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Publicado
en Susy Q 29
- noviembre/diciembre de 2010
Pina Bausch
El cuerpo trascendente

Texto: Carlos Paolillo
Foto: Walter Vogel
Moverse fue para Pina
Bausch algo muy característico de su propio ser. Un acto
íntimo y espontáneo que nunca sintió necesidad de explicar
con demasiadas palabras. No fue mujer de teorías. Sólo quiso
bailar. Se asegura que hay mucho de infantil en su
danza-teatro. La explicación fue ofrecida por la propia
coreógrafa. “Hay cosas que sólo las podemos hacer cuando
somos niños: chapotear en el agua, ensuciarnos, pintarnos,
jugar. Es estupendo que se puedan hacer estas cosas, a lo
grande, en el escenario”. Su visión del cuerpo lograba
expresarla a conciencia y plenitud. Parca de palabras y
profunda en su introspección, de la que surgió siempre su
movimiento, para muchos cercano al gesto teatral más que a
la abstracción corporal que tanto pregonó la danza del siglo
XX. Antes que volúmenes de valoraciones plásticas dispuestos
fríamente en un tiempo y en un espacio escénicos, la
consideración de sus intérpretes era la de humanos
psicológicamente perfilados.
No había para ella un
ámbito más vital que una sala de ensayos ni compañía más
preciada que la de sus bailarines. Con ellos se sumergía en
procesos de creación más intuitivos que intelectuales y
exhaustivamente centrados en la praxis escénica. La
comunicación entre ellos operaba a través de la
identificación y la complicidad de emociones y ademanes, así
como de manifestaciones estéticas corpóreas. Allí se
evidenciaba la Pina Bausch obsesiva y hasta imperativa,
justa en su verbo y desbordada en imágenes, por lograr un
código formal altamente depurado y reconocible pero en
correspondencia plena con las motivaciones que fluían de su
espíritu. No renegó de la forma. Muy por el contrario, hizo
de ella un concepto trascendente que orientaría toda su
obra.
Alguien ha querido
reconocer en las acciones creativas de Bausch el
determinismo dionisíaco. Es decir, la necesidad imposible de
no satisfacer, de percibir la fuerza del torrente desde
dentro y no desde una dimensión apartada e ideal. “Nunca
digo ‘este es el escenario y aquí hay que representar la
obra’. El entorno se va creando a medida que prosperan los
procesos de ensayo. Me gusta que aparezcan en el escenario
cosas tan reales como la tierra, la hojarasca o el agua”. En
La consagración de la primavera, por ejemplo, el rito
se lleva a cabo bajo impulsos telúricos. Sobre la tierra
húmeda se galvanizan cuerpos y se procede a la ofrenda de la
volcánica naturaleza. La acción solista de La Elegida
conduce a la convulsión, el éxtasis y el desvanecimiento. El
impulso gregario que originan las acciones colectivas se
torna explosivamente individual.
La más significativa
coreógrafa occidental de la segunda mitad del siglo XX, la
mujer que nunca se sintió feminista, la que era capaz de
llevar hasta la exacerbación a un bailarín en un ensayo
fatigante y reiterativo, puso de relieve los rasgos de su
enigmática personalidad y su comprometida concepción del
cuerpo trascendente.
Siempre silenciosa, alguna
vez afirmó que no predicaba máxima alguna y que buscaba
explicaciones sólo dentro de si misma.
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