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Publicado
en Susy Q 34
- septiembre/octubre de 2011
Roland Petit
El coreógrafo
de la existencia
La muerte de Roland Petit abre un período de duelo para el
ballet neoclásico, que alcanzó con él cimas insospechadas de
desarrollo. Obras como El joven y la muerte o Carmen, quedan
como el testimonio de su indiscutible talento
Texto: Carlos Paolillo

Resulta imposible abordar el ballet del siglo XX obviando el
aporte trascendental, tanto de identidad como de
universalidad, de Roland Petit. El celebrado coreógrafo
francés, que murió en un hospital de Ginebra el pasado 10 de
junio a los 84 años por causas no reveladas, recibió como
influencia los procesos de transformación de la danza
escénica experimentados durante las primeras décadas del
siglo XX, que determinaron su concepción del movimiento en
sintonía con los valores sociales y culturales de la
modernidad. Petit, que había nacido en la ciudad francesa de
Villemomble en 1924, figura entre los más reconocidos
coreógrafos de la pasada centuria y su obra singularizó los
postulados del nuevo ballet que surgía bajo los principios
de la libertad y la autenticidad del gesto expresivo. Sergei
Diaghilev había trastocado los valores formales de la danza
clásica para proponer acciones escénicas deslumbrantes en
correspondencia con los nuevos tiempos, violentos y
futuristas, que se vivían y de ese ideal se alimentó Petit,
que tuvo en el prestigioso coreógrafo e investigador Sergei
Lifar un mentor en su tránsito, a principios de los años
treinta, por el Ballet de la Ópera de París, institución que
le ofreció al unísono férrea tradición y apertura
vanguardista.
El legado artístico de Roland Petit es amplio y
contrastante. Como creador transitó caminos paralelos, desde
el existencialismo como filosofía hasta el musical como
expresión escénica y el humor como atractivo recurso,
otorgándole un especial carácter al ballet neoclásico ya
establecido y convirtiéndose en antecedente de la
contemporaneidad. El joven y la muerte (1946, Bach),
dueto nihilista cuyo protagonista masculino, representado
originalmente por el propio Petit, evidenció la versatilidad
interpretativa de los más aclamados bailarines del siglo,
Baryshnikov entre ellos, y Pink Floyd Ballet (1972),
transgresor experimento que estremeció las bases del
neoclásico y permitió que nuevas y amplias audiencias se
acercaran al arte de la danza, constituyen dos extremos de
una sola y esclarecedora visión de la danza escénica, basada
en veneradas convenciones y abierta a arriesgadas
exploraciones.
Carmen
(1949, Bizet), es quizás la obra de Petit de mayor
penetración dentro del imaginario colectivo, ritual icónico
de seducción, locura y muerte, que otorgó a Renée (Zizi)
Jeanmaire, su esposa, la consagración absoluta como
bailarina. Punto de partida inevitable para todas las
reinterpretaciones que de este personaje emblema ha
realizado la danza universal. Notre Dame de París
(1965, Jarre) y La arlesiana (1974, Bizet), a su vez,
representan referencias claras de la aportación del
coreógrafo a la reconfiguración de un ballet francés de
hondo espíritu nacional. Petit fue también un hombre de
iniciativas fundacionales. La Ópera de París lo forjó y lo
determinó como bailarín, un ámbito del que pronto se separó
sin que, en realidad, dejara de formar parte nunca de él.
Optó por trazar un camino propio que fue recorriendo a
través de las distintas compañías que creó: los Ballets de
Champs-Élysées, Los Ballets de París, así como el Ballet
Nacional de Marsella, instituciones que generó y gestionó en
distintas etapas de su vida creativa y donde realizó la
mayor parte de su producción coreográfica.
De los códigos específicos de la danza clásica y de la danza
moderna, del Casino de París, Broadway y la televisión. De
todo el amplio espectro del espectáculo se nutrió Petit. Su
notable obra es claro reflejo de su existencia. El
coreógrafo tuvo una singular capacidad aglutinadora que lo
hizo relacionarse con contrastadas celebridades: Picasso,
Vasarelly y Orson Welles; Fred Astaire, Bing Crosby e Yves
Saint Laurent; Nureyev, Fonteyn, Plisetskaya o Baryshnikov.
Su obra forma parte de los repertorios de las más destacadas
agrupaciones internacionales, siendo importante en los
últimos años el Asami Maki Ballet, de Tokio, que lo ha
convertido en su especialidad, convocando usualmente como
estrella invitada a la destacada bailarina vasca anclada en
Alemania Lucía Lacarra, quizá la última gran estrella en
tener una sensibilidad tan especial como la que en su día
tuvo ZiZi Jeanmarie a la hora de abordar su repertorio.
Quizá esta reflexión hecha por el mismo Roland Petit
contenga la esencia de su pensamiento sobre la danza: “Mucha
gente sigue bailando como en el siglo XIX. Esto no es bueno,
salvo cuando son grandes artistas los que acometen los
ballets tradicionales. Lo importante es que un joven
coreógrafo haga algo personal e inteligente con la cultura
del pasado, porque esa es la base”.
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