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Publicado
en Susy Q 9
- Julio/Agosto 2007
Danza antibélica del siglo XXI
¡GUERRA!
Estigmatizado como arte bonito y etéreo, el de la danza no
necesariamente está siempre al servicio de la evasión y la
belleza. Ante esta guerra en Irak que estremece han empezado
a aparecer unas pocas pero muy relevantes voces de la danza
que, desde el escenario, están haciendo comentarios, severos
y críticos, sobre esas bombas que caen lejos de escenarios y
focos. A personalidades como Nacho Duato, Paul Taylor, Itzik
Galili o Sidi Larbi Charkaoui, se ha sumado ahora William
Forsythe. Pasamos revista.
Texto:
Omar Khan

El siglo
XXI arrancó belicoso. 11S y 11M se convirtieron en siglas
espeluznantes, símbolos de horror e impotencia. Los
estremecedores e inmisericordes métodos terroristas y la
sangrienta cruzada norteamericana en Irak para combatirlos
han cambiado la vida en este planeta. Han alterado rutinas
cotidianas como viajar en avión, han provocado desconfianza,
celo y temor, cuando no xenofobia contra el mundo árabe y
sus ciudadanos, demonizando al islamismo y derramando
excesivos litros de sangre. La danza, desde su pequeña
posición, siempre ha tenido voces. No son numerosas ni de
alto volumen pero a veces saben dejarse oír. Y a día de hoy
se pueden contar varias obras de envergadura salidas de la
cabeza de coreógrafos comprometidos que, cada cual a su
manera y cada uno con su estilo, están intentando hacer algo
de ruido por encima del de las bombas de Irak. “Soy un
ciudadano y tengo la oportunidad de hablar en público, algo
que mucha gente no tiene. Y sucede que la danza es el medio
al que yo tengo acceso así que me siento, de alguna manera,
obligado a usarlo para hacer un comentario”, declaraba en su
visita a Londres William Forsythe, uno de los más respetados
coreógrafos del momento que, con su polémica obra Three
Studies Atmospherics (2006), se ha sumado a la lista de
reconocidos creadores de danza que sienten la necesidad de
expresar sus ideas respecto a lo que ocurre.
Bagdad Ballet
Ha
sorprendido Three Atmospheric Studies, la primera
obra de Forsythe para su nueva compañía alemana, formada
después del cierre del Ballet de Frankfurt donde desarrolló
una carrera brillante de más de 20 años. Famoso por sus
creaciones abstractas que recolocan la técnica clásica al
servicio de ideas coreográficas de rabiosa modernidad, nadie
parecía esperar de él un trabajo tan directo, enfurecido y
comprometido. Pero Forsythe, no hay que olvidar, es
ciudadano norteamericano. Dice que una de las motivaciones
ha sido, como extranjero que es, encontrarse con el
sentimiento europeo de odio hacia los estadounidenses por la
actuación de su gobierno en Irak y ha querido decirle a la
gente que no todos los americanos apoyan esa guerra. El
Guernica de Forsythe y Bagdad Ballet han
apodado a su nueva pieza pero él insiste en que se trata
únicamente de “un acto de ciudadanía”. El punto de arranque
ya es polémico. Se trata de una lectura secular de una
crucifixión del pintor Lucas Cranach, de 1503, que examina
en varias etapas el proceso de Jesucristo. En palabras del
coreógrafo, que recordó a Cranach cuando vio una foto de
Reuters sobre la evacuación de un cadáver en Irak, “muestra
a una madre de Medio Oriente velando a su hijo crucificado
que ha sido asesinado por las autoridades locales bajo la
supervisión de una fuerza ocupante … pensé que después de
todo, nada ha cambiado mucho desde entonces”.
Como
indica su título, la pieza es un tríptico, no narrativo, que
muestra situaciones de emergencia en el escenario con los
bailarines histéricos corriendo, chocando, cayendo y huyendo
no se sabe bien hacia dónde, mientras que la banda sonora, a
ratos, es solamente un estruendo de guerra con sus bombas,
misiles y tiroteos, que terminan incomodando al espectador.
Hay texto abundante. Una mujer busca a su hijo que ha sido
apresado y todo lo que dice es pedantemente traducido al
árabe, mientras otros bailarines discuten sobre la veracidad
que puede tener el arte que retrata la guerra. El tema,
asegura el coreógrafo, es la fatiga de la compasión.
“Miramos a diario estas imágenes y ya no nos afectan.
Realmente ¿podemos ver el sufrimiento ajeno?, ¿lo
entendemos? Intento cuantificar el sufrimiento, quiero que
me afecte de alguna manera”.
El
rescate de La mesa verde
Pero
Forsythe no es el primer coreógrafo americano que ha
expresado preocupación por esta guerra a través de su danza.
