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Publicado
en Susy Q 2
- Mayo/Junio 2006
Tanztheater
Wuppertal
PINA BAUSCH:
AYER Y HOY
Texto: Omar Khan
Fotos: Jochen Viehoff (cortesía teatro de La Monnaie)
La
reposición de dos de sus obras fundamentales: La
consagración de la primavera y Café Muller se suman al
estreno de una nueva pieza y permiten acercarse a la
trayectoria y vigencia de su lenguaje, ya emblemático de la
danza del siglo XX

La
Consagración de la primavera,
pieza de tierra y sacrificio
Con La consagración de la primavera, estrenada dentro
de una velada dedicada a Stravinsky, en 1975, Pina Bausch
salió disparada a la estratosfera. Desde entonces y hasta
ahora, la coreógrafa y bailarina alemana ha trazado una
trayectoria guiada por el éxito y se ha convertido en un
pilar fundamental para entender la danza del siglo XX.
Sorprende que hoy, a sus 66 años, permanezca tan vital y
creativa como entonces. Al cierre de esta edición su nueva
pieza, gestada en un secretismo que ya es usual, aún no
tenía título y nada se sabía acerca de su temática pero las
localidades ya estaban totalmente agotadas para todas las
funciones, que tendrán lugar del 11 al 14 de mayo en la
Schauspielhaus de Wuppertal, ciudad alemana en la que tiene
residencia Tanztheater Wuppertal, su prestigiosa compañía.
Conseguir una entrada para un espectáculo de Pina Bausch es
una tarea que puede ser titánica, especialmente si baila en
ciudades como Berlín o París, donde es venerada
colectivamente. Por fortuna, su compañía viaja mucho y es de
las pocas que mantienen en activo un amplio espectro de su
repertorio. De hecho, a finales del año pasado reestrenó
juntas en un mismo programa, dos de sus obras fundamentales
del pasado: La consagración de la primavera y Café
Muller (1978), que fueron vistas en Wuppertal y más
tarde, en febrero, en el Cirque Royale, de Bruselas, que
administra el prestigioso Teatro de La Monnaie.
Ambas obras han superado la prueba de fuego que supone la
resistencia al brutal cambio de la sensibilidad de las
audiencias. No se han quedado antiguas ni ancladas a la
estética de su momento, lo que les da puntos para su
conversión en clásicos. Son dos piezas que acusan los
orígenes expresionistas de Bausch y ejemplifican los
postulados de la danza teatro, corriente fundada a
partir de su lenguaje, que ha tenido gran influencia en la
danza moderna de América Latina. Café Muller que, en
2001 se puso repentinamente de moda cuando Pedro Almodóvar
la escogió para abrir su película Hable con ella (que
cerraba con otra coreografía suya, Masurca Fogo, de
1998), fue y sigue siendo una pequeña e intimista obra
maestra. Su extraña contención, su atmósfera opresiva y
gris, con su escenario repleto de sillas vacías que invitan
a pensar en la ausencia, la muerte colectiva y el vacío de
la existencia, siguen produciendo el mismo desasosiego e
inquietud que describen las crónicas de su estreno, hace 28
años. Es de las pocas piezas en las que la misma Bausch aún
baila. Su cuerpo delgadísimo y lastimero envuelto en esa
enorme túnica parece extremadamente frágil cuando se lanza
taciturna sobre las paredes una y otra vez con obstinación,
ignorando lo que ocurre en el resto de la escena, donde unos
pocos bailarines (su interprete fetiche Dominique Mercy, aun
entre ellos) se entregan a desesperadas y desesperantes
acciones bruscas y repetitivas. Café Muller es el
ejemplo clásico del dramatismo que siempre se ha asociado a
su trabajo. Es una pieza de emociones más que de movimiento
y sigue la máxima de su creadora, que siempre ha declarado
que no le interesa tanto como se mueven sus bailarines sino
indagar en qué es lo que los mueve.
La
Elegida
La fuerza telúrica y la explosión de energía siguen intactas
en La consagración de la primavera. La coreografía,
perfectamente sincronizada, cabalga sobre el inclemente
crescendo de la partitura de Stravinsky con asombrosa
fidelidad y consigue, con su anécdota mínima, crear un
suspense casi de thriller cinematográfico que
mantiene en vilo al espectador. La tierra rojiza cubre por
completo el escenario y mezclada con el sudor de los
incansables bailarines va llenando de barro y suciedad sus
impolutos trajes remarcando así la creciente tensión
dramática y emocional que baña a esta obra prodigiosa. El
tema de la doncella virgen elegida para el sacrificio está
representado en un vestido rojo, único punto de color en una
escena de ocres y terracotas, que es el símbolo fatídico del
sacrificio. No es de extrañar que haya sido la pieza
elegida, en 1997, por el prestigioso Ballet de la Opera de
Paris para incorporar a Pina Bausch en su exquisito
repertorio.
Entre La consagración de la primavera y su nueva
pieza, hay un catálogo amplio y aplaudido, deslumbrante y
emocionante, en el que brillan con luz propia éxitos como la
teatral Kontakthof (1978), la acuática Arien
(1979), la poética Nelken (1982) o las obras que han
surgido de sus investigaciones en la vida de las ciudades:
Tanzabend II (1991, de su residencia en Madrid),
El limpiador de cristales (Hong Kong, 1997, vista
recientemente en Barcelona) o Masurca Fogo (Lisboa,
1999). Piezas todas que desvelan el talento indiscutible de
su creadora y dibujan las fases de su evolución. En este
momento de su vida, Pina Bausch ya no necesita tener un
éxito y obras que han sido vapuleadas por la critica, como
Palermo, Palermo (1989) o la mas reciente Rough
Cut (2005), aun siguen de gira y llenando teatros. Ahora
queda esperar por las reacciones a esta nueva pieza que,
independientemente de su resultado, traerá el sello de su
maestría coreográfica.
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