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Publicado
en Susy Q 22
- septiembre/octubre 2009
Merce
Cunningham (1919-2009)
Danza
huérfana
Texto:
Carlos A. Gómez Foto: Hervé Gloaguen / Rapho / Eyedea

Madrid fue
la primera ciudad europea que la vio. El Festival Madrid en
Danza trajo en primicia, hace apenas cuatro meses, Nearly
Ninety, que se anunciaba como una celebración de vida,
la fiesta del cumpleaños número noventa del fundamental
coreógrafo estadounidense Merce Cunningham. No sabían
entonces los espectadores que atiborraron durante cuatro
noches el novísimo Teatro del Canal, que estaban siendo
testigos de la obra póstuma del hombre clave en el salto que
dio la danza del siglo XX desde la modernidad hacia la
posmodernidad. La madrugada del 26 de julio pasado,
Cunningham murió y la comunidad de la danza planetaria le
lloró. Y es que cualquier representación de danza
contemporánea que se haga hoy en algún escenario del mundo,
tiene una deuda –enorme, grande, pequeña o mínima-, con este
simpático señor que vivió para reivindicar la danza como un
hecho único y esencial, que no dependía en absoluto de
ninguna otra cosa que no fuera la danza misma. Para él, la
danza no debía estar supeditada a una historia, no existía
para estar tiranizada a los compases de una música ni
colocada al servicio de luces y efectos escénicos. La danza
es la danza, y ella se basta. Coincidía, eso sí, en tiempo y
espacio, con una composición musical, usualmente de su
pareja de vida y trabajo, el ya fallecido John Cage.
Convivía con escenografías fantásticas creadas por artistas
de tanto prestigio como Robert Rauschenberg o Jasper Johns,
o dispositivos ideados por Andy Wahrol, pero cada disciplina
conservaba su autonomía en el mismo escenario. Esta idea fue
toda una revolución y una reivindicación absoluta de la
autoderminación de la danza, preocupada ahora por el
espacio, que fue una de las más acentuadas obsesiones del
creador. Inventor de los happenings, aliado del azar,
padrino de la improvisación y abanderado de la abstracción
pura, Cunningham también ideó una técnica que hoy es base
fundamental de la danza contemporánea y dejó un catálogo
importante de coreografías, algunas de ellas obras maestras
del siglo XX como la lejana Rainforest, en la que
experimentó con el azar o la más cercana Biped, en la
que jugó con la idea del bailarín virtual. Intuyendo el fin
de sus días dejó un testamento que permite a la compañía
cumplir sus compromisos durante dos años y entonces cerrar
definitivamente. Las funciones pautadas en Barcelona para el
mes de noviembre, puede que sean entonces las últimas que
veremos en España de una agrupación que ya era legendaria
entes de la muerte de su impulsor y creador. Su obra, sin
embargo, permanecerá viva y activa a través de la fundación
Cunningham
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