Probablemente no sea tan contundente como su pieza pero el
hecho de que muy recientemente tres compañías de envergadura
de Estados Unidos (y también Introdans, de Holanda) de la
talla del American Ballet Theater (ABT), el Joffrey Ballet y
el Milwakee Ballet hayan decidido rescatar La mesa verde
(1932), la pieza antibélica más célebre de la danza moderna
creada por el coreógrafo expresionista alemán Kurt Jooss
justo cuando Hitler ascendía al poder, quizá también sea una
manera de decir algo. Más directo, Paul Taylor, toda una
personalidad histórica de la danza moderna norteamericana,
arremetió hace un par de años creando para su legendaria
agrupación dos obras que invitaban a la reflexión:
Banquet of Vultures, en la que la muerte está
representada por un ejecutivo de corbata que recuerda a Bush,
cuyas víctimas son civiles y soldados, y también con
Promethean Fire, una lectura muy actualizada, politizada
y antibélica del famoso mito de Prometeo.
Justo el
otoño pasado, durante el célebre festival New Wave, de Nueva
York, el también veterano coreógrafo norteamericano David
Dorfman estrenó con cierta polémica su pieza Underground,
que se ubicaba en otro ángulo del conflicto hurgando en la
relación entre activismo y terrorismo. Admirador de los
movimientos radicales de los años 60 y 70 como Weather
Underground, al que rinde homenaje, Dorfman parece criticar
la pasividad ante la guerra de la juventud de hoy,
invitándoles a que digan o hagan algo. Decía una crítica
que, en algunos momentos, su pieza es como una mirada
aterradora dentro de la mente de un joven terrorista de
Medio Oriente.
Torturados, torturadores
Europa
también ha hecho aportaciones de interés. Nacho Duato, desde
la Compañía Nacional de Danza que dirige en Madrid, se ha
manifestado inquieto y conmovido. Su pieza Herrumbre
(2004) sigue moviéndose con éxito, quizá porque sabe tocar
fibras sensibles de los espectadores. Profunda reflexión
sobre el poder de los dominadores que sacan ventaja con
violencia y coacción sobre los dominados, su obra sobre la
tortura estremece. Y aunque tiene momentos de gran lirismo,
también puede ser contundente, oscura y cruel. Su larga y
emocionada escena final, ese ritual en el que los bailarines
traen velas para recordar a las víctimas, reactiva en la
memoria colectiva las dolorosas imágenes vividas tras los
atentados en la popular estación de Atocha, de Madrid. Más
allá, en Francia, otro creador de renombre,
Angelin
Preljocaj, también sintió necesidad de expresar su repudio a
través de su oscura y tenebrosa pieza N, que indaga
en la facilidad que tiene el poder de la violencia para
tomar decisiones sobre la vida de la gente. Aún más allá, su
pieza se pregunta si es violenta y dominadora la naturaleza
de los humanos como buscando respuestas a atrocidades
vejatorias como las de las fotos de Abu Grahib. “La
violencia y la tortura”, aseguraba Nacho Duato durante el
estreno de Herrumbre, “han existido desde el
principio de la humanidad. El único ser vivo que tortura es
el hombre. El animal mata porque tiene que comer y no hay
ningún animal que torture a otro por un motivo diferente”.
Itzik
Galili, coreógrafo de origen israelí, y con su compañía
operando en Holanda, también se ha acercado al crítico
asunto de las consecuencias de la guerra en su exitosa pieza
For Heaven’s Sake (2001) con imágenes francamente
incómodas. Aunque no aborda directamente la guerra de Irak
sino el del largo proceso palestino-isarelí, coincidió su
año de estreno con el del ataque a las torres gemelas, lo
que de alguna manera redimensionó su mensaje antibelicista.
En una larga y desestabilizadora secuencia recuerda los
excesos de la fe y el desbordamiento del fanatismo con dos
chicos que se auto-golpean incesantemente sin más música que
el retumbar acompasado de las palmas abiertas sobre sus
cuerpos. En otra, todos los bailarines mutilados, cojeando y
llevando prótesis desfilan por la escena en un macabro
cuadro viviente que de inmediato nos remite a tantas vidas
arruinadas por bombas, disparos, granadas, minas
antipersonas o cualquier otro mecanismo defensivo de guerra.
También de Holanda, la compañía Introdans presentó en el
arranque de su temporada 2006/07 un completo programa anti-bélico
llamado, justamente, Make Love Not War (Haz el
amor, no la guerra) en el que reunían tres piezas que,
desde distintas posiciones, hablaban de horrores bélicos. La
pieza central era, cómo no, la reposición de La mesa
verde, de Jooss, a partir de las directrices de la hija
del célebre maestro expresionista, Anna Markard. Y junto a
este clásico, Gilles, de Ton Wiggers, director
artístico del colectivo holandés y un trabajo del joven
creador Eric Constantin.
