|
|
Publicado
en Susy Q 25
- marzo/abril de 2010
Lucinda Childs
LO MÁXIMO ES MÍNIMO
En alianza con el Ballet de l’Opèra National Du Rhin, en
Francia, la gran dama norteamericana del Minimalismo llegará
a París esta temporada para presentar dos obras
cronológicamente opuestas, su clásico ‘Dance’ y la novísima
‘Songs of Before’, con las que aspira demostrar que su
máxima minimalista todavía sigue vigente
Texto: Omar Khan
Foto: Michael O'Neill

En medio de la ebullición y locura de la posmodernidad que
se vivía en los sesenta dentro de la Judsdon Church, iglesia
neoyorquina célebre por albergar el movimiento más radical
de la danza del siglo XX, pululaba Lucinda Childs (Nueva
York, 1940), una delgada bailarina, notable en la técnica
Cunningham, con ideas concretas sobre la danza, que no
necesariamente comulgaban con la de los alocados chicos de
la Judson que en aquel templo rendían culto a la
improvisación. No es Childs representativa de esa
posmodernidad pero aquel lugar fue tan espontáneo y
permisivo, que le permitió coronarse como la gran dama del
Minimalismo, una tendencia a la que su nombre es
indisociable y que será el centro de la velada del elocuente
programa homenaje que se presentará esta temporada en el
prestigioso
Théâtre
de la Ville de París, en los cuerpos del Ballet de l’Opèra
National Du Rhin.
En los setenta, ya fuera de la Iglesia, la creadora comenzó
a expandir sus ideas minimalistas, que se habían iniciado en
sus solos de la Judson, siendo relevante su Museum Piece
(1965). Fundamental para ella resultó la colaboración con el
director escénico Bob Wilson y el compositor minimalista
Philip Glass, como coreógrafa de Einstein on the Beach
(1976), una desestabilizadora ópera de vanguardia, suerte de
espectáculo total, que se estrenó en el Metropolitan Opera
de Nueva York, en 1976, con un éxito espectacular. De este
vínculo nacería una estrecha colaboración con Glass, que
compuso la música de Dance (1979), su obra más
importante y un título emblemático del Minimalismo, en el
que también colaboró el artista plástico Sol Lewitt, que
rodó la coreografía en una película que se superpone al
escenario en una pantalla traslúcida, dotando a cada
bailarín real de un doble virtual, en un ejercicio obstinado
que mantiene a los danzantes cruzando repetitiva, machacona
e incansablemente calles imaginarias del escenario.
Aunque todavía vive en las afueras de Boston, donde sigue
activo su estudio, que fue sede de su compañía hoy
desaparecida, Lucinda Childs comenzó a frecuentar Europa a
finales de los ochenta, invitada por casas como el
londinense Ballet Rambert, a los que montó su notable
Four Elements (1990), el Ballet de la Ópera de París, el
Ballet de la Ópera de Lyon o el Festival Montpellier Danse,
que se rindió a ella en el año 2000. Fue por esta época
cuando su trabajo comenzó a interesarse por las
posibilidades que le ofrecían los bailarines de formación
clásica, capaces de doblegarse a sus complejos, exigentes,
precisos y matemáticos patrones, que calzan estupendamente
en la disciplina rigurosa de los clásicos, aún cuando sus
propuestas nunca han renunciado a su compromiso con la
abstracción pura, la geometría espacial, la perfección
técnica, la repetición y ese acento visual que, a veces,
como en el caso de la novísima Songs of Before,
estrenada el año pasado con el Ballet de l’Opèra National Du
Rhin, parecen evocar al Op Art y al Cinetismo.
