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Carlos Acosta, confeso

La cineasta Iciar Bollain lleva al cine la vida del destacado bailarín cubano con él mismo como protagonista. Hablamos con ella y nos contó cómo fue el proceso de Yuli

 

Texto_OMAR KHAN Fotos_DENISE GUERRA

Madrid, 13 de enero de 2018

Con el talento que tenía, Carlos Acosta no quería bailar. Esa contradicción que vivía este niño de La Habana que estaba llamado a ser el primer bailarín negro en interpretar Romeo, nada menos que en el Royal Ballet de Londres, fue lo primero que sedujo a la realizadora Iciar Bollain a aceptar un proyecto complejo, su nueva película Yuli, autobiografía del destacado bailarín cubano que se estrena este viernes en cines de toda España, y en la que Acosta participa interpretándose a sí mismo, lo que inicialmente parecía un hándicap para la cineasta.

“Tenía todas las papeletas para meterme en un lío”, rememora hoy Bollain. “Se trataba de adaptar una biografía en la que el mismo escritor y protagonista estaba involucrado en el proyecto pero Carlos Acosta es coreógrafo, es también director, y creo que entendió perfectamente su papel. Estaba siempre informado pero no intervino. Vino como actor a rodar lo suyo y tuvo confianza total en lo que hacíamos”.

En Yuli hay en realidad tres Carlos Acosta, porque la película hace un trazado desde su niñez rebelde e indisciplinada (protagonizada por el niño Edilson Manuel Olbera), pasando por el Acosta joven (que fue confiado a Keyvin Martínez, que es bailarín en la compañía de la estrella cubana) y finalmente, él mismo como el coreógrafo, ya en la cúspide, que está montando una creación sobre su vida, lo que le hace rememorar su pasado en forma de flashbacks. Este último segmento es el único añadido en un filme, con guión de Paul Laverty, colaborador usual de Bollain y Ken Loach, que ha seguido sin alteraciones lo relatado por Acosta.

Dedicado a su padre, el libro No way home (No mires atrás, la historia de un bailarín cubano) coloca su acento justamente en la relación tensa de amor-odio que se establece entre un niño travieso que quiere corretear de aquí para allá por La Habana y su progenitor, hombre estricto y severo, orgulloso descendiente de uno de los muchos esclavos que trabajaron en la Plantación Acosta durante la época de la Colonia, que intuía el bailarín que había escondido en su hijo y lo colocó, casi obligado y a rastras, en la célebre Escuela de Ballet de Alicia Alonso, que todavía hoy dirige la maestra Ramona de Saa, un personaje que es tratado con el mayor de los afectos. “Hizo de profesora, de madre, de orientadora y de todo”, asegura Bollaín. “Fue ella la que le enseñó que un artista no es una pirueta”.

La danza a primer plano

No quería Iciar Bollain que la danza en la película fuese un telón de fondo. Quería que tuviese un rol activo y es así como, en alianza con la coreógrafa catalana María Rovira, consiguió su propósito inicial que consistía en que la danza hiciera progresar la narración. Por este camino consigue notables secuencias como la de la paliza que propina el padre al hijo rebelde que no ha ido a clase, que se inicia de manera realista en el pasado y acaba como dramática coreografía en el estudio en el presente.

“Antes de empezar el proyecto sabía de Tamara Rojo pero no de Carlos Acosta. Yo he sido espectadora de danza contemporánea pero no tanto de ballet y en este proceso he descubierto muchas cosas”, admite la Iciar Bollain (en la foto inferior, junto a Carlos Acosta). “Lo que sí conocía bien era Cuba, he tenido mucho contacto con la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños y los actores cubanos no me eran ajenos. He tenido más relación con el cine cubano que con la danza”.

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Aunque hay varios elementos novedosos para ella en Yuli, como la danza o el hecho de aproximare a un biopic con el aludido en vida, la película contiene varias claves y constantes de su cine intimista (Te doy mis ojos, Mataharis, También la lluvia o Flores de otro mundo, algunos de sus títulos). Está en Yuli el factor humano tan relevante en sus películas, la aproximación con lupa a personajes cotidianos con vocación de extraordinarios y especialmente, el retrato de su entorno, en este caso La Habana. No la turística y pintoresca del malecón, sino una más auténtica. “Es la Cuba de la gente corriente. La Habana del lumpen y la decadencia, la de la crisis de los balseros, el Período Especial y la precariedad, la Cuba que no es la más vista ni la más conocida. Pero también me interesaba mucho retratar la Cuba de la sensibilidad artística, que conozco muy bien, la del talento, esa Cuba de la danza, la de esa escuela que forma a bailarines masculinos de ballet demandados en todo el mundo porque son de técnica exigente y exaltan la masculinidad y sensualidad”.

A medio camino entre el retrato de una sociedad y la radiografía íntima de un personaje, este Yuli (apodo con el que el padre llamaba a su hijo) que se debate entre lo que quiere y lo que le imponen, la película ofrece no obstante una mirada optimista y esperanzadora de las posibilidades que abre el talento. Pero se centra, eso sí, de manera muy determinante en el pasado cubano de la estrella. La ruta de éxito internacional y los momentos de triunfo en Estados Unidos y Europa aparecen pero no son especialmente destacados aunque sean los que más brillen en su impresionante curriculum. Carlos Acosta se hizo en 1990 con el prestigioso Prix de Lausanne, que es pasaporte en primera clase a la fama. Ha bailado para el English National Ballet, el Houston Ballet, el American Ballet Theater, brevemente en el Ballet de Cuba y muy especialmente, en el Royal Ballet de Londres, donde fue estrella –usualmente como pareja de Tamara Rojo- desde 1998 hasta 2015. También bailó en el Bolshoi ruso El corsario, siendo el primer negro en bailar en ese escenario un rol protagonista.

Pudo, cómo no, seguir rutilante carrera en Europa o América, tras dejar el Royal Ballet, pero volvió a los orígenes. Hoy ha vuelto a La Habana, su lugar (como bien se subraya en el filme) y allí ha montado con éxito su propia compañía, la Acosta Danza, con la que aborda distintos estilos y corrientes, tanto de la danza académica como contemporánea. También lleva allí una escuela. Con su agrupación recién inaugurada vino en 2017 al Festival Castell de Peralada en Cataluña, donde sorprendió por la versatilidad du su repertorio y el altísimo nivel de sus bailarines. Se estableció entonces una alianza entre la estrella cubana y el festival catalán, que ha patrocinado ahora la premier de Yuli en España y anuncia que Carlos Acosta y su compañía volverán brillar en su cartel el próximo verano en Peralada.

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