
(2006), en la que los bailarines se dedican a jugar con agua
durante casi tres horas. Para ella, el más mínimo gesto
humano era coreográfico. “Una caricia ya es danza”, fue una
de las más simples pero reveladoras declaraciones de las
pocas que ofreció.
Emocionante legado
Lo que
pasará ahora es un enigma. De momento, la compañía cumplirá
con los compromisos que había adquirido, incluyendo dos
presentaciones en España. La primera, en noviembre, en el
Festival de Otoño, de Madrid, que quedará inaugurado con la
reposición de Kontakthof (1978) y la segunda, en la
temporada 2010-1011 del Teatro El Liceu, de Barcelona, que
traerá una pieza histórica, su ya lejana Iphigenia in
Tauris (1974) que, junto a Orfeo y Eurídice
(1975) y Barbazul (1977), es uno de sus pocos
trabajos esencialmente narrativos, inspirado en la célebre
tragedia griega. El gobierno de Wuppertal ha sostenido que
seguirá subvencionando a la agrupación para mantener vivo su
legado, ese extenso y apasionante catálogo de más de 35
piezas que creó incansablemente durante los últimos 25 años.
Pero lo cierto es que el ciclo se ha cerrado. Metódica y
obsesiva, como era, ya no tendrá un estreno anual en
Wuppertal ni tampoco se crearán las expectativas que siempre
se generaban cuando esa obra nueva, indefectiblemente, era
presentada antes que en cualquier otra parte, en el Théâtre
de la Ville de París, casa a la que permaneció siempre
vinculada y donde fue idolatrada por el exigente público
francés. Ya no la veremos más, trémula y obstinada,
golpeándose contra un muro, en esa cima de la danza-teatro
que es Café Muller, la única de sus piezas en la que
todavía bailaba. Pero queda la esperanza de que sus obras se
sigan representando. Que las nuevas generaciones puedan
estremecerse en la butaca, reprimiendo el llanto, cuando
finalmente, tras encarnizada persecución, los hombres
coloquen el fatídico vestido rojo a La Elegida para el
sacrificio, en La consagración de la primavera. Que
puedan volver a navegar en las aguas de Vollmond. Que
puedan ver cómo era su idealizado Hong Kong, en El
limpiador de cristales (1997), cómo interpretó la luz y
calidez de Lisboa, en Masurca Fogo (1998), o cómo los
bailarines pisotean la insólita alfombra de claveles que
cubre el escenario de Nelken (1982). Que se vuelva a
extinguir una y otra vez hasta el infinito la luz
imperceptible de aquella colilla, en Dos cigarrillos en
la oscuridad (1985).
Más
información en ‘Clásicos del siglo XX’
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SEÑORAS Y SEÑORES ...
En una especie de salón de baile, una veintena
de bailarines mayores de 65 años se preparan
para un encuentro amoroso. Sobre esa excusa,
Pina Bausch despliega una de sus obras más
aclamadas, que habla de temas que fueron
preocupaciones de toda su obra: la imposibilidad
del amor eterno, las dificultades de la pareja,
el aburrimiento, el paso del tiempo, la
proximidad de la muerte y la urgencia por la
felicidad, en un tono a veces jocoso pero en el
fondo siempre triste y desolador. Kontakthof
habla básicamente de la desilusión en tres horas
de delirio escénico, con unos ancianos insólitos
que, sin temor al ridículo, quieren recuperar y
volver a la espontaneidad de la inocencia
perdida hace tanto tiempo (una bailarina pide
monedas al público para poner en marcha un
caballito mecánico, en el que se monta feliz).
Pero al mismo tiempo, Kontakthof es por
igual un acto de amor y uno de rebeldía. De amor
porque dar la oportunidad a bailarines que
profesionalmente ya están obsoletos, es una
ofrenda solamente comparable a la del coreógrafo
checo anclado en Holanda Jiri Kylián que, en su
momento creó el Nederlands Dance Theater III
para bailarines mayores que eran rechazados en
todas las compañías. Y de rebeldía, porque con
ella venía a consolidar su idea de que la danza
es para todos, sin excepción.
No fue siempre para mayores Kontakthof.
La estrenó con su compañía en 1978 pero la
retomó, con estos bailarines ancianos, en 2000,
otorgándole un nuevo soplo de vida y otras
nuevas lecturas. Desde entonces ha estado
girando y el año pasado, en el Fest mit Pina, un
festival internacional que dirigía y estrenaba
piezas de manera simultánea en tres ciudades
alemanas, hizo también una versión, menos
exitosa, con bailarines adolescentes menores de
14 años. Y es que Kontakthof encaja
perfecto en los mayores. Su aire retro, con
canciones alemanas de los años 30, y los
bailarines elegantemente ataviados con trajes de
los años 50, otorga un aire añejo de nostalgia
más en consonancia con estos coquetos señores
mayores que, aún después de la muerte de la
coreógrafa, siguen girando por el mundo. El
Festival de Otoño, de Madrid, será inaugurado en
noviembre con esta legendaria pieza que, esta
vez, trae consigo la carga emocional de la
reciente desaparición de la coreógrafa, y será,
en toda regla, el homenaje que le rinda la
ciudad a esta creadora que, en 1991, convirtió a
Madrid en una coreografía, su pieza Tanzabend
II.
‘Kontakthof’. Pina Bausch.
Del 4 al 8 de noviembre, en Los Teatros del
Canal, como parte del Festival de Otoño de
Madrid.
www.madrid.org/fo
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