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Publicado
en Susy Q 23
- noviembre/diciembre 2009
Seis
confesiones de María Rovira
La niña que espiaba
Con el
inicio del siglo la compañía catalana Trànsit desapareció.
Su directora, María Rovira, mujer de danza, hizo pausa. Y
ahora, como el fénix, renace de sus cenizas. No ha sido
fácil, según confiesa, pero su nueva obra ‘El salto de
Nijinsky’ ha sido un notable éxito. Argentina les ha
aclamado y ahora se marcha de gira por África.
Texto:
Omar Khan Fotos: Xavier Sanfulgencio

I.
PARÍS
“Soy de una
generación que se marchó de Barcelona. Hice clásico pero me
interesaba el contemporáneo, así que cuando comenzaron a
darlo en el Institut del Teatre fui a hacer la audición pero
no quedé. Empezó mal lo de la danza contemporánea aquí. No
me cogieron, querían gente virgen y no alguien que como yo
viniera contaminado con el clásico o que tuviera una
personalidad hecha. Entonces tuve aquella conversación que
definió mi destino. La maestra Alicia Pérez Cabrero me dijo
‘vete a Francia’. Y me fui, con 16 años, al Centro
Internacional de Danza (CID), de París, que ya no existe
pero allí se formó gente que luego bailó con Phillippe
Decouflé o en Rosas. Ofrecía cuatro años de formación
completa. En aquel momento en París estaba entrando la
escuela americana y venían a dar clases Merce Cunningham,
Viola Farber, Martha Graham. Las tomé todas. Fue un
enriquecimiento brutal. Muy bueno. Pero yo no quería ser
bailarina, quería coreografiar y tenía curiosidad por todo.
Hice talleres de teatro con Lindsay Kemp, de mimo con Marcel
Marceau, de yoga, de release, iba al cine a ver
películas de los años 30 y 50, al teatro, me encantaba esa
vida. También trabajé de figurante en la Ópera de París, y
me escapaba de vez en cuando a ver las clases de Nureyev.
Fue una época fascinante, se estaba creando todo y yo estaba
allí, en contacto con estrellas, era una niña que espiaba.
Además, trabajé vendiendo entradas en el Festival de Avignon,
lo que me permitía ver todo el festival. Allí vi por primera
vez a Pina Bausch”.
II.
CUNNINGHAM
“Entonces
me becaron para ir a estudiar en el estudio de Merce
Cunningham en Nueva York. Fue en el año 84 y pasé allí ocho
meses. Él ya no daba clases pero vivía en el mismo edificio
y lo veía cruzar hasta su casa cada día. En el año 94
presenté No man’s Land, mi primera obra en el
American Dance Festival (ADF), y su compañía bailaba al día
siguiente, así que estaban allí y vinieron todos a verme. Me
felicitó y conversé con él. Años más tarde, estaba yo
coreografiando para el Ballet Hispánico, de Nueva York, y él
estrenaba en el mismo teatro su pieza Ocean y me dejó
estar a su lado durante el ensayo y me explicó cómo
trabajaba. A veces pienso en el privilegio que he tenido de
relacionarme con maestros muy distintos, que te hacen ser
abierta. No soy Cunningham para nada. Soy limonera,
de José Limón, y Graham me mata. Se usar y respetar las
técnicas sea release o fly low. Fui curiosa,
no le hice ascos a nada. Tomé también clases de jazz, de
Alvin Ailey… quizá por eso no fui nunca una gran bailarina”.
III.
MANOS
“En una
coreografía como El salto de Nijinsky están todos mis
maestros. Los saltos pueden ser muy de Cunningham, un
homenaje a su variación de pie… y es que todo influye en la
vida, cosas que vas recogiendo y salen en el momento más
inesperado. Soy una amante del trabajo de las manos, por
ejemplo. Me aprendí el lenguaje de los sordomudos, me gustan
las manos en el flamenco, en la danza de la India. El día
que me presentaron a Martha Graham me dijo: ‘Tienes talento
en las manos’ y eso me gustó porque era algo que había
cultivado. Años más tarde, trabajando en el Ballet Nacional
de Cuba, Alicia Alonso me dijo: ‘Un bailarín por más que
salte si no tiene bonitas manos, no será bailarín’. Las
manos son muy importantes a la hora de transmitir”.
