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Publicado
en Susy Q 4
- Septiembre/Octubre 2006
Tamara Rojo
BELLEZA CLÁSICA
Texto: Raquel Vidales Fotos: Sergio Parra
Heroína entre las heroínas, Giselle es uno de esos
personajes que le vienen como un guante a Tamara Rojo. De
hecho, lo lleva en la piel desde que empezó a bailar en la
compañía de Víctor Ullate, en los inicios de su fulgurante
carrera. Convertida ya en estrella, ahora vuelve a
enfundárselo en el Liceu, de Barcelona, como figura invitada
del English National Ballet.

Desde que le concedieron el Premio Príncipe de Asturias, en
2005, Tamara Rojo, estrella del Royal Ballet de Londres
desde hace seis años, parece estar en todas partes: figura
invitada de grandes compañías, galas, giras internacionales,
portadas de revistas, telediarios, publicidad... En España,
en el último año la hemos visto convertida en
Blancanieves, poco después en inolvidable dúo con Julio
Bocca y, en verano, junto al cubano Carlos Acosta, que va
siendo su partner habitual en el Royal Ballet, con el
Romeo y Julieta, de Kenneth McMillan. Regresa ahora al
Liceu de Barcelona como estrella invitada del English
National Ballet, con Giselle, uno de sus personajes
preferidos, que le permite desplegar no sólo su concienzuda
técnica sino, especialmente, ese gran talento interpretativo
que la distingue entre las grandes.
Meteórica ha sido su carrera. Recién ayer, era una gran
promesa en la Escuela de Víctor Ullate, de Madrid. Más
tarde, brilló en su compañía y de ahí saltó al mundo. Tras
bailar como estrella invitada del Scottish Ballet y el
English National Ballet, consiguió entrar en categoría de
principal al Royal Ballet, verdadera institución del
clásico. Desde allí, ha interpretado los grandes roles del
repertorio. Títulos gordos de McMillan y Frederick Ashton,
por supuesto, pero también Petipa, Balanchine o Tudor. Ha
sido aplaudida, entre otros, como Julieta, Giselle, La Bella
Durmiente, Cenicienta, Ondine, Manon y, especialmente, la
Clara, de Cascanueces, un papel que le abrió puertas.
Su agenda es envidiable. Acaba de llegar de Japón. Después
de su Giselle, en Barcelona, con el Royal Ballet será
bella durmiente, en noviembre; Sílfide, en enero y cisne, en
febrero. Tamara es ya, sin lugar a dudas, lo que siempre
quiso ser: una estrella del ballet, reconocida más allá de
los escenarios de la danza. Tanta popularidad, sin embargo,
no parece haber mermado su flema ni mucho menos su extremado
carácter disciplinado. Consagrada por entero al trabajo,
proclama (y demuestra) la belleza de los clásicos y no se
cansa de reivindicar para España una gran compañía de amplio
repertorio.
La crítica asegura que es usted una de las mejores Giselle
de la historia. ¿Se siente especialmente identificada con
este personaje?
Giselle
es una joya coreográfica única, de una época donde el ballet
era considerado, también, un arte poético. La historia del
cuento, para la mentalidad actual, no es convincente. Otra
cosa es la evolución del personaje, su inocencia en la
creencia del amor puro y su grandeza de espíritu perdonando
a su desleal amado, que resulta no sólo verosímil, sino,
incluso, ejemplar. Una verdadera heroína.
¿Ha
cambiado mucho su interpretación desde su primera Giselle?
En
muchos aspectos. La primera versión que bailé fue montada
por José Parés, cercana, como sabemos, a la adaptación
cubana de Alicia Alonso que, algo más tarde, bailé con el
Ballet Nacional de Cuba. En Gran Bretaña los matices
interpretativos, más austeros, inciden en el carácter
romántico que envuelve al conjunto del cuento. Comprendí
entonces que la interpretación de Giselle requería una
transfiguración diferente del personaje en la última escena
del primer acto, para que pudiera trascender al espectador
toda la intensidad del ballet blanco del segundo acto.
También he ido cambiando ciertos aspectos de la pantomima.
Hoy, excepto en las escenas casi dialogadas del primer acto,
trato de realizarla más diluida en la danza.
¿En estos cambios ha influido más su evolución personal o
las diferentes versiones y compañías?
Ambos
aspectos me han influido. De hecho, he bailado varias
versiones: las mencionadas de Parés y Alicia Alonso, y la
del Royal. Aunque todas provienen del original de Coralli y
Perrot, cada una tiene su particularidad, su estilo y su
fundamento. La evolución es la consecuencia de la diversidad
de experiencias y de la profundización en la comprensión del
personaje y la coreografía.
¿No se le agotan estos personajes que baila constantemente?
