Publicado en Susy Q 6 -  Enero/Febrero 2007

De puntas por Cuba

Graznan cisnes en La Habana Vieja

 

Foto: Isabel Muñoz (de la serie Ballet Nacional de Cuba) 

 

En medio de la coyuntura histórica que asoma en la Cuba contemporánea sobrevive una franja social y artística que ha singularizado el papel de la isla caribeña en el mundo. Paradójicamente, el ballet, una de las construcciones culturales emblemáticas de la sensibilidad occidental burguesa, ha respirado -con otros tonos, matices y fines ideológicos- como credencial de la excelencia cubana. Entre los vahos de calor o los restos del patrimonio colonial corroído por el salitre y el tiempo, entre la decadencia urbana y la despierta vida de caderas y pies al son que se emite a cada dos metros de ciudad, entre el malecón y el mojito, se yerguen delgadas y blancas sílfides, frágiles criaturas que pormenorizan, con puntas y tutús, la urgencia, la necesidad, el extraño teatrino de una vida que quiere -en las alas del ballet- un vuelo que supere por instantes su condición de isla, ese extraño estado de sitio determinado por el mar. Pero en un territorio donde la musicalidad es parte de la vida y de los problemas, no sólo los balletistas viven sus sueños. Con menos imagen internacional, la danza contemporánea ha tenido una gestación robusta dentro de Cuba. Ubicados en las preocupaciones más complejas de las últimas décadas, enfrentados a las contradicciones y espectros de esa modernidad que ha descompuesto, herido o intoxicado a muchas sociedades del Tercer Mundo, surgen proyectos y artistas con una tensión y ansiedad cultural que engulle, procesa y expresa sus propios anhelos. En ansias no son del todo extraños a los autores e intérpretes del ballet. Ni menos notables que esos danzarines desertores, aclamados en escenarios de Estados Unidos, en cuyos cuerpos, puntas y jetés es explícita una insularidad y un orden político-artístico que es tanto extrema fortaleza como fiera debilidad. Todos los descritos, dolientes, creadores, han querido una misma utopía escénica: beberse entero el mar para abolir todas sus orillas.

 

 

De los Orishas a Petipá

Carlos Paolillo

 

El panorama actual de la danza escénica en Cuba responde esencialmente a la condición danzante del pueblo cubano pero también, y determinantemente, a las políticas públicas de educación para las artes y su masiva inserción social, desarrolladas en la isla caribeña desde finales de los años 60 del pasado siglo. Como resultado de esta realidad, el movimiento danzario cubano es amplio y diverso y abarca no sólo las manifestaciones del ballet clásico, neoclásico y contemporáneo, que ya constituyen una escuela plenamente reconocida a nivel internacional, sino también en materia de danza moderna y contemporánea, especialidad en la que ha operado un fenómeno cultural con visos de trascendencia, como lo es la fusión del impulso expresivo afro caribeño con la codificación universal de las nuevas tendencias de la danza occidental surgidas durante la última centuria.

El nombre de Alicia Alonso representa la cima más alta y de proyección más universal de la danza escénica de Cuba. Figura estelar del ballet del siglo XX, sintetiza en si misma el tradicional espíritu de la danza académica y su capacidad de asimilarse a sus corrientes más contemporáneas. El Ballet Nacional de Cuba (BNC), creado por ella junto a Fernando Alonso y Alberto Alonso en 1948 con el nombre de Ballet de Alicia Alonso, es considerado no sólo como una de las instituciones artísticas más referenciales de la isla antillana, sino también como gran símbolo del hecho cultural cubano. Destaca en el BNC lo extenso y riguroso de su repertorio y la calidad general de sus bailarines, situados dentro de un estándar mundial de intérpretes y con frecuencia superándolo. Se trata de un conjunto que puede permitirse una renovación permanente de su elenco, situación posible por los alcances de la Escuela Nacional de Ballet, que produce contingentes anuales de nuevos ejecutantes. En este ámbito destacan especialmente los logros alcanzados en la formación de bailarines varones, convertidos ya en una metodología admirada y reconocida.

Desde el punto de vista creativo, el BNC siempre ha enfatizado su interés en investigar y difundir los títulos fundamentales de los diferentes estilos históricos del ballet tradicional, asumidos como una herencia universal ineludible, al tiempo que ha buscado transitar caminos que le conduzcan a la concreción de un lenguaje artístico contemporáneo dentro de esta expresión, con auténtico sentido de identidad.

Una clara voz de la modernidad en la danza cubana lo representa Ramiro Guerra. Su labor precursora dentro de esta tendencia a partir de los postulados universales que la orientaron, contribuyó de manera definitiva a la formulación y desarrollo de una danza moderna cubana, que significa el mayor aporte de América Latina a una danza con espíritu de contemporaneidad y fuerte arraigo a sus realidades culturales, tanto en lo ideológico, lo estético y lo técnico. Guerra fue fundador en 1959 del Conjunto Nacional de Danza Moderna, hoy Danza Contemporánea de Cuba, la más alta estructura institucional oficial dedicada a la creación y difusión de esta expresión, dentro de la cual también han tenido destacada actuación los bailarines Eduardo Rivero y Miguel Iglesias.

