Publicado en Susy Q 5 -  Noviembre/Diciembre 2006

Pina Bausch Tanztheater Wuppertal

Agua

 

Texto: Omar Khan    Fotos: Bettina Stoess

 

En Pina Bausch la danza se mide en mililitros. A lo largo de su carrera, el agua ha sido elemento fundamental. El río Bósforo parece desbordarse en la escena de Nefés, la obra sobre Estambul que trae este otoño a Madrid. Pero agua en cascadas cae también en Vollmond, su más reciente creación. De pantano estaba hecha su lejana Consagración de la primavera y aguas turbias y estancadas eran el escenario de Arien, en los tardíos setenta. Revisamos el tránsito de sus coreografías líquidas.

 

 

Todo el Bósforo se derrama en escena. El agua dulce del río, el agua jabonosa del haman, el agua salada del mar de Mármara. El agua de la lluvia sorpresiva. Humedad y sudor de la calle. Calmante de la sed. Fluidos naturales y fluidos corporales. El agua, gran emblema que fluye por todos los rincones de Estambul, corre también a raudales por Nefés, la Estambul danzada, idílica y reinventada de Pina Bausch. La coreografía, de tres horas de duración, que se presenta como la gran estrella del Festival de Otoño, de Madrid, forma parte del ciclo de obras dedicadas a las ciudades emprendido por la célebre directora del colectivo alemán Tanztheater Wuppertal, que ya atesora un largo listado de urbanitas coreografías: Viktor (inspirada en Roma, 1986); Palermo, Palermo (1989); Tanzabend II (Madrid, 1991); A Tragedy (Viena, 1994). Nur Du (Los Ángeles, 1996); El limpiador de cristales (Hong Kong, 1997); Masurca Fogo (Lisboa, 1998) y Wiesenland (Budapest, 2000).

Concebida en 2002 como una oda a la ciudad turca, Nefés (Respiración) es justamente eso, un soplo de frescura y una mirada cristalina sobre una ciudad líquida, ruidosa, colorida y brillante, en la que conviven en tiempo y espacio la tradición con la modernidad y los pálpitos occidentales con la vieja tradición oriental. Desde hace algún tiempo, y especialmente en este ciclo de las ciudades, Pina Bausch ha ido alejándose de la rabia, la angustia vital, oscuridad y desesperación que fueron el sello de sus obras tempranas. El agua de Nefés parece lavar toda turbulencia, traer sosiego y permitirle nadar en un humor más lúdico y menos atormentado que los de antes. Ideada en un momento en que las llamas del 11S aún ardían en las noticias y coincidiendo con el arranque de la cruenta guerra de Irak, Nefés pronto se convirtió en un contrapunto necesario, ofreciendo un cálido mensaje, probablemente no intencionado. Su luminosidad y su acuática propuesta, la belleza de su concepción coreográfica, su colorido y su ecléctica mezcla musical (con canciones tradicionales turcas, tangos de Piazzolla y desgarradas canciones de Tom Waits) hablaban al público de humor, esperanza y felicidad, conceptos raramente asociados a Bausch pero también poco frecuentes para referirse al mundo islámico, especialmente en estos días políticamente electrificados.

 

Mil mililtros de danza

Como todas las piezas de Pina Bausch, Nefés no es narrativa pero tampoco abstracta. Sus vídeos, por ejemplo, son parte intrínseca de la propuesta, mostrando el océano, gran masa de agua, y el tráfico infernal de Estambul que parece querer atropellar a los bailarines. Respondiendo a la fórmula de llamada danza-teatro, de la que Bausch es considerada precursora, todo en la pieza está fuertemente atado a situaciones reconocibles por el espectador pero no a un hilo conductor basado en la fórmula habitual de inicio-nudo-desenlace o a un sentido convencional de la progresión dramática. En realidad, sus coreografías son un puñado de imágenes, tan sugerentes como evocadoras, que componen un todo lleno de lecturas, donde el espectador es el elemento clave para descifrar su significado, especialmente porque Pina Bausch es reacia a hablar de su trabajo y las intenciones que le mueven a hacerlo. Como decía un crítico alemán, “sus piezas son ni más ni menos, lo que cada espectador piense que son”.

Las acciones se presentan muchas veces de manera simultánea, siendo capaz de crear grandes algarabías y un aparente caos escénico. El gesto y el bailarín que lo emite es otro componente importante de su propuesta. No hay un perfil del bailarín Pina Bausch. Ella suele decir que le atrae más la persona que el instrumento y su frase ya legendaria “no me interesa tanto cómo se mueven sino qué los mueve” explica por qué convergen en su compañía intérpretes de todas las edades, nacionalidades, credos, tamaños, colores, formas y contexturas físicas. La repetición como leit-motiv aparece con frecuencia y la usa en ocasiones para hablar de la alienación, uno de sus tópicos predilectos. También tiene temas recurrentes. Y el agua es uno de ellos.