Un poco
más allá, en Bélgica, habría que destacar las corrosivas y
altamente críticas propuestas del colectivo Les Ballets C de
la B, especialmente las creadas por el coreógrafo de moda,
Sidi Larbi Cherkaoui que, con sensibilidad y mordacidad, ha
ideado obras anti-sistema en general y anti-bélicas en
particular. Sus trabajos Foi (2003) y Tempus Fugit
(2004), quizá sean buenos ejemplos de su lenguaje directo y
eficaz, pero también poético, que cuestiona no solamente la
guerra sino la globalización, la política, la
discriminación, la religión, la danza al uso y otros tantos
aspectos sociales.
¿Danza necesaria?
A pesar
de que la lista incluye celebridades, se trata de un
porcentaje muy minoritario el de los coreógrafos que
intentan fijar posiciones frente a esta guerra tristemente
célebre. Al menos así lo cree Joseph Melillo, productor
ejecutivo de la BAM (Brooklyn Academy of Music), un
importante escenario para la danza de New York que se
arriesgó a invitar a Forsythe con su nueva pieza y estrenó
en su prestigioso festival New Wave la citada Underground,
de David Dorfman. “Hay una desconexión. Los artistas no
piensan en su situación de ciudadanos cuando crean sus
piezas. Ellos hablan de la guerra cuando se toman su café en
el local de diseño pero no lo hacen en su arte, cuando
llevan sus piezas al escenario”, declaraba a la prensa
norteamericana. Sin embargo, no todo el mundo cree que los
coreógrafos deban manifestarse o fijar posiciones. Arlene
Croce, antigua crítica de danza de la prestigiosa revista
New Yorker, famosa por rehusar a ir al estreno de la pieza
sobre el sida Still/Here (Bill T. Jones, 1994) porque
la consideraba “arte victimista”, volvió a reaparecer
públicamente hace poco enviando un fax a la redacción del
rotativo The Guardian, para, entre otras muchas cosas, decir
que “los coreógrafos mezclan danza y política porque es la
única manera que tienen de llamar la atención. He dejado de
ver estas atracciones de danza porque lo último que quiero
es ir a que alguien más joven y más tonto que yo me diga
cosas sobre Irak, Bush o el Katryna”.
“Es
mejor decir algo que no decir nada”, declaraba humildemente
Forsythe acerca de la pregunta más caliente de todo este
asunto: ¿qué impacto real en la sociedad puede tener una
coreografía que habla sobre la guerra de Irak?
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Protestas de otros tiempos.
La danza, muchos creen que para bien, usualmente ha
permanecido de espaldas al mundo real, sintiéndose
más cómoda en el reino de las fantasías y las
evasiones, las piruetas técnicas de infarto, los
cuentos de hadas con nulo compromiso y las
ineludibles moralejas edificantes, si es que no se
queda refugiada en los estrictos dominios de la
abstracción intentando no tener más referentes que
la danza misma y el goce de componer y bailar. Pero
no es, de ninguna manera, una norma estricta. Es
solo una verdad a medias. Sería estúpido intentar
negar que la danza de evasión y ensueño sigue ahí
triunfante, alimentando a públicos deseosos (quizá
necesitados) de evadirse y soñar. Sin embargo, una
mirada más atenta a sus vaivenes, especialmente
durante el siglo XX, podría deparar sorpresas porque
casi cada conflicto bélico ha tenido su coreógrafo
enfurecido. En 1932, coincidiendo con el ascenso de
Hitler al poder, el coreógrafo alemán Kurt Jooss,
pilar de la oscura danza expresionista, estrenó su
clásico La mesa verde, quizá la danza
antibélica más célebre de la historia. Unos años más
tarde, en Estados Unidos, Martha Graham horrorizada
ante la devastación de la Guerra Civil Española,
creó sus dolorosas piezas Inmediate Tragedy y
Deep Song (ambas de 1937), al tiempo que
Maurice Béjart, en la cúspide de la fama, en 1967,
también habló de los horrores de la guerra en su
trabajo Misa para el tiempo presente. El
florecimiento de la nueva danza norteamericana
coincidió con la guerra de Vietnam y sus hacedores
se sintieron bastante más cercanos al movimiento
hippie y la contracultura del momento. Desde la
Judson Church, iglesia de Nueva York que abrigó a la
danza naciente, los novísimos creadores no callaron
y piezas como War o Judson Flag Show,
ambas de Ivonne Reiner, gritaron al mundo su
inconformidad con el estado de las cosas.
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