Por su parte, el Conjunto Folklórico Nacional de Cuba, fundado en 1962 por el folklorista Rogelio Martínez Furé, realiza un trabajo de proyección escénica de los mitos y ritos afro cubanos y otras costumbres y tradiciones, siempre atractiva imagen ante los ojos y la sensibilidad foráneos.

Los años 80 y 90 trajeron aires de expansión para la danza contemporánea cubana. Nuevos nombres, nuevas técnicas y planteamientos y nuevas agrupaciones independientes surgieron con ímpetu renovador. Danza Abierta, de Marianela Boán, Danza Combinatoria, de Rosario Cárdenas y Retazos, de Isabel Bustos, además de Danza Voluminosa, integrada sólo por bailarines obesos y una reciente generación de creadores emergentes, dan cuenta de los rasgos estimulantes de una nueva danza cubana con sentido de su tiempo y visión universales.

 

La gran evasión

Omar Khan

 

En julio del año pasado el llamado Nijinsky cubano cruzó un puente desde México hasta la frontera norteamericana para pedir asilo. Lejos de cualquier maltrato fue recibido con vítores por un grupo que clamaba por su autógrafo. Rolando Sarabia, de 23 años, bailarín extraordinario que hasta ese momento era la gran estrella del Ballet Nacional de Cuba (BNC), emprendía así su evasión hacia América. Le irritaba que en La Habana no tuviese permiso para bailar con compañías del extranjero y aprovechó que le dejaron viajar a México como docente para abandonar Cuba definitivamente y aceptar gustoso el contrato que le ofrecía el Boston Ballet, donde su hermano Daniel, de 20 años, trabaja en el cuerpo de baile desde 2003. Hoy ya se ha cambiado al Ballet de Houston, quizá gozando por primera vez de los beneficios que otorga el concepto capitalista de la oferta y la demanda. Si bien es cierto que las deserciones de bailarines del BNC se remontan a 1966, cuando diez de ellos en bloque pidieron asilo en París, la última década ha registrado un brutal crecimiento de la práctica y un cambio de dirección hacia Estados Unidos. Y es que las grandes compañías norteamericanas se disputan con suculentos contratos a estos talentos formados bajo la estricta y sólida escuela cubana, heredera directa de la no menos rigurosa escuela rusa. Mientras las escuelas norteamericanas parecen incapaces de lanzar a los escenarios grandes bailarines masculinos, la cubana los produce en serie. De ahí que sean tan codiciados. Desde dentro también se gesta el fenómeno. Una investigación realizada por la página web Danzahoy en español en 1500 escuelas de danza norteamericanas determinó que el 25% de sus estudiantes eran hispanos.

El fenómeno cubano empieza a ser trascendente. La revista Time se refería al asunto como una “revolución de proporciones soviéticas” mientras que una visitada página web proclamaba en titular que ahora en Estados Unidos el ballet habla español. Ya los bailarines rusos no tienen la reputación de antes y los nuevos nureyevs y barshinikovs son mulatos de nombres graciosos con técnica de infarto que, encima, suben a escena una sensualidad y capacidad interpretativa con la que ningún caucásico puede competir. Cuba, desde la figura totémica de Alicia Alonso, sigue exportando, la mayoría de las veces a su pesar, las grandes giselles y los altivos príncipes que arrancan ovaciones en Norteamérica. Se cuentan por docenas en sus cuerpos de baile pero algunos son verdaderas estrellas.

José Manuel Carreño, de 37 años, fue uno de los primeros (su evasión se produjo en 1990) y hoy es cabeza de cartel del prestigioso American Ballet Theater (ABT) en títulos como La Bayadera o Don Quijote. Obtuvo en 2004 el Dance Magazine Award, siendo el primer cubano que lo gana desde que la mismísima Alicia Alonso lo consiguiera en 1958. Lorena Feijóo brilla en el San Francisco Ballet y su hermana Lorna, en el Boston Ballet. A diferencia de Carreño que este mismo año ha estado en el prestigioso Festival de La Habana, ellas no pueden bailar en su país.

 

De puntitas por Miami

Aunque Miami es el destino soñado de los cubanos en el exilio, la ciudad no puede brindar demasiadas oportunidades de trabajo a los bailarines clásicos. El Miami City Ballet, la principal compañía de la ciudad, sigue la línea de Balanchine y la preparación de la escuela cubana es rigurosamente académica. Y el Orlando Ballet, que fue dirigido hasta su reciente fallecimiento por Fernando Bujones, destacado bailarín norteamericano de padres cubanos, no es suficiente para albergarlos a todos. En general, Florida no parece un sitio idóneo para los numerosos bailarines cubanos que se fugan. Atentos a esta contradicción, los exiliados Pedro Pablo Peña y la maestra Magaly Suárez iniciaron hace exactamente un año las actividades del Cuban Classical Ballet of Miami (CCBM), en cuya gala inaugural contaron con el mismísimo Rolando Sarabia como principal atractivo, secundado por las estrellas cubanas en alza Adiarys Almeida, Daymel Sánchez, Octavio Martín, Raydel Caceres y Ernesto Borrayo, aún cuando también contratan intérpretes norteamericanos. Las funciones fueron un éxito, al menos dentro de la comunidad cubana de la ciudad. Todavía no cuenta con presupuesto para mantenerse como compañía estable pero lo intenta. La nueva agrupación, según sus impulsores, aspira aglutinar todo el talento cubano disperso por Estados Unidos en una compañía que espera dar continuidad en América a la potente escuela cubana.

