Publicado en Susy Q 35 -  noviembre/diciembre de 2011

 

 

Génesis de una nueva danza

Lo que se mueve en Tel Aviv

 

Es joven la danza de Israel, y goza de las ventajas de la juventud. Es enérgica, dinámica, innovadora y, sobre todo, desprejuiciada. No tiene lastres del pasado. Se ha hecho a sí misma y la aparición de Ohad Naharin en su paisaje, la ha disparado hacia la consolidación.

 

 

                                                               

  

¿Existe una nueva danza israelí?

La pregunta resulta pertinente a la luz del desarrollo que ha alcanzado ese joven movimiento de danza, con un sello personal y auténtico, que ha florecido en Tel Aviv fuertemente vinculado al Suzanne Dellal Center, casa de la danza con sede en un barrio poco popular de la ciudad, que también se ha reactivado con el constante ir y venir de compañías, bailarines, coreógrafos, espectadores y artistas que llegan hasta allí atraídos por alguna de las muchas actividades que genera. Claro que la existencia de un centro en ebullición no es la garantía de una corriente o una escuela de danza. Lo puede ser si hay una característica que los unifique y los defina, y aunque quizá resulte pronto para afirmarlo de manera rotunda, la técnica Gaga, invención de Ohad Naharin para la Batsheva Dance Company, el colectivo más relevante e influyente de Israel con residencia en el Suzanne Dellal, podría ser el camino idóneo hacia esa identidad propia que define a los grandes movimientos. Ya es común escuchar que aquella compañía o éste coreógrafo tienen “la energía” de los israelíes. Y eso ya significa algo muy concreto, al menos en la comunidad internacional de la danza. Se refiere a ese torrente enérgico, indetenible e incansable, de los bailarines de Israel, a cierta disposición visceral en la puesta en escena, a la recurrencia de movimientos abruptos, como espasmos y ataques, que suelen hacer los danzantes al unísono, lo que otorga ese común halo a tribal a compañías israelíes que, objetivamente, son diferentes entre sí como la Batsheva de Naharin, la joven agrupación de Yosi Berg & Oded Graf, hoy en pleno ascenso, o los colectivos de Hofesh Schechter y Emanuel Gat, anclados en Europa.

 

No se trata exactamente de una uniformidad, como la difundida por el ballet clásico, sino de una manera similar de pensar y abordar la danza, que abraza inclusive a creadores que están en otra órbita de búsqueda. Al afianzamiento de esta nueva danza venida de Israel ha contribuido enormemente la diáspora, coreógrafos y bailarines formados en Israel que han emigrado a Europa o Estados Unidos, donde rápidamente han conseguido insertarse en la main stream de la danza contemporánea.

Los festivales internacionales, para bien o para mal según se mire, son los encargados de legitimar o no las nuevas tendencias y el hecho de que tanto los grandes encuentros de la danza mundial como los más pequeños tengan en su programación siempre colgados algunos nombres israelíes, juega mucho a su favor. El verano pasado, Montpellier Danse, uno de los encuentros más prestigiosos de la danza europea se rindió a Israel, reuniendo en pocos días lo más significativo de lo que se está produciendo tanto dentro como fuera. Batseheva, desde luego, pero también Hofesh Shechter, Emanuel Gat, el dueto Berg & Graf, Barack Marshall y un multitudinario taller Gaga dictado por Naharin mismo, fueron acontecimiento en un festival ubicado en la cúspide. Pero, en otra frecuencia, festivales pequeños, con acento en la divulgación y que brinda apoyo a nuevas voces, como son el Mes de Danza de Sevilla y el BAD de Bilbao,, también se hacen eco y este año figura como gran apuesta de sus programaciones, Arkadi Zaides, ascendente creador joven de Israel.

 

Influjo Naharin

Con antecedentes como éstos, no resulta entonces demasiado aventurado hablar con cierta propiedad de la nueva danza de Israel, un movimiento innovador que arrancó exactamente en 1964, con la fundación de la Batsheva Dance Company, entonces claramente influenciada por Martha Graham, que fue madrina del proyecto. La juventud de Israel como país le impide gozar de una larga tradición de ballet como sucede en Europa, pero quizá esta carencia haya sido la causante de la aceptación masiva de un público que llegaba entonces a Graham sin pasar primero por las nociones y estereotipos preconcebidos sobre el arte de bailar.

La trayectoria de Batsheva ha sido, en general, feliz. Y cuando estaba decayendo, en 1990, llegó a su dirección Ohad Naharin, que fue bailarín de esa compañía durante un tiempo y que reapareció como coreógrafo impregnado del espíritu liberador y emancipado de la danza norteamericana. El impacto visual y emocional de sus primeros trabajos, rebeldes y osados, su actitud políticamente incorrecta y su gusto por la extravagancia y la música estridente, atrajo a la danza a incontables jóvenes que se sentían identificados con su estática. La comunidad internacional de la danza rápidamente lo elevó y consolidó. Alrededor de Batsheva se generó entonces un movimiento, al que se sumaban bailarines y coreógrafos seducidos por sus modos y maneras. El tiempo ha dado a Naharin oportunidad de reflexionar y perfeccionar su arte. De esas necesidades nace Gaga, una técnica que va ganando un lugar dentro del mundo de la danza. Y la tendencia es ascendente.

 

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