Con el Ballet Du Rhin ha mantenido Childs una fructífera y
cercana relación. En el extenso repertorio de este inusual
Centro Coreográfico francés brillan con nitidez varios
trabajos claves como su clásico Dance, Chamber Symphony,
Le mandarin maraveilleux o la reciente Songs of
Before. París rendirá esta temporada homenaje a la Dama
Minimalista, en los cuerpos de esta compañía, que irrumpirá
en el codiciado
Théâtre
de la Ville con un doble programa que se ubica
cronológicamente en las antípodas de su creación pero que
ratifica lo fiel que se ha mantenido siempre a sus ideas y a
su estética. Dance, todo un clásico, y la reciente
Songs of Before serán las obras que darán constancia de
su vigencia.
¿Cómo
recuerda sus tiempos en la Judson Church?
Ufffff… hace ya 40 años de Judson y lo encuentro tan lejos.
Fue un buen tiempo, sin duda. Totalmente inusual. Éramos
gente de la danza pero se acercaban por allí poetas,
pintores, músicos, gente toda fantástica y abierta.
Trabajábamos en una iglesia, así que nunca podíamos hacer ni
planificar nada para los domingos porque había misa. Era tan
contradictorio, tan fascinante. Allí surgió la posmodernidad
de Cunningham, el minimalismo y otras corrientes que tenían
en común algo que no era usual en la danza, que por primera
vez vibraba con su propio tiempo, se conectaba directamente
con la pintura, la literatura y la música del momento. Fue
fantástico y loco. Sobre todo muy loco.
Pero
tanta libertad parece en contradicción con el minimalismo
que es muy racional...
Es verdad que en Judson lo importante y lo que se
investigaba era la libertad que supone la improvisación pero
a mi lo que me interesaba era la estructura. Sin embargo,
era un sitio tan abierto que había lugar para todas las
ideas.
¿Qué tipo
de bailarines necesita entonces para su trabajo?
Necesito bailarines físicamente bien entrenados pero tienen
que entender lo que propongo y al principio es difícil. No
trabajo con ordenadores ni con cosas sofisticadas. Es muy
racional, muy matemático, pero al final, en lo que indago
siempre es en la relación de la danza con la música. Por eso
necesito bailarines con mucha experiencia en otras técnicas
pero que sean fuertes en el clásico. Es lo que me gusta de
compañías como el Ballet de l’Opèra National Du Rhin.
Trabajan con coreógrafos muy distintos todo el tiempo y eso
les ofrece experiencias pero tienen un entrenamiento
académico riguroso y esa es una base muy importante.
¿Qué es
lo que le atrae del Minimalismo?
Me gusta esa idea de la economía. Saber exactamente qué
estás haciendo con el material, centrarte meticulosamente en
todas las posibilidades de un paso y no en muchos. Tiene el
mismo efecto que la música minimalista. Philip Glass parece
que es lo mismo todo el tiempo pero es poético e impactante
porque va introduciendo pequeñas variables.
¿Cómo
recuerda los orígenes de Dance?
Fue un proceso muy largo, muy interesante. Sol estuvo muy
involucrado, me gustaba esa idea de que el decorado fueran
los mismos bailarines. Originalmente se bailaba sobre una
proyección cinematográfica y hubo que transferirlo todo a
digital, y allí está, como en el estreno.
Es usted
una de las bailarinas de la película ¿Echa de menos bailar?
No me da nostalgia porque yo todavía bailo, practico cada
día. No subo a los escenarios pero tengo que mostrar pasos a
los bailarines, y me gusta poder hacerlo con ellos, quizá
porque me gusta enseñar, pero no técnica sino composición
¿Considera Einstein on the beach fundamental en su
obra?
Einstein
on the beach
significó un gran cambio para mí. Yo bailaba en iglesias, en
la calle, en los techos pero nunca había estado en un teatro
y de repente, me encuentro estrenando en el Metropolitan
Opera House. Me involucré realmente en la producción. Bob
Wilson es un director fantástico y esa obra fue mi primer
contacto con Philip Glass, un compositor que iba a ser muy
importante en mi trabajo y mi carrera. Dance sería
imposible sin su música. Y Einstein partía de esa
idea multidisciplinar, que es herencia de Judson, donde
convivían artistas diversos en un mismo proyecto.