Aunque en menor grado, las compañías europeas también se están interesando por los talentos caribeños. Probablemente no alcance aún el rango de fenómeno pero sin lugar a dudas Carlos Acosta, el bailarín estrella del Royal Ballet de Londres y usual partenaire de la española Tamara Rojo (bailaron juntos Romeo y Julieta, en San Lorenzo del Escorial este verano pasado) está llamado a ser el heraldo. En julio, Acosta fue objeto de un homenaje inusual. El legendario Sadler’s Well londinense, teatro propenso a la danza de vanguardia, decidió ofrecer una velada unipersonal Carlos Acosta, en la que el bailarín confeccionó un programa a su gusto e invitó a otras estrellas a bailar con él. Críticas fantásticas y ovaciones de público parecían anunciar que el fenómeno de los bailarines cubanos empieza a globalizarse.  

 

 

 

XX Festival Internacional de Ballet de La Habana

CONSAGRADOS Y EMERGENTES

 

En marzo de 1960 tuvo lugar la primera edición del Festival Internacional de Ballet de La Habana. Cuba vivía expectantes momentos por el establecimiento de un nuevo orden social en la isla, que influenciaba  también el ámbito de la cultura y las artes.

Cercano ya a su medio siglo de existencia, el Festival Internacional de Ballet de La Habana continúa convocando bienalmente a figuras cimeras de la danza mundial y evidenciando los alcances artísticos del Ballet Nacional de Cuba.

La vigésima edición del festival, reunió a artistas representantes de 24 países de Europa y América Latina y 57 obras fueron representadas. Los momentos centrales de esta edición se sintetizan en la relevante presencia de Mats Ek y Ana Laguna, quienes juntos dictaron cátedra de maestría escénica en la interpretación de las obras Memory, Potato y O sole mio, sobre la madurez, la pareja y la cotidianidad, todas firmadas por el creador sueco y de las estrellas de la Ópera de París Agnès Letestu y el español José Carlos Martínez, ejecutando con nobleza y decantado virtuosismo el paso a dos Delibes Suite, de Martínez. Un momento emotivo lo constituyó la despedida de Julio Bocca de los escenarios cubanos, asumiendo por última vez el rol principal de El lago de los cisnes, junto a la muy joven primera bailarina cubana Anette Delgado en la producción del Ballet Nacional.

Dos notables revelaciones se apreciaron en los escenarios del festival habanero: la novel pareja integrada por Natalia Osipova e Iván Vasiliev, integrantes del Bolshoi, brillante en su técnica y dominio estilístico, así como en su temperamento y arrojo escénico en Don Quijote y Las llamas de París; y el estreno mundial de El día de la creación, del emergente coreógrafo español Goyo Montero, Premio de la Villa de Madrid 2006 y ganador del Concurso Iberoamericano de Coreografía de este mismo año, inquietante en su ideología, lenguaje y sentido colectivista.

Cada vez que José Manuel Carreño y Carlos Acosta, ídolos del ballet mundial, retornan a las filas del Ballet Nacional de Cuba causan conmoción en su numeroso y muy entendido público. Esta vez no fue distinto. Carreño, volvió para conformar pareja con la ascendente Sadaise Arencibia en Giselle, título iconográfico dentro del ballet cubano; mientras que Acosta apareció interpretando los pasos a dos de Mayerling, de Kenneth MacMillan, junto a la sorprendente Leane Benjamín (Royal Ballet de Londres) y Diana y Acteón, al lado de Viengsay Valdés, primera bailarina del Ballet Nacional.

El montaje de Don Quijote, representado en la Plaza de la Catedral y los estrenos coreográficos de Alicia Alonso: Mozart/Divertimento, Un viaje a la luna, Cuadros en una exposición y Desnuda luz de amor, esta última con la participación de la célebre Carla Fracci, dieron muestra de la versatilidad del elenco de la compañía cubana. El Ballet de Camaguey, Farruquito y familia, el Centro Coreográfico de Valencia, María Juncal, Nafas Dance Company, los solistas del Ballet de Magdeburgo, Julio Bocca Ballet Argentino y Cisne Negro de Brasil, integraron también la agenda del XX Festival Internacional de Ballet de La Habana, un evento que ha logrado un perfil artístico que lo identifica en el mundo. CARLOS PAOLILLO

 

 

 

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