Probablemente si bailara lo mismo cada noche durante mucho
tiempo el personaje terminaría pesando lo suyo.
Afortunadamente, la programación del Royal evita alargar el
mismo programa. Incluso las obras que más público atraen,
como El Lago, Cascanueces, La Bella, Manon, Mayerling...
no sobrepasan el mes en cartel y siempre están combinadas no
sólo con algunos días de ópera sino con otros ballets.
Incluso en giras solemos llevar varias coreografías. Esta
variedad trata de evitar el cansancio del espectador, aunque
supone un gran esfuerzo de la compañía respecto a ensayos,
vestuario etc. No nos aburrimos.
¿Qué significa para usted bailar en un recinto tan mítico en
España como el Liceu?
Es una
gran satisfacción, sobre todo porque es un soñado retorno,
ya que bailé en el viejo Liceu cuando estaba comenzando mi
carrera. Espero que el público barcelonés disfrute de la
Giselle del English, que es muy equilibrada
coreográficamente.
¿Encuentra diferencias en el público español respecto al de
otros países?
Creo
que las diferencias respecto a la forma de percibir la danza
tienen más que ver con el acervo de danza del público que
con su temperamento. En España, el público de ballet es
amable y respetuoso, incluso algo apocado pues, al carecer
de temporadas habituales, le faltan las referencias del
repertorio. Por ello, a pesar de la espontaneidad de su
carácter, suele reservar sus manifestaciones hasta el final
de la función.
Hace unos
meses bailó en Madrid Romeo y Julieta, otro título
que ha marcado su carrera. ¿Se encuentra particularmente
cómoda en los papeles románticos?
Me
gusta bailar interpretando. Papeles como Giselle, Julieta,
Manon o María Vetsera exigen algo más y, por lo tanto, dan
más. Eso no quiere decir que no me guste bailar papeles como
Kitri, de Don Quijote, o coreografías abstractas o de
mero lucimiento.
Se dice que es usted todo sentimiento cuando baila. ¿Se
baila mejor con el corazón que con la cabeza?
Se
necesitan ambos. Sin cabeza no se puede lograr lo que el
corazón pretende.
¿Cómo consigue que todas las miradas del público se vuelquen
en usted?
Si es
así, yo no puedo explicarlo. Sólo puedo decirle que trato de
disfrutar bailando y contagiar esa sensación al espectador.
¿Una primera bailarina nace o se hace?
Se
hace, con ciertas condiciones físicas que cumple un buen
porcentaje de la gente cuando nace.
Habrá tenido que competir mucho para llegar adonde está.
La
danza clásica, según se practica desde hace mucho tiempo, es
muy competitiva. Desde los concursos, que en algunos lugares
están, otra vez, proliferando, hasta en el reparto de roles
en las compañías. Ocurre a todos los niveles, desde el
cuerpo de baile hasta los principales, pero sobre todo entre
principales y solistas, ya que en una compañía grande puede
haber más de 25 que alternan sus actuaciones en el mismo
rol. Luego, las comparaciones, odiosas o no, están en el
ambiente. Seguramente, a todos nos gustaría que las cosas
fueran más fáciles pero con la experiencia te vas dando
cuenta de que los regalos, en ballet, suelen ser efímeros. A
pesar de esta competitividad, las relaciones entre
compañeros no me parecen peor que en otros lugares, por lo
que me comentan algunas amigas que trabajan en oficinas,
escuelas y comercios. Yo tengo excelentes relaciones y
amistad con muchas compañeras bailarinas.
Baryshnikov, que recientemente ha estado bailando en España
con su compañía, dice que se pasó a la danza contemporánea
un poco por exigencias físicas pero también porque asegura
sentirse más libre que en la danza clásica. ¿El
contemporáneo da más libertad a los bailarines?
Hablar
de danza contemporánea sin especificar el estilo es confuso.
Hoy se están haciendo nuevas obras donde se emplea la
técnica y el estilo que reconocemos como clásico, que
merecen el calificativo de innovadoras y contemporáneas con
tanto derecho o más que las realizadas con los estilos
Graham, Limón, Cunningham y demás nuevas tendencias.
Afortunadamente, he bailado casi todo el repertorio clásico
y no poco del “contemporáneo”. Desde esa experiencia, no
considero que el mal llamado “corsé académico” encorsete la
expresividad del bailarín, sino todo lo contrario. El
lenguaje más rico y elaborado de la danza es el clásico y,
también en la danza, la riqueza del lenguaje es la que da la
capacidad de expresión. Es evidente que el políglota puede
echar mano de más expresiones que el que habla un solo
idioma. Son las exigencias técnicas de cada estilo las que
imponen condiciones físicas que, evidentemente, no pueden
mantenerse durante toda la vida.