 

Agua limpia, danza refrescante

Casi toda la creación de Pina Bausch, que abarca más de 35 piezas en 30 años, está de alguna manera pasada por agua. El elemento líquido le obsesiona y tiene abrumadora presencia a lo largo de su trayectoria. Inundaba por completo el escenario/piscina de su ya lejana Arien (1979) pero también cae a raudales en su novísima Vollmond (Luna llena), que ha estrenado en mayo pasado en Wuppertal, ciudad cercana a Colonia, donde tiene su sede. Un sitio al que, como dicen los locales, se va únicamente por dos razones: porque se tiene un negocio con los pesticidas (allí está la sede de Bayer) o porque se va a ver a Pina Bausch. Aún sin haber comenzado su ansiado periplo internacional (irrumpirá en París en junio de 2007), Vollmond ya genera expectativas. Los privilegiados que han visto sus primeras funciones en Wuppertal hablan de ella como la pieza más acuática de la coreógrafa. Una enorme piedra y miles de miles de litros de agua que caen por todas partes son las circunstancias de esta nueva coreografía, en la que se vuelven a verificar todas sus constantes. Una vez más, la indagación es acerca de las relaciones entre hombres y mujeres, entre esposos y esposas, y como siempre, no es tanto una indagación sobre el amor sino sobre el sufrimiento que produce y las complicaciones que conlleva. Música balcánica gitana y agua, en todas sus manifestaciones: de lluvia, de ríos y mares, de pistolitas juguetonas, mineral de botellita, de llanto desesperado o procedente de los cubos de agua que se tiran los unos a los otros, la apuesta de Vollmond es definitivamente por lo líquido.

 

Aguas turbias del pasado

Siendo simple H2O, el agua tiene en nuestra cultura distintos significados, generalmente asociados a la vida y la fertilidad. En Pina Bausch sucede lo mismo pero sus aguas se adaptan a los pálpitos internos de la pieza que representan. Si en Vollmond el sentido acuático ahora es completamente lúdico y en Nefés, totalmente urbano, en viejas piezas como Arien, el escenario es una piscina de soledad, donde los humanos intentan vanamente disolver sus dolores de existencia. El agua de Arien es oscura. Hay juegos de niños como en Vollmond pero en vez de inocentes son juegos malvados de dominación y vejación. Esta agua es turbia y la presencia de ese enorme hipopótamo tamaño África acentúa la sensación de suciedad.

Acuática también es Wieseland, su obra sobre Budapest, tan llena de musgo húmedo y de agua que gotea por todas partes. Y agua, ésta vez de playa tropical, es la que baña su homenaje a Brasil, titulado justamente Água (2001), en el que toda la estética remite al verano y a la posibilidad de interacción lúdica que tiene el mar, con sus bailarines en bañadores y su luz de sol cenital. En cambio purificadora es el agua de su versión de O Dido (1999), en la que bañeras completas pasan por escena llevando a bailarines que se sacan las impurezas del cuerpo con agua y jabón. Y aún en piezas en las que el agua no juega un papel demasiado relevante, como Para los niños de ayer, hoy y mañana (2002), se cuelan escenas delirantes como esa de Dominique Mercy, uno de sus bailarines fetiche, vestido con tutú a lo Balanchine regando todo el escenario como si estuviese sembrado de flores.

El estado del agua ha determinado la naturaleza del trabajo de Pina Bausch. Quizá su primera aparición se remonte a su primer gran éxito mundial, La consagración de la primavera (1975). No era agua propiamente. Era pantano, tierra mojada sobre un escenario cienagoso cuyo fango salpica los impolutos trajes de los bailarines que intentan escoger a La Elegida, una virgen que ha de ser sacrificada cada año al inicio de la primavera durante un ritual pagano de la fertilidad. Eran sus primeros tiempos, cuando comenzaba a formar su retorcido y poco complaciente lenguaje de dolor interno y desgarro socio-emocional. Y el agua venía turbia y fangosa. El tiempo, como se apuntaba antes, ha aplacado la severidad de sus propuestas y el agua en sus obras se ha hecho más traslúcida, más cristalina como divertidas y calmadas sus nuevas piezas. Refrescante, en Nefés. Liberadora y lúdica, en su reciente Vollmond.

 

Nefés. Pina Bausch Tanzteheater Wuppertal. Festival de Otoño de Madrid. Del 2 al 5 de noviembre. Teatro de la Zarzuela. www.madrid.org www.pina-bausch.de

 

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Pina Bausch Tanztheater Wuppertal

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