IV.
MACONDO
“Necesito
bailarines más que físicos, espirituales, con experiencia,
no ya de baile como de vida, que crean en lo que hacen, como
los de América Latina, allá es vocación. Vocación de verdad.
Me he recorrido casi todo el continente, el padre de mi hijo
es venezolano, y creo en ellos porque me recuerdan a mi acto
de fe en Mataró, porque creen en los milagros. Es que
Macondo existe y yo he aprendido que de la nada sale todo.
En 1994 estrené en Cuba Extravío, con música de
Manuel de Falla. Era la primera vez que trabajaban con un
coreógrafo invitado y todo era muy precario. Ensayas con
cassettes, se va la luz y encima no llegaron una tela y
unos pantalones negros que necesitábamos. Me fui al hotel,
donde se estaba alojando una compañía holandesa y empecé a
pedir a los bailarines que me dejaran la ropa negra que
hubiesen traído, y así armamos el vestuario y estrenamos.
Nos reímos mucho pero eso es América Latina, así se
trabaja”.
V.
TRÀNSIT
“Después de
años trabajando con Trànsit, mi compañía, hubo un parón.
Tuve mi hijo en 2001 y me retiré. Era una época difícil para
la compañía y creo que lo que más quería era disfrutar de mi
hijo. Era duro ser madre y cargar con todos los problemas
que significa tener una compañía aquí pero apenas me sentí
fuerte, me dije ‘vuelvo’ y volví con ganas pero me ha
costado mucho. He pagado caro poder disfrutar de mi hijo. En
este lapso sin la compañía me llamaron de la Bauhaus y
estuve bien, viviendo allí en Alemania, en esos edificios
históricos. Luego pensé en regresar a Nueva York pero se
murió mi padre y la opción personal fue quedarme. Sabía lo
que me jugaba. Además, tuve una afección cardiaca que me dio
un buen susto y me hizo pensar que se me daba una nueva
oportunidad. Cuando estás en la ola, estás, pero si te bajas
es difícil remontarla”.
VI.
TRILOGÍA
“En este
nuevo período de Trànsit he hecho tres obras. Todas
diferentes porque tengo empeño en demostrar que esas
clasificaciones de lo que es bailado y lo que no es bailado,
esta polémica en torno a la danza, no tiene sentido. Al
final lo que queda es lo que está bien hecho, y no importa
si es hip hop o es flamenco. Las tres piezas son bien
diferentes expresamente. El salto de Nijinsky es 100%
baile. Desir es más libre, tocamos en directo, es un
poco circo, y Las mujeres de Shakespeare, que
estrenamos en el Festival Grec este verano, son cuatro solos
con personajes de sus obras, con texto y una mirada actual
como si fueran Los ángeles de Charlie: son guapas y
estupendas. Además es muy divertido porque me obligo a hacer
cosas totalmente diferentes y me lo puedo permitir porque
tengo gente que bien coge un trapecio o baila como Nijinsky.
Y creo que para todo hay público. No es verdad que no hay
público para la danza pero se debería hacer limpieza. Hay
artistas que han echado al público de los teatros con sus
experimentos. Todo tiene su lugar y no puedes pretender ser
experimental y querer que te den 200 mil euros para
presentarte en el Teatre Nacional de Catalunya con
experimentos. Tampoco entiendo por qué se le teme a la
palabra clásico. El Teatre El Liceu debería tener una
compañía estable de ballet, se debe fomentar la
consolidación de una industria cultural. En Francia, es la
tercera industria del país”.
Trànsit
emprende una gira por África este noviembre con El salto de
Nijinsky e inaugura su nueva sede en Mataró.
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