Quizá por
eso también dirige ópera…
Aunque la ópera es muy diferente a la danza, tengo el
entrenamiento que me da capacidad para moverme en diferentes
ámbitos escénicos y disfrutarlo. Te plantea nuevos retos
como buscar que los cantantes, la música y el movimiento
conecten pero hay que ser cuidadosa. Es muy grande la ópera,
es un engranaje y la producción es muy compleja, mucho más
exigente
¿Es un
buen momento para la danza en Estados Unidos?
No, no es el momento de Estados Unidos. La situación no es
buena. Hay 200 para ganar un papel en una audición, todo
gira alrededor del dinero y ya no es lo mismo. Europa está
en mejor situación creativa y financiera, y eso es bueno
para la danza y bueno para el público. En América funcionan
las grandes compañías que se dedican en exclusiva al trabajo
de un único coreógrafo y eso impide el crecimiento y la
participación de generaciones jóvenes. Y es importante
conectar con los jóvenes, darles espacio y oportunidad.
Ballet de l’Opèra National Du Rhin. Dance y Songs of Before,
de Lucinda Childs.
Théâtre
de la Ville (París). Del 14 al 17 de abril.
www.theatredelaville-paris.com
|

Rareza en Alsacia
El Ballet de l’Opèra National Du Rhin es una
casa atípica, una auténtica rareza. Es el único
de los célebres centros coreográficos franceses
que tiene residencia en una casa de Ópera. Su
sede está en Mulhouse, pero depende y atiende a
otras dos ciudades de la Alsacia: Strasbourg y
Colmar. Fue creado en 1972, bajo la dirección de
Jean Babilée, y en 1985 fue elevado a calidad de
Centro Coreográfico. Desde 1997,
Bertrand d'At, un
brillante alumno de la Escuela Mudra y bailarín
y discípulo de Maurice Béjart, ha venido
haciendo los malabarismos necesarios para
equilibrar esta compañía de 33 bailarines que
tiene que atender y complacer todos los flancos
que su extraña naturaleza le obliga mantener
abiertos. Por un lado, como Centro Coreográfico,
debe abrirse a la nueva creación, lo que permite
la entrada de jóvenes coreógrafos como el
noruego Jo Strømgren,
Jacopo Godani o el mismo d’At, que ha hecho sus
aportaciones. Por otro, intenta incluir en su
repertorio una muestra del vasto catálogo del
siglo XX, abrazando por igual a Balanchine, Jiri
Kylián, William Forsythe o Lucinda Childs, y al
unísono, no dejar en mera referencia su rango de
ballet de una casa de ópera tradicional, que
deja lugar a cisnes, giselles y otras
criaturas clásicas que obligan a puntas y tutú.
Luce fascinante pero no es fácil. “Hay que
mantener el balance en un país como Francia que
lleva 20 años intentando sistemáticamente
destruir la tradición del ballet clásico”,
suspira d’At. “Lo bueno de esto es que para una
producción nueva dispones de cosas inimaginables
en un centro coreográfico pero normales en una
casa de ópera, como un departamento de vestuario
pero la práctica es muy complicada”, admite. El
hecho de servir a tres ciudades tampoco es
especialmente sencillo. “Colmar es muy
conservadora y nos llegan cartas de los
espectadores quejándose porque un año no hay
Cascanueces”. Pero a pesar de estas
dificultades, la región de Alsacia, que por
añadidura es prácticamente territorio
franco-suizo-alemán, puede presumir de tener una
compañía de danza única en la región, que con un
altísimo nivel de calidad puede ofrecerle
repertorios que van desde el lejano barroco
hasta el incierto mañana. Y eso, qué duda cabe,
es lujo y privilegio.
www.operanationaldurhin.eu
|
<<Artículos 2010
|
|