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Publicado
en Susy Q 9
- Julio/Agosto de 2007
Instantáneas
Merce
Cunningham
Texto:
Delfín Colomé Foto: Elena Sánchez

Delfín Colomé y Merce Cunningham (1993)
La
instantánea de hoy está tomada en 1993, en El Escorial,
durante un receso de los Cursos de Verano de la Universidad
Complutense. Merce Cunningham acababa de recibir la Medalla
de Oro de la UCM; un hecho insólito en aquel entonces en
nuestras instituciones universitarias, donde la danza no era
vista, todavía, como una manifestación artística de primera
magnitud. Hoy, por fortuna, las cosas han cambiado
sensiblemente, en parte gracias a reconocimientos como este,
en el que –junto a mi constancia- jugó un papel fundamental
ese personaje de singular sensibilidad, que fue Juan Sierra.
Para
invitarle, le llamé a su loft de Nueva York,
tremendamente vacío por la muerte, justo un año antes, de su
compañero, el compositor John Cage. Siempre me impresionó la
poderosa acumulación de talento que habían visto aquellas
cuatro paredes de Manhattan, en las que Cunningham empezaba,
ya entonces, a coreografiar desde su ordenador, situado en
un discreto rincón entre la cocina y el gran salón en el
que, a menudo se sentaron todos los grandes del pop-art,
como David Tudor, Bob Rauschenberg, Frank Stella, y tantos
otros.
Merce
aceptó inmediatamente venir a España y lo pasó de maravilla
en los tres días que estuvo entre nosotros. Disfrutó del
relajado ambiente de la universidad estival, se interesó por
otros cursos y comió siempre en el comedor universitario,
donde departía, generosamente, con cuantos estudiantes le
abordaron. Uno de esos días, nos acercamos a Ávila, donde
quedó fascinado por la belleza de la ciudad y por el sentido
de la historia. Cunningham conocía bien Santa Teresa y el
misticismo español. Le recuerdo sentado, en un denso
silencio contemplativo, en Los Cuatro Postes. Al levantarse,
sólo dijo: “Impressive” (Impresionante).
En un
colmado abulense compró unos apetitosos judiones, declinando
con una sonrisa de estricto vegetariano –incansable comedor
del tofu que, cada día le traían desde Madrid- la
oferta de un orondo tendero que le instaba a adquirir medio
kilo de jeta de cerdo, para que las alubias “supieran a
algo”.
Hablamos
horas y horas de danza, de coreógrafos, de bailarines. Las
opiniones de Cunningham eran siempre ponderadas,
extensamente razonadas, amables incluso. El gran “rompedor”
se mostraba como un hombre de una paciencia y una capacidad
de comprensión infinitas. Compartir con él esos días ha sido
una de las experiencias más interesantes de mi vida
coreográfica.
Y me
hizo darle toda la razón a Roger Garaudy quien escribió de
Cunningham: “Este extraño brujo, al poner en duda radical
todos los postulados sobre los que la danza ha podido
fundarse, propició el momento necesario que nos llevó, a un
año cero de la danza y nos permitió, así, recuperar su
sentido, sus principios y sus métodos, después de hacer
tabla rasa de todos los perjuicios”.
*
Este texto fue publicado en el verano de 2008, en Susy Q,
dentro de la columna ‘Instantáneas’, en la que Delfín Colomé,
viejo amigo de la danza y de esta revista, hoy tristemente
fallecido, relataba alguno de sus muchos encuentros con
grandes personalidades del mundo de la danza.
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