Publicado en Susy Q 28 -  septiembre/octubre de 2010

 

Hace cien años murió Marius Petipa

Fastuoso

 

Aunque creó más de cien títulos unos pocos han sobrevivido, pero no por escasos son menos relevantes. Hace 100 años desapareció el prolífico autor francés de la fastuosidad del ballet imperial ruso, y tras de sí dejó un legado impagable que incluye El lago de los cisnes, La bella durmiente y Cascanueces, auténticas cimas del ballet académico

 

Texto: Carlos Paolillo

 

                                                               

  

 

La impronta marcada por Marius Petipa (Marsella 1822 – Crimea 1910) dentro del ballet imperial ruso resultó determinante en el desarrollo histórico de la danza artística. El bailarín marsellés fallecido hace 100 años, formado dentro de la tradición de la escuela francesa de ballet e inspirado por el espíritu del Romanticismo, del cual participó como intérprete y creador, se dejó seducir por las posibilidades de la danza clásica en Rusia, que se vislumbraba como genuina y a la cual aportó sistemáticamente hasta convertirla en un estilo paradigmático durante la segunda mitad del siglo XIX. Descendiente de una familia esencialmente de bailarines - Jean Antoine, su padre y su primer maestro, Victorine, su madre, destacada en los roles de carácter; y Lucien, su hermano, diligente acompañante de la diva Carlota Grisi durante la gloria romántica parisina-, Petipa estaba llamado a transformar la visión lírica y emocional que el ballet había promovido, por una concepción brillante y fastuosa.

Discípulo de Augusto Vestris, “dios de la danza”, de quien heredó su gustó por el gesto virtuoso, que logró depurar y personalizar, Petipa determinó los alcances del ejercicio técnico en la danza y, finalmente, caracterizó los postulados formales de la escuela rusa de ballet. Había debutado como bailarín profesional en Bruselas en 1831 con la obra Dansomanie de Pierre Gardel y se dispuso a realizar una carrera de primera figura en Burdeos, interpretando de la mano de Vestris Giselle, La fille mal gardée y La péri, así como en Nantes y París. Al lado de su padre giró artísticamente por Estados Unidos y con frecuencia se unió en la escena con Fanny Elssler, férrea antagonista de Marie Taglioni en los momentos del esplendor inicial del ballet romántico.

Petipa, junto al profundo dominio de una codificación estética del cuerpo, parsimoniosa debido a su origen cortesano y al mismo tiempo vibrante en su aspiración de perfección técnica, coloca un interés especial en la recreación de lo popular europeo y su inclusión definitiva dentro de su vocabulario. Una especial atracción por la música y la danza españolas siempre lo acompañó, hecho llamativo y claramente explicable como consecuencia de su estrecho contacto con la cultura hispana durante sus años de bailarín del Teatro del Circo de Madrid, donde también se acercó incipientemente a la coreografía.

 

Reinado de sesenta años

La larga presencia de Petipa en el Teatro Imperial Mariinsky de San Petersburgo determinó el advenimiento del llamado estilo clásico o académico de ballet, que en su momento supuso procesos tanto de apego a la tradición romántica precedente como de ruptura a ella. Hoy la historia reconoce en el celebrado y también cuestionado creador, una prodigiosa imaginación coreográfica, traducida en la escogencia de temas pertenecientes a mitos y relatos fantásticos abordados desde una perspectiva estética exótica y formalista, así como su singular y multitudinario tratamiento del espacio escénico.

La obra de Petipa es vasta en número - más de cien títulos sólo en San Petersburgo entre ballets y bailables de ópera - e irregular en cuanto a su trascendencia, ya que muchas de sus piezas han quedado olvidadas en el tiempo. Otras, por el contrario, han logrado pervivir hasta la época actual, siendo algunas, inclusive, objeto de recreación desde una visión contemporánea. Sus ballets resultaron aclamados y proyectados como obras representativas de un tiempo estelar en el desarrollo de la danza artística universal. La hija del faraón, inspirada en un texto de Théofile Gautier, marcó la revelación de Petipa como coreógrafo y supuso su promoción como primer maestro de ballet imperial.

A partir de allí se experimentó una de las gestas creativas más significativas de la danza escénica. Desde Don Quijote, fusión altamente popularizada de los preceptos del ballet de acción con los del romanticismo y La bayadera, un mundo fantástico pleno de referencias al exotismo de Oriente, hasta la trilogía esencial conformada por La bella durmiente, El cascanueces y El lago de los cisnes, cumbre indiscutible del ballet académico, el mundo teatralmente concebido, lleno de personajes disímiles, vistoso colorido y especial sentido del divertimento perteneciente a Petipa, tomó por completo la escena de la danza artística rusa durante cerca de sesenta años, instaurando un reinado que devino en tiranía.

Controversias aparte, Marius Petipa dinamizó como pocos las estructuras del Mariinsky y exaltó brillantemente la magia del baile teatral. Sus creaciones más destacadas han sobrevivido como insoslayables iconos del ballet académico universal y todavía hoy siguen siendo pilares fundamentales del ballet y verdaderos retos para bailarinas de todo el planeta.

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SUSY Q - 28

SEP/OCT DE 2010

 

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