¿No le da miedo el paso del tiempo?
No me
obsesiona, hay que verlo llegar cada día.
¿Cómo se ve dentro de 20 años?
La
verdad es que no me lo planteo mucho, me imagino mejor de
viejecita, no me digas por qué. Espero seguir involucrada en
la danza, puesto que es lo que me gusta.
Ha dado
algunas clases a jóvenes bailarines. ¿Le gusta la enseñanza?
Sí, me
gusta mucho enseñar y tengo muchas ideas de cómo hacerlo. La
clase es uno de mis lugares favoritos, tanto aprendiendo
como enseñando.
¿Le tienta la coreografía?
En este
momento, menos que la enseñanza. La considero una disciplina
difícil que requiere unos dones artísticos extraordinarios.
¿Le gustaría tener su propia compañía o un centro de danza?
Tener
una compañía propia no entra dentro de mis prioridades
actuales. Tampoco me entusiasma la idea de montar una
academia particular. Me parece más interesante colaborar en
la creación de fórmulas innovadoras de enseñanza.
En varias ocasiones, al igual que otros bailarines españoles
que triunfan internacionalmente, usted ha reclamado la
creación de una compañía pública de danza clásica en España.
¿Cree que realmente es posible?
Siempre
me he manifestado a favor de que en España haya compañías
con amplio repertorio, que ofrezcan al público tanto el
repertorio clásico como la difusión de nuevas obras
coreográficas de diferentes estilos. Sigo sin comprender,
porque nadie es capaz de explicármelo, los motivos
artísticos, culturales o económicos que impiden que en
España no se pueda hacer lo que se hace, de una manera u
otra, en todos los demás países europeos y la mayoría de los
países desarrollados del mundo.
Si se
creara, ¿le gustaría que la llamaran? ¿En calidad de qué?
Creo
que mi participación estaría condicionada por muchos
detalles, sobre todo en lo que concierne al proyecto
artístico. Mi compromiso con el Royal Ballet es sólido y
sólo la posibilidad de una participación compartida cabría,
hoy por hoy, dentro de mis objetivos.
¿No podría subsistir una compañía de danza clásica con
recursos privados?
En
España, con las leyes actuales, los medios de programación y
propiedad de los teatros y la todavía escasa tradición del
patrocinio privado, me parece muy difícil. Otra cosa más
creíble sería una financiación mixta, basada en un proyecto
artístico y formativo a largo plazo.
Últimamente actúa más en España. ¿Tiene que ver en ello la
concesión del Premio Príncipe de Asturias?
En
algún caso creo que sí, aunque muchas funciones estaban ya
programadas con bastante antelación. Desde luego, tras el
premio las demandas se han multiplicado y, muy a mi pesar,
no siempre puedo cumplirlas.
Lo cierto
es que el premio le ha dado una popularidad inusual en un
bailarín. ¿No le abruma?
Inusual
lo es aquí y ahora, en otros tiempos hubo bailarines famosos
que influyeron no sólo en la danza sino en las artes y en la
sociedad. Es cierto que la vida es más tranquila desde el
anonimato, ahora siento la repercusión de mis palabras y
actos, pero espero que esta responsabilidad añadida
favorezca, de alguna manera, a la danza.
En principio, parece que puede servir para atraer nuevos
públicos para la danza.
Yo
trato de que así sea y me estoy esforzando para lograrlo.
Sólo hay un peligro que comienza a preocuparme: que se trate
de vender al público como ballet clásico algo que no lo es.
Si al amparo del interés hacia el ballet de un mayor número
de espectadores y nuevos aficionados se empiezan a
representar pseudo-ballets con la marca “ballet clásico”,
ese público, confundido y frustrado, huirá de los teatros y
será difícil recuperarlo después.
Su maestro Ullate dice que ya desde pequeña usted quería ser
una estrella de la danza. Ahora que ya lo es, ¿qué sueños le
quedan por cumplir?
Cada
etapa de la vida tiene sus sueños. Ahora mis sueños se
alimentan más de la experiencia y de la realidad. Sueño con
que la danza logre el reconocimiento social del gran arte
que es, para que sus profesionales se sientan integrantes y
actores de la sociedad en la que viven. Sueño con que, con
ese reconocimiento, la danza vuelva a ser fuente de
inspiración para el resto de las artes.
Giselle. English National Ballet. Estrella invitada: Tamara
Rojo. Del 3 al 9 de septiembre. Gran Teatre del Liceu
(Barcelona).
www.liceubarcelona.com
Las imágenes de este reportaje formarán parte del libro
Camerinos, de Sergio Parra, que capta imágenes de bailarines
y actores en su camerino, momentos antes de salir a escena.
www.camerinos.es
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