sodre

Montevideo en puntas

El bailarín bilbaíno Igor Yebra  llega a Madrid, ésta vez como director artístico del Ballet Nacional del Sodre de Uruguay, cargo que ha heredado de Julio Bocca, para presentar con la compañía uruguaya un programa mixto en los Teatros del Canal de Madrid desde hoy hasta el 11 de noviembre

 

Texto_OMAR KHAN Foto_HIBAI AGORRIA

Fue apenas en diciembre de 2017 la última vez que el Ballet Nacional del Sodre, de Uruguay, visitó España. Estaba viviendo un momento de esplendor. Julio Bocca había asumido el cargo de director artístico en 2010 y había elevado a la compañía a la estratosfera. Al menos en Montevideo, el ballet ganaba fanáticos tan apasionados y fieles como los del fútbol. Ahora la legendaria agrupación (es uno de los pilares del ballet latinoamericano con más de ochenta años de fundada) vuelve al mismo escenario, los Teatros del Canal de Madrid, pero en poco más de año y medio las circunstancias han cambiado radicalmente.

Harto de la burocracia y en riña con la directiva del Sodre, la potente institución oficial que lleva los entes culturales tutelados por el Estado uruguayo, el célebre ex bailarín argentino renunció abruptamente al cargo el verano pasado pese al éxito y reconocimiento alcanzado. Y en su lugar y por su propia recomendación, tomó el relevo en la dirección artística el bailarín vasco Igor Yebra (Bilbao, 1974), que asume su primera gira española como director del Ballet del Sodre con un programa mixto que incluye Tema y variaciones, de Balanchine; Chacona, en versión del coreógrafo español Goyo Montero y Encuentros, una fusión de tango y ballet firmada por Marina Sánchez.

Yebra, que trae sobre sus espaldas una carrera larga como estrella freelance en grandes casas de ballet del mundo y lleva desde hace doce años su propia escuela de formación de bailarines en Bilbao, ha asumido el reto con precaución. “Mi miedo principal era la responsabilidad”, asegura. “Aquí hay un público que sigue el ballet como el fútbol y había que hacer que se sintieran identificados. Daba vértigo”. Aunque por ahora no ha diseñado su primera temporada completa, un título previsto por la dirección de Bocca se cayó, lo que le permitió tomar su primera decisión de envergadura, encargando a Blanca Li el montaje de  El Quijote del Plata, una fantasía inspirada en Arturo Xalambrí, un excéntrico uruguayo que fue dueño de la mayor colección de ediciones de Cervantes que se conoce en el mundo, y que acaba de ser estrenado en el imponente Auditorio Nacional del Sodre, de Montevideo. “Los pilares de esta compañía están en el ballet clásico. Pero a mí me interesa educar al público”, reflexiona sobre su decisión de llamar a una coreógrafa contemporánea como Li. “Aquí se bailó Kylián y Duato y la sala no se llenó. El público es cerrado y hay que abrirlo a nuevas generaciones con ideas renovadas”.

¿Cómo lleva la dirección del Sodre?

A pequeña escala, ya he hecho todo esto con mi escuela, donde un fallo en una decisión podía hacer que todo se derrumbara. Hay que cuidar el dinero, el dinero importa y el arte no puede ser pérdida. La primera pregunta que hago ante cualquier idea es cuánto va a costar.

¿Es más difícil hacer ballet clásico en una agrupación latinoamericana como el Sodre?

Los grandes ballets clásicos han quedado para las grandes compañías. Necesitas entre 60 y 70 bailarines y una gran producción. Los Ballets Nacionales tienen la responsabilidad de mantener vivos estos títulos, es equiparable a la responsabilidad de un gran museo nacional. El Sodre cuenta con los recursos que puede tener un país de tres millones de habitantes pero apostaron por su compañía, reflotaron el Auditorio y llamaron a Julio Bocca. Pensaron en grande. Es algo que España no ha hecho.

¿Cómo afecta el nuevo cargo su carrera como bailarín?

En el Sodre no bailo. Hace dos años dejé el repertorio pero todavía me invitan a hacer cosas. He hecho tanto… Dejé de bailar estos títulos no porque no tuviera ofertas sino motivación. Ahora bailo solamente las cosas que me motivan. Zorba [ballet de Lorca Massine que estrenó hace un año en Bilbao] era un personaje maduro, que me aportaba, y por eso lo hice. Lo que no quiero es repetirme a mí mismo.

¿Y a su escuela?

Mi escuela en Bilbao sigue siendo mi ojo derecho. Llevamos ya doce años. Superamos la crisis, mantuvimos el nivel, para mí es un orgullo, tengo alumnos bailando en importantes compañías profesionales. Mi filosofía es que una escuela de ballet no solamente forma bailarines sino amantes de las artes. A veces el mundo del ballet se encierra en sí mismo pero es un arte que lo abarca todo: literatura, música, pintura...

¿Está satisfecho de su trayectoria?

Yo hice mi sueño realidad. Crecí con los ballets de Grigorovich y terminé bailándolos allí mismo, en el Kremlin. Desde mi camerino podía ver dónde dormía Iván el Terrible. Bailé Ícaro, de Lifar, hice Parade de Los Ballets Rusos con trajes de Picasso. Hubiese pagado yo por poder hacerlos.

¿Y extraña su vida de bailarín clásico?

Lo echo de menos, claro. Llevo mi propia escuela y ahora soy director del Sodre pero hago mi clase, me encanta el trabajo de estudio, los ensayos, esa búsqueda… Soy bailarín y moriré